Neuroworld, de Borja Crespo.

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Llevo uso días bastante ocupado y con mucho que escribir pendiente, pero no quiero dejar pasar la ocasión de dejar aquí al menos unas palabras del largometraje que ha estrenado hace poco Borja Crespo dentro del marco de Little Secret Films. Conozco a Borja desde hace pocos años, pero suficientes como para preguntarme ya, como todos, supongo, de dónde saca el tiempo este hombre aparentemente inagotable, que cada día está en un punto diferente del país organizando algún evento interesante.

Pues todavía ha tenido tiempo para rodar su primer largo, Neuroworld, aunque dure poco más de una hora y siga las reglas del proyecto Little Secret Films que favorece cierta espontaneidad y obliga a reducir los tiempos de rodaje. La película se inspira en varias obras de M.A. Martín, quien también participa en el guión y que, si no practicara las temáticas que practica, sería considerado en España como el gran maestro del cómic que en realidad es. Pocos dibujantes han desarrollado una obra tan personal, coherente e independiente que él, y posiblemente menos aún han conseguido alcanzar la precisión de su crítica social y política. En los cómics de Martín no hay corrección política ni concesión a los buenos sentimientos, y tampoco los hay en Neuroworld. Crespo ha entendido que la traslación entre medios, más que nunca, no podía ser directa. El universo Martín, convertido en imagen real, tendría un efecto muy diferente en el espectador del que provocan sus cómics, donde, gracias a su dibujo estilizado y quirúrgico, consigue que nos entren por los ojos las perversiones más sofisticadas.

En Neuroworld el sentimiento de malestar existe, pero se consigue sin imágenes explícitas, porque en el cine lo no mostrado es casi siempre más efectivo que lo que sí se enseña. A base de conversaciones, de un ritmo que al principio descoloca pero enseguida nos absorbe, la película nos pone mal cuerpo, cada vez peor, hasta llegar al final. Es el mal rollo que provocan las miradas codificadas que se lanzan los personajes de soslayo, la música sutil, el no saber nunca del todo si los protagonistas mienten o no; en definitiva, desposeernos de certezas y de lugares comunes que nos sirvan como asidero que nos salven del abismo.

El mundo urbano despiadado de Martín está ahí, y también el individualismo salvaje, agresivo, especialmente en el personaje interpretado por Richard Sahagún. La violencia asimilada y reproducida por los medios de comunicación, que reciben su cuota de pedradas en la película, no sólo por su manipulación y su papel de anestésico social, sino también por cómo nos aisla: los silencios autistas de Mónica Miranda y Marta Guerras durante la escena de su cena en los que se emboban con sus móviles son algo cada vez más frecuente en las reuniones sociales. Guerras, por cierto, juega el papel más exagerado y arriesgado, el de la youtuber frívola y embebida por el mundo virtual, adicta a mostrar las tontadas más gordas a sus seguidores con un hilarante lenguaje infantil, pero sale bien parada casi siempre, pocas veces se pasa y nunca se queda corta: es realmente graciosa. También quiero mencionar a Juanra Bonet, que tiene el papel más discreto de los cuatro protagonistas pero a mí me encantó.

El modelo de Little Secret Films tiene sus limitaciones, claro, ahí está parte de la gracia. Con más tiempo y algo más de pasta —pero tampoco demasiada, no os creáis— en Neuroworld se podrían pulir detalles técnicos, diálogos y actuaciones, pero también es algo que puede ser contraproducente: se pierde frescura, espontaneidad y sorpresa. A veces la primera o la segunda toma es la buena y el afán perfeccionista arruina los resultados. Lo importante al final no es tanto cuadrarlo todo al milímetro: de producciones técnicamente perfectas está el museo de los bostezos lleno. Neuroworld engancha y la hora se pasa volando, inmerso en el peligroso juego de cuatro personajes siniestros, cada uno de una forma diferente, en el mundo jodido de Martín, que lo es sobre todo porque es el nuestro levemente deformado.

Trailer de Neuroworld:

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