Patrulla 142, de Mike Dawson.

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De Mike Dawson leí hace unos cuatro años su Freddie y yo, que no me pareció buenísimo pero me dejó el suficiente buen sabor de boca como para sacar de la biblioteca y leer Patrulla 142, que publicó La Cúpula en 2012. Lo del buen sabor de boca lo pensé ayer cuando lo tomé de la estantería, pero la verdad es que releyendo la reseña que le dediqué en su momento veo que le encontré bastantes problemas. Y eso me hace pensar que a veces es curioso cómo funciona la memoria, porque al final lo que quedó en mi cabeza de Freddie y yo fueron las cosas que me gustaron, y quizás eso significa algo.

Da lo mismo, vamos al lío. Patrulla 142. El relato de una semana de convivencia en un campamento scout típico norteamericano. Me interesaba porque todo lo que tiene que ver con los scouts siempre me ha generado cierto rechazo. Hablo de los boy scouts tradicionales, los de Baden-Powell, con sus nomenclaturas y reglas que podemos llamar tradicionales pero también, perfectamente, retrógradas, con su homofobia y conservadurismo moral. Sí, claro, obviamente hay valores ahí bonitos y atractivos, de respeto a la naturaleza, de compañerismo y vida sencilla, pero no puedo evitar sentirme un poco… no sé, tenso, ante algo que en parte veo como un club masculino donde un puñado de adultos reverdecen laureles mientras ponen a competir entre sí a niños y adolescentes. Desde fuera, insisto, que no tengo experiencia de primera mano, y sabiendo que hoy en día hay decenas de asociaciones que llevan otro rollo muy diferente.

Por todo esto, aunque parezca paradójico, me gusta leer tebeos donde aparezcan scouts o campamentos de verano. Quiero entenderlo, y quiero saber qué significa esto para un niño, y sobre todo qué valor tiene como rito de paso, que es algo que siempre me ha interesado. Y el retrato de todo esto que refleja Dawson es muy jodido. Básicamente tiene todo lo malo que me imaginaba. A través de Alan, uno de los monitores, Dawson parece manifestar todas las dudas que tiene sobre los scouts, aunque no cargue las tintas, ni se cebe en detalles truculentos. Pero Alan no termina de sentirse integrado ni de entender ciertas cosas. Sobre todo lo que tiene que ver con los valores tradicionales que mencionaba antes, encarnados en un viejo jefe al que los pantalones cortos del uniforme scout no le sientan ya muy bien, y que defiende la tradición sólo porque lo es. A Alan le molestan especialmente dos cosas: que los scouts tengan que ser creyentes por cojones y que sea una organización abiertamente homófoba, como demuesta el discurso final del viejo jefe, que se jacta de ello jaleado por la mayoría de los presentes. Esto era en 1995, por si alguien se está preguntando si la historia procede de la infancia del autor. Luego está el veto a las niñas, que convierte el campamento en un club de chicos con las hormonas a reventar, vigilados por unos monitores, que francamente, dan un poco de grima, especialmente el sieso con bigote. Hay algo sórdido en esos adultos que se empeñan en que los chavales disfruten y entiendan lo guay que es ser scout, pero que lo hacen a base de castigos, gritos y malas caras. Porque, además, tampoco es que ellos parezcan pasárselo muy bien. Simplemente continuan con una tradición, y aunque todo acaba siendo bastante desastroso, volverán al año siguiente.

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Del sinsentido de esto parece darse cuenta Alan cuando tiene que consolar a su propio hijo, que acaba harto del rollo scout. También se debe a que los chavales no sólo no parecen pasárselo bien, sino que además son entre ellos tan hijos de puta como cabría esperarse. Insultos, bromas crueles, acoso directo a un pobre chaval que es el blanco de todo el campamento… La vida es un infierno cuando eres adolescente y estás rodeado de otros sin piedad. Los valores de los scouts no calan entre la muchachada, no sólo porque los vean absurdos y no signifiquen nada para ellos, sino porque sus monitores fracasan totalmente en intentar inculcárselos, y están mucho más preocupados por mantener el orden y sobre todo por promover una competitividad feroz, que quizás es lo que más alergia me da de este tipo de cosas: la carrera loca de insignias y premios, la escala de mandos, la carrera que en última instancia sirve para marcar las diferencias entre unos y otros. La cultura del esfuerzo puede rápidamente convertirse en una cultura clasista en la que cada uno vale lo que valen los parches que tienen cosidos en los uniformes. Y la presión social no ayuda a que un chaval que simplemente no puede llevar a cabo una prueba física se sienta mejor.

Patrulla 142 me gusta además de por todo lo anterior porque cuando he terminado de leerla no me ha quedado claro si Dawson quería ser implacable o sólo fiel a su experiencia. Y me agrada esa incertidumbre. Lo digo porque pese a las putadas entre adolescentes, las tonterías típicas de la institución —que Alan observa con suspicacia, y no hablo sólo de las reglas excluyentes, sino hasta de las canciones de fuego de campamento— y el desaliento generalizado con el que todos vuelven a casa, abre la historia con el lema scout: «Siempre dispuesto». Y la cierra dedicándosela a su patrulla scout. Así que es complicado decidir su intención, más aún porque tiene un estilo dibujando bastante limpio y hasta neutro, que connota poco lo que se muestra, con poca carga psicológica, para decirlo de algún modo. Eso no significa que no resuelva con habilidad muchas escenas, incluso algunas bastante complicadas, pero no tiene intención de ir más allá con el dibujo. Por eso el final, en el que se ve que la vida sigue y tras el grupo scout cuya historia hemos leído vendrá otro, y que las vidas de los chavales protagonista siguen, a su vez, no da al lector una sensación de clausura, y le deja sin saber muy bien qué pensar. Esa sensación de plenitud artificiosa que dan muchas obras de ficción tras cuya lectura entendemos todo no hace acto de presencia, y lo queda es lo contrario, cierto vacío, cierta necesidad, también, de volver a leer para saber qué piensa Dawson, si condena o justifica la institución, si piensa que es positivo para los chavales o una tortura. Quizás el error esté en esto, y se trate, simplemente de que cada uno de los lectores se forme su propia opinión.

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