Sandman: Obertura: primeras impresiones.

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Ayer volví de la librería especializada con el primer número de Sandman: Obertura, la miniserie que supone la vuelta de Neil Gaiman a su personaje fetiche. Tenía intención de esperar al tomo, y de hecho en la misma librería hace meses pude comprar el comic book original y lo dejé pasar. Pero visto el ritmo que lleva, decidí no frenar más mi curiosidad. Porque la tenía, claro. The Sandman, que empecé a leer por el penúltimo arco argumental hace ya unos diecisiete años, me pilló en el momento justo en que tenía que pillarme para convertirse en una lectura importante en mi vida. Tanto que en aquel momento lo consideraba uno de los mejores cómics que había leído. Luego uno cambia de gustos, y sobre todo va leyendo más, amplía su perspectiva y pone las cosas en un lugar más ajustado. Lo que sí digo desde hace mucho tiempo es que The Sandman es una perfecta lectura adolescente, algo que me ha costado alguna que otra discusión, pero que yo lo veo como su mayor virtud en realidad. ¿Pasa algo por decir que no, que The Sandman no es un cómic adulto, y mucho menos como lo entendemos hoy en día? A mí me parece el cómic perfecto para ser leído cuando uno se está buscando a sí mismo y construyendo una identidad a marchas forzadas, porque habla precisamente de todo ello, y de más cosas, claro, todas perfectas para marcarte en esa edad tan tierna. Hay frases en The Sandman que leídas hoy, sinceramente, son obviedades o meros efectismos epatantes, pero que entonces —y eso es lo que importa— nos parecían profundas y verdaderas. Parecía, y esto es esencial en las lecturas adolescentes, que nos hablaban directamente a nosotros. Pero conste que a mí la serie aún me gusta. Puede que ahora le vea más las costuras y los trucos de guión, y que me parezca, en algunos momentos, que el afán de trascendencia de Gaiman, dispuesto a hacer algo especial, se pasa de frenada. Pero aún le veo el brío en los diálogos, la capacidad para la frase efectiva, la recreación del cuento popular, los personajes interesantes, y el trabajo de orfebre para llevar todo eso a buen puerto en una historia que no me falla en sus 75 números más que cuando algún dibujante la arruina, pero son pocos. Menos, de hecho, de los que creen los fans que preferirían que Charles Vess hubiera dibujado la serie entera. Aunque, desde luego, no sentía la necesidad de volver sobre una historia cerrada. No me he pasado todos estos años esperando la vuelta de Gaiman a sus personajes, ni he leído apenas nada de los productos derivados de la serie escritos por otros. Pero sé que hay mucha gente que sí, y por eso puedo entender que Gaiman retome The Sandman, y se exponga a la crítica sabiendo que las ventas, en el peor de los casos, siempre van a funcionar bien.

Sé que es injusto juzgar esta historia únicamente por su primer número, así que esto sólo ha de tomarse como lo que es: unas primeras impresiones, no un juicio definitivo. Seguramente compraré los números siguientes, porque tengo la misma curiosidad que antes por saber qué va a hacer Gaiman. Pero de la misma manera en la que a DC Comics le parece oportuno e interesante publicar esto por partes, creo que los lectores tenemos derecho a ir expresando nuestra opinión al respecto, aunque sea con reservas. Sobra decir que a partir de aquí revelo detalles de la trama de cierta importancia.

La cuestión es que me he enfrentado a la lectura de Sandman: Obertura con una sensación parecida a la que tengo cuando una vieja banda de rock se vuelve a reunir para hacer una última gira, quince años después. La portada de J.H. Williams III, absurdamente recargada y llena de colores y efectos gráficos, es de alguna forma una especie de fotografía de lo que hoy es en el recuerdo de los fans de The Sandman. Una cosa elegante, con clase, bonita,tal y como se entiende en los parámetros actuales de determinado tipo de comic book derivado del Vertigo primigenio. En el interior, el viejo rockero Gaiman, acompañado de una nueva banda que se sabe de memoria su carrera, interpreta sus greatest hits. Al final de la primera página escribe de nuevo la fórmula de siempre: «Quorian sueña», y es como escuchar los primeros acordes de Sultans of Swing. De repente sabemos que Gaiman sabe lo que queremos, que nos va a contar lo de siempre, otra vez, que es, en el fondo, lo que muchos estaban esperando. Es como si no hubieran pasado veinte años, sólo que sí han pasado, y nosotros ya no somos los mismos, ni lo es el mercado, ni determinadas cosas que entonces, en el contexto del cómic americano comercial, parecían sofisticadas y complejas tienen hoy el mismo efecto. Gaiman despliega su repertorio con eficacia, pero nunca deja de transmitir la sensación de que está versionándose a sí mismo, sin la pasión ni la novedad de entonces. El Corintio suelta sus frases, Gaiman nos vuelve a contar una vez más, como si no lo hubiera hecho ya diez veces, que Destino está unido a su libro, que Destino es su libro. Por supuesto, Muerte hace una visita, sin más justificación que la de que, joder, cómo no va a salir Muerte en el primer número de la serie. Mervin sigue siendo la sal de la tierra. Lucien es el guardián fiel que vela por su señor. Morpheus, sin embargo, parace acartonado, como si a Gaiman le estuviera costando cogerle el punto. Habla demasiado —es el narrador en primera persona— y es demasiado explicativo. Aunque es pronto, claro. Todo está en su sitio y se apoya, y se pierde, en el trabajo de J.H. Williams III y el color de Dave Stewart. Es un trabajo en el que se nota que ambos han puesto todo lo que tienen, y en ese sentido no es un mal trabajo, pero no funciona. Williams, que me parece un buen dibujante para ciertas cosas y cuya elección para esta serie yo defendí en su momento, parece empeñado en hacer en todas las páginas lo que ocasionalmente, y con un sentido narrativo claro, hacía junto a Alan Moore en Promethea. Cuando todas las composiciones de página son especiales, por supuesto al final ninguna lo es. Este comic book empacha porque es excesivo en sus formas superfluas, innecesariamente complicado y rococó. Una y otra vez fuerza las cosas para que las viñetas sean parte de algo: los dientes del Corintio, las páginas del libro de Destino —¿desde cuándo el libro de Destino era un cómic?—, o, el colmo del paroxismo, las letras que forman el nombre de Morpheus. Es llamativo que ahora se tenga la necesidad de hacer algo artístico —creo que nos entendemos—, cuando, en general, los mejores dibujantes de The Sandman no se complicaban mucho y aplicaban una composición funcional, que centraba la atención de los lectores en los textos. El excelente Marc Hempel no necesitaba de tanto fuego artificial para construir páginas fantásticas, y viñetas que se clavaban en los ojos. Y era un dibujante totalmente sintético, casi cartoon, que con cuatro líneas dibujaba al Morpheus más atractivo y carismático que viera la serie. Es una lástima, porque Williams es un dibujante muy bueno, y lo demuestra con sus cambios de estilo, que podemos atisbar bajo la capa decorativa que le planta encima y el color abrumador, que satura la vista. Las últimas páginas son un desplegable en el que, al menos, vemos algo que nos hace mantener la curiosidad, una reunión de Sandmen que pensábamos imposible, porque Sandman sólo había uno, en la que, faltaría, el lector veterano se puede deleitar identificando a buena parte de los presentes.

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Qué bajonazo, ¿no? Bueno, ya digo que hay que esperar y que seguiré leyendo. En el fondo igual no tenía sentido esperar nada más. La setlist del concierto nos la sabíamos todos, y si aun así asistimos a él es por los viejos tiempos. Igual es una maniobra de Gaiman, al que no creo que le haya abandonado la inteligencia en estos años, y las sorpresas vienen ahora. Tendría sentido empezar de un modo previsible para luego darle la vuelta a todo y volvernos locos, destruir su criatura, deconstruirla o actualizarla para los nuevos tiempos. Pero Neil Gaiman no podría estar más lejos de eso, me temo. Es un clásico, para bien y para mal, y se toma demasiado en serio lo que hace. Lo cual no impide que espere, al menos, algún giro interesante.

Lo que sí tengo claro es lo absurdo que ha sido editar Sandman: Obertura como una miniserie de comic books en 2013. No sólo porque el mercado de los mismos esté ya tan contraído que un tebeo con vocación de bestseller como éste tenga más sentido en tomo, que es como, además, puede encontrar el gran público la serie original, sino también porque en este primer número Gaiman, que ha demostrado decenas de veces su capacidad para contar una historia completa en veintitantas páginas, apenas si muestra fugazmente a varios personajes y arranca con pereza una historia que, es demasiado evidente, está pensada como un todo y no como una sucesión de capítulos.  Y, bueno, si además de todo eso salen sólo dos números en seis meses, apaga y vámonos. ¿Esperan que celebremos el acontecimiento de la publicación de un comic book de The Sandman cada seis meses, de veras? Porque la gracia de una serie de comic books es precisamente lo contrario, que sale con una regularidad, que no es un acontecimiento, que no es algo especial. ¿No habría sido más lógico publicar un bonito tomo con toda la historia completa, como, evidentemente, acabarán haciendo? No hace falta que me digáis la respuesta; está clara.

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5 thoughts on “Sandman: Obertura: primeras impresiones.

  1. Marc Hempel? Por diosss, prefiero hasta los números de Sam Kieth. Aunque claro, si le digo que el que me hubiera gustado que dibujara la serie completa es Mike Dringenberg, pues seguro que tenemos lío, jajaja.

    1. No, lío ninguno, a mí Dringenberg me gusta mucho, lo que pasa es que le colocaron un color inadecuado. De todas formas yo creo que Sandman es una serie de muchos dibujantes y está bien así, permite variar mucho el tono de unas historias a otras.

      Un saludo.

  2. El tomo Noches Eternas de 2003 fue un caramelo muy muy muy bien jugado… ¿qué habrá llevado a los implicados en este proyecto el pensarlo como miniserie de comic books? Que por mi bien, pero la cadencia es vital, coño.

    Sea como sea, a un talifan de Gaiman como servidor, le vale, pese a todo 🙂

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