Ant Colony, de Michael DeForge.

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Creo que hay una última generación de autores norteamericanos que parece estar ya reaccionando a la corriente de la novela gráfica, o al menos a parte de sus rasgos estilísticos, porque se ha criado como lectora ya en ese paradigma. Por ejemplo, muchos de ellos se mueven en el circuito de la small press y en las historias cortas, y no parecen demasiado interesados en el costumbrismo y la autobiografía, géneros asociados con la novela gráfica, aunque a través de sus historias de ciencia ficción y su primitivismo cósmico —por usar el término de Santiago García que también ha mencionado ya otro, el de postnovela gráfica, que viene muy al caso— también están hablando, por supuesto, de nuestra naturaleza y nuestros problemas. Esto es demasiado complejo para abordarlo aquí, pero si lo cuento es porque una de las primeras reflexiones que me provoca el Ant Colony de Michael DeForge tiene que ver con los formatos y el mercado. Parece, para bien y para mal, que por el momento publicar un libro sigue siendo un salto si no cualitativo sí mediático. Y hacerlo además con Drawn & Quarterly, que es junto a Fantagraphics la editorial de novela gráfica por excelencia.

De DeForge, al margen de alguna cosa aislada en internet, había leído «Manananggal», una historia breve en blanco y negro aparecida en The Best American Comics 2013 (HMH Books, 2013), que me pareció que estaba bien pero tampoco me mató. Sin embargo Ant Colony sí que me ha matado. Ha sido un cómic del que me he enamorado a primera vista, que me ha entrado por los ojos como me pasó en su momento con La voluptuosidad (Ponent Mon, 2007) de Blutch o Sur les pas de Samuel (La Cinquième Couche, 2010) de Tommi Musturi. DeForge comparte con ellos que transmite la misma sensación al lector: «amigo, no sabes cómo he disfrutado dibujando este cómic». La pasión por el dibujo puro, por el mero acto de dibujar, es lo que parece animar a DeForge lo suficiente como para llevar a término una narración tan monumental, que es eminentemente visual.

Ant Colony sucede, claro, en un hormiguero y sus alrededores, y presenta una comunidad de hormigas que, pese a hablar y tener comportamientos humanos, también siguen siendo insectos, con un concepto de la vida y de la muerte liviano, dada la facilidad —y rapidez— con la que mueren. Los primitivos cósmicos suelen llevarse la acción a mundos alienígenas o alternativos, y aunque DeForge, aparentemente, se quede en el nuestro, en el fondo el efecto es el mismo: da lo mismo emplear un telescopio o un microscopio, se trata de colocar un filtro entre objeto y sujeto receptor que nos provoque extrañeza. Por descontado, a esto ayuda mucho el estilo de DeForge y su representación no naturalista. Las hormigas son monstruosas, y llevan rostros humanos de colores que las diferencian entre sí. La hormiga reina es una giganta con cuerpo semihumano, las arañas tienen cabeza de perro de dibujo animado, los ciempiés son una especie de coches con muchas ruedas… No parece haber una gran reflexión detrás de estas decisiones ni una intención clara, y al respecto DeForge ha declarado: «Muchas de estas decisiones, como el ciempiés limusina, simplemente me parecían divertidas cuando las dibujaba, por eso me las quedé (fuente: comicsalliance.com; la traducción es mía). El mundo que dibuja DeForge se compone de líneas y grandes masas de colores planos. El color es fundamental para él, de hecho, y se nota una preocupación especial en dortar a cada página de coherencia y unidad respecto a esto. Tiene una limpieza en su puesta en escena que recuerda un poco a la de Chris Ware, a quien también remite en la manera en que dibuja y emplea los animales como metáfora —pienso en las historias de Branford, the Best Bee in the World—. Otro referente fácil es Grandes preguntas (Sins Entido / Fulgencio Pimentel, 2013) de Anders Nielsen, donde, como aquí, también hay cierto componente místico-religioso pero creo que en este caso las similitudes terminan prácticamente ahí. Porque DeForge no parece venir del mismo sitio que Nielsen, ni temáticamente ni, desde luego, artísticamente. La alegoría existe en ambas, pero el modo de llevarlas a cabo es muy diferente. Sobre todo porque la forma es crucial: en el momento en el que los estilos de dibujo están tan lejos, también han de estarlo los contenidos. Nielsen dibuja el mundo desde unos planteamientos naturalistas, y sus pinzones son básicamente pinzones, a pesar de su inteligencia. Pero las hormigas y el resto de invertebrados de Michael DeForge no son tales —de hecho evitó expresamente leer sobre colonias de hormigas reales—, aunque tampoco son exactamente humanos, y ahí está la clave para entender por qué es tan atractivo este relato.

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No sabemos qué va a pasar, no sabemos cuáles son los usos sociales de la colonia de hormigas ni qué es lo correcto en su comunidad. Y en ese falta de brújula moral y social nace un desconcierto que permite a DeForge presentar muchos temas desde ópticas nuevas. No sorprende que no haya demasiada planificación: «El final lo tenía en mente muy pronto. Tuve la tira final en la cabeza durante mucho tiempo, pero no estoy seguro de cómo llegué a ella. Básicamente improvisé el camino.» (Ibíd.).

Me gusta mucho el protagonismo coral, algo por otra parte difícil de eludir en obras de este tipo. Hay unas pocas historias individuales que se van alternando en el gran marco de la vida en el hormiguero y el quehacer diario de sus miembros, expuestos a la destrucción como un elemento más de su cotidianidad. Pueden ingerir algo tóxico, ser devorados por sus depredadores naturales o ser achicharrados por un haz de luz y calor que parece divino a sus ojos, en una de las secuencias más impresionantes del cómic. Con el paso de las páginas las tramas se van concretando, asistimos a ciertas revelaciones, catarsis personales que hacen que algunas hormigas se cuestionen su orden social, mientras que la colonia se mete en una guerra contra otra de hormigas rojas. Las rojas, por cierto, sí tienen una apariencia más cercana a las hormigas reales y por tanto no se diferencian entre sí como lo hacen las nuestras. Es un recurso —intencionado— para humanizar a las protagonistas y deshumanizar al contrario, a la otra tribu, que me parece brillante pese a su sencillez para plasmar visualmente un mecanismo básico del comportamiento de grupos humanos.

También hay una hormiga niño que al comer carne de lombriz —que se duplica por gemación hasta el infinito— adquiere poderes y la convierten en un dios para las abejas, y un par de hormigas homosexuales con problemas de pareja. A partir del final de la guerra y la destrucción del hormiguero empieza una parte importante de Ant Colony, en la que los supervivientes tendrán que decidir qué hacer con sus vidas. Y resulta interesante, y lúcido, ver cómo este grupo de outsiders, marginados de la colonia original por diversos motivos, cuando se enfrentan a la libertad que sigue a la destrucción del modelo de civilización que conocían, lo único que pueden hacer es intentar reconstruirlo. Refundar la sociedad, limpiar de impurezas el esquema que conocen y hacerlo mejor, pero desde su base, porque este sistema es el que tienen en la cabeza, y el único dentro del cual pueden pensar y ser. Me recuerda en cierta forma a Los muertos vivientes (Planeta, 2010-), donde los personajes, enfrentados al fin de la civilización tal y como la conocían, se limitan a reproducirla imperfectamente en pequeñas comunidades cerradas que replican el código moral y legal que conocían. Y aquí es donde Ant Colony se revela como una reflexión, no sé si voluntaria, sobre la revolución y la destrucción del sistema capitalista que dará paso a un nuevo orden mundial más justo y democrático, que es ahora mismo la gran aspiración, el gran sueño del 99% de la población mundial. ¿Podemos cambiar tanto? ¿Podemos pensar algo que se salga de los márgenes de la programación que nuestra educación nos ha implantado? Las hormigas de DeForge parecen incapaces, y nosotros, si recordamos aquel viejo tebeo de los Cuatro Fantásticos en el que la Antorcha Humana entraba en la casa de Dios —o en la nave de Galactus—, no somos más que hormigas. Las arañas, la lupa que incinera a su paso y la gran hormiga reina tirana de Ant Colony son nuestras primas de riesgo, nuestros mercados y nuestro vivir por encima de nuestras posibilidades. El sistema del hormiguero, como el nuestro, es alienante y está abocado al colapso, pero cuando desaparece… ¿somos capaces de romper nuestra programación y construir otra cosa?

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No hay, como no podía ser de otro modo, ninguna respuesta concreta en el final de Ant Colony, que creo que es un cómic extraordinario, en todos sus aspectos, y que pone definitivamente a Michael DeForge en el mapa del cómic americano de vanguardia.

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