El polo sur, de Alexis Nolla.

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Sigo sacándole tiempo a los días para escribir sobre cómics que he leído en las últimas semanas —más bien meses ya— y que tenía pendientes. Hoy le toca a El polo sur de Alexis Nolla.

Nolla es joven, aunque su actividad en fanzines hace que acumule ya un buen montón de páginas a sus espaldas. Sin embargo, El polo sur es su historia más larga hasta el momento: 40 páginas en un cómic grapado editado por Apa-Apa, que también le publicaron en 2012 un tebeo reversible de historias cortas, Escondite / La isla del diablo.

De Nolla diría que es nuestro indie más genuino si no creyese que la etiqueta le llegaría un poco tarde, en 2014 y habiendo nacido él en 1987. En todos sus trabajos se advierte la poderosa y reconocida influencia de Jason, del primer Sammy Harkham o de Anders Nielsen, y, como en ellos, su punto fuerte no es sólo la creación de atmósferas emocionales, sino todo lo que se adivina tras sus páginas. El hermetismo que convoca el silencio, el halo de misterio y la inexpresividad de sus personajes acaban conformando historias atípicas, en las que ni se nos dan todas las respuestas ni sabemos nunca qué está pasando del todo. Creo que eso es lo que más me atrae de la obra de Nolla, aunque también tiene otras virtudes, por ejemplo, narrar aventuras más o menos clásicas de manera diferente, con el punto de mira centrado en los detalles, en las emociones o en lo nimio. En aquello que no pasa a la historia.

El polo sur es un ejemplo perfecto de todo esto porque toma una historia real bien conocida pero la cuenta al mismo desde dentro y desde la subjetividad. La carrera por llegar al polo sur que tuvo lugar hace algo más de un siglo entre la expedición de Amundsen y la de Scott terminó con la victoria de la primera, aunque ambos han pasado a la historia como héroes, si bien con diferentes connotaciones. Es muy significativo que Alexis Nolla se haya decantando por contar la historia del derrotado, de los que perdieron la vida no sólo por una cuestión científica, sino también política, de prestigio internacional. Todo el tebeo está por tanto impregnado de la épica del perdedor y de la fatalidad de la muerte, que está presente desde la primera página: los lectores sabemos cuál es el desenlace, lógicamente, y Nolla lo utiliza a su favor, para subrayar los aspectos de la historia que realmente le importan: los aspectos humanos.

Centrarse en lo emocional no significa centrarse en lo emotivo. Los protagonistas de la historia de hecho hacen alarde de contención: son hombres duros que asumen su destino y su fracaso, y no exteriorizan sus sentimientos. No lloran, no gritan, no se vienen abajo. Nolla los dibuja casi tan hieráticos como Jason suele retratar a sus personajes, con lo que refuerza esa sensación, pero también el impacto de lo no dicho, de lo no explicitado. La llegada al polo sur, donde Scott y los suyos encuentran la bandera noruega y una carta de Amundsen, es durísima aunque no se recalce con recursos gráficos o diálogos dramáticos, y el ritmo anticlimático con el que Nolla conduce el viaje de vuelta es magnífico, totalmente adecuado. Hay otra cuestión interesante: mientras otros autores destacarían la pequeñez del hombre frente a la naturaleza hostil con frecuentes viñetas grandes y planos abiertos, Alexis Nolla emplea pequeñas viñetas, por lo que incluso cuando dibuja las pequeñas siluetas de los exploradores sobre el blanco del polo no nos genera una sensación tan acentuada. Y, además, la mayor parte del tiempo vemos muy de cerca las actividades de los cinco hombres; nunca perdemos de vista su humanidad.

Esos hombres que van viendo cómo poco a poco sus cuerpos se deterioran y la desnutrición va haciendo mella en sus fuerzas, que van perdiendo una batalla imposible de ganar, no parecen héroes. Incluso el momento en el que uno de ellos se entrega al frío para morir y no ser una carga para sus compañeros está desprovisto de épica. Es algo deliberado, por supuesto, y sin el tono que Nolla crea con ese tipo de decisiones no sería tan redondo e impactante la secuencia final de dos páginas en las que los tres expedicionarios que quedan se meten dentro de una tienda de campaña y ya no salen más.

Más allá del buen —pero amargo— regusto que deja El polo sur, también queda la sensación, como pasa con muchos otros autores de la generación de Alexis Nolla, de que aún está lejos de alcanzar su potencial, lo cual, no hace falta decirlo, es algo fantástico. Lo que hará dentro de cinco años este talentoso grupo de autores que Apa-Apa ha tenido el buen ojo de aglutinar en su catálogo será aún mejor que lo que ya están haciendo, pero el camino, como siempre, es lo que más se disfruta. Ver crecer a estos autores en cada nuevo tebeo es uno de los privilegios de leer cómics en España a día de hoy, con la situación de la industria de hoy. Pero en eso no entro, que me enrollo y no es el día.

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