El fin del mundo, de Santiago García y Javier Peinado.

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El fin del mundo es un cómic grapado de la colección Jaimito de ¡Caramba!, y es obra de Santiago García y Javier Peinado. Los Jaimitos son cómics de humor, aunque el sentido amplio con el que Alba Diethelm y Manuel Bartual entienden el género hace posible que en el seno de la colección se agrupen cosas tan dispares como los cómics de humor amable de Laura Pacheco y familia, las burradas de Molg H. o historias como La muerte en los ojos de David Sánchez o la propia El fin del mundo, donde el humor está presente pero funciona activando mecanismos que nada tienen que ver con la gracia o la risa. Pero no quiero adelantarme; voy a empezar por el principio, sin preocuparme de spoilers, ya sabéis.

En el tebeo se desarrolla un día cualquiera en la vida de un tipo, excelentemente dibujado por Javier Peinado, con un trazo limpio pero con el punto justo de suciedad y realismo, sin caer en lo sórdido. Tal y como contaron los autores en la presentación del cómic, cada página en un principio iba a equivaler a una hora de ese día, aunque finalmente tuvieron que hacer algunos ajustes. Al protagonista pronto lo identificamos como un perdedor, un don nadie del que no sabemos ni el nombre. Pero sí sabemos, y ahí comienza el chiste, que es dibujante de tebeos, y que de hecho la historia que nos cuenta a través de su monólogo la está dibujando, según sus propias palabras. Así se se rompe desde el principio la cuarta pared y el protagonista es tan consciente de ser un personaje de tebeo como nosotros de estar leyéndolo. Además se establece un doble nivel narrativo, dado que lo que leemos es lo que el narrador ha dibujado, no lo que le ha sucedido realmente; podría ser que ambos niveles coincidieran, pero también podría ser al contrario. Esa indefinición, como veremos, será una de las claves para interpretar el final de El fin del mundo, valga la redundancia.

García y Peinado no disimulan ese artificio, sino que lo subrayan y lo traen al primer plano para hacerlo el motor de la historia, de un modo que me ha recordado a alguna de las historias cortas que García realizó con Pepo Pérez con los personajes de El Vecino. Porque la cuestión no es sólo que existan esos dos niveles, sino que la historia nos la cuenta al mismo tiempo en que se desarrolla su actividad diaria, sin que nos mire en ningún momento: sencillamente los bocadillos de texto tienen un discurso y las imágenes otro. No sólo las imágenes, sino también los bocadillos de los personajes con los que se relaciona el protagonista, que insinuan conversaciones banales y cotidianas. Es un recurso que sólo es posible en un cómic, y que además permite cruces entre ambas líneas discursivas: cuando su madre le dice, revisando fotografías antiguas, «Fíjate aquí qué guapo estabas», él nos está diciendo a nosotros que «Éramos grandes tiranosaurios rojos».

«¿Grandes tiranosaurios rojos? ¿Pero no nos había dicho este tío que el protagonista es un pelanas de vida gris?», estaréis pensando. Y aquí llegamos a la madre del cordero de El fin del mundo: el dibujante tristón nos cuenta qué paso después del fin del mundo. La humanidad fue aniquilada el 24 de diciembre de 2012 durante la cena de Nochebuena, y rehecha de inmediato tal y como es ahora. Pero no lo recordamos. El único que lo recuerda es este pobre hombre cuya vida consiste en desayunar en pijama en el bar de abajo, visitar a su anciana madre, echar un polvo en algún puticlub y cenar en el Kebab de la esquina. Y Ellos —los que manejan el cotarro; nunca sabemos quiénes son exactamente, pero conociendo a Santiago García, igual estaba pensando en Celestiales kirbyanos— sólo le dejan contarlo en forma de cómic, porque «nadie se tomará en serio lo que diga un tebeo». Lo mejor lo dejan para el final, cuando descubrimos que todo lo leído nos ha estado preparando para una revelación tremenda: si el dibujante muere el mundo terminará de nuevo, y esta vez para siempre. Y llevando la vida que lleva, ganas de morir no le faltan… aunque por suerte está en nuestras manos darle motivos para vivir, colaborando, expresando «nuestro apoyo» con una donación económica que deberá ser enviada a un apartado de correos dado en la última viñeta del cómic.

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Desde cierto punto de vista y si atendemos únicamente al argumento no puedo evitar recordar algunas historias cortas de Neil Gaiman leyendo este cómic. Con la premisa del único ser humano que recuerda el fin del mundo estoy seguro de que el británico habría escrito algo muy suyo. Pero, por supuesto, en realidad no tiene nada que ver con su trabajo. El enfoque lo es todo. Lo que sucede en las imágenes mientras el pobre desdichado nos cuenta su historia en primera persona es vital  para entender este cómic, que podría pasar, en todo caso —aunque estoy bastante seguro de que no fue la intención de sus autores— por una actualización de ese tipo de narración clásica con ecos míticos y trascendentes. Una actualización posmoderna, irónica o, digámoslo abiertamente, española. Y aquí entronco con lo que hace una semana escribía sobre Tengo hambre y la tradición literaria española de sátira, picaresca y realismo sucio. Pasado por ese tamiz, dibujado y escrito desde esa tradición y no impostando una ajena, esto más que de The Sandman sería The Sandman meets Makinavaja.

Es broma, claro. El fin del mundo tiene suficiente personalidad como para no ir buscando titulares chorras. Pero lo que sí es cierto es que en ese día de mierda que vive el dibujante reconocemos ambientes y rasgos intrínsecamente nuestros, y eso, en el fondo, es esencial para que el tebeo funcione a otro nivel. Porque si Tengo hambre hablaba del aquí y del ahora de España, El fin del mundo creo que también lo hace, recorriendo otra senda. No es difícil ver los efectos de la crisis en la vida desocupada del protagonista, y no sólo la falta de pasta —al fin y al cabo tiene un buen móvil y un ordenador que parece bastante moderno—; hablo de la crisis profunda, sistémica, la crisis que ya estaba aquí cuando pensábamos que no había crisis. Ésa es la crisis que nos atenaza, que hace proliferar las depresiones y que, en definitiva, nos lleva a la desesperación y la infelicidad. Para mí el tema de El fin del mundo es la desesperación, la soledad que nos amenaza aunque vivamos rodeamos de gente y más conectados con los demás que nunca. Hay algo que hermana el final del cómic con los príncipes nigerianos que nos ofrecen un dineral por correo electrónico o los videntes que de madrugada responden nuestras llamadas en ignotos canales de la TDT. ¿Por qué siguen existiendo en 2014, por qué la mayor información que manejamos no acaba con ellos? Porque no tiene nada que ver con eso, en el fondo. No es una cuestión de información ni de cultura. Es, bueno, lo que decía: una cuestión de infelicidad. La propuesta de ese hombre funcionaría en el mundo real —de hecho, no descarto que funcione—, porque apela a una insatisfacción que es parte de nosotros. Pero también de él, porque el mayor acierto de García es dejar abierta cualquier interpretación: puede ser alguien desesperado, puede ser un jeta aprovechado, o puede ser un loco que crea de verdad que tiene razón. O puede tenerla realmente, por supuesto.

Es posible que haya lectores a los que el desenlace de El fin del mundo no guste porque les desconcierte. De hecho ése es el riesgo y la apuesta de García y Peinado. Hay que pillar el chiste, entrar en el juego. Lo que sí es cierto es que no se ve venir, no sólo por lo medido del guión y su ritmo, sino porque el dibujo de Peinado, de quien he dicho menos de lo que debería a estas alturas de texto, es perfecto: su estilo no trasluce ninguna connotación que nos ponga en guardia con respecto al final. Un estilo más humorístico o caricaturesco sí lo habría hecho, y habría arruinado no sólo el giro final, que en el fondo es eso, un final, sino toda la lectura de una intesa historia que nos habla del fin del mundo pero que, como todas las buenas historias apocalípticas, nos habla de nosotros y de nuestros propios problemas.

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