The War Lord, de Franklin J. Schaffner.

El_se_or_de_la_guerra

Hace unos días Absence escribió en su blog sobre The War Lord, una película de 1965 dirigida por Franklin J. Schaffner y protagonizada por Charlton Heston. Y para que luego digan que la blogosfera no sirve de nada, gracias a eso ayer vi la película, de cuya existencia sabía, pero que nunca me había animado a ver. Me gustó y me pareció interesante por muchos motivos, uno de ellos una cuestión que me ha interesado mucho siempre: el choque del mundo pagano con el cristiano, el viejo orden y el nuevo. Sobre esto no me voy a extender porque ya lo explica perfectamente Absence con abundantes capturas de la película, pero sí quiero destacar algo que él menciona: la deliberada ambigüedad en torno al personaje de Bronwyn —interpretada por Rosemary Forsyth—, la joven pagana de la que se enamora el caballero Crysagon de la Cruz, hecho que desencadena toda la trama de la película. Bronwyn es la hija adoptada del líder de la comunidad pagana, su origen es incierto, sabe de plantas y la sospecha de que es bruja está siempre en la mente de los cristianos. Su cambio de actitud hacia Crysagon, la manera en la que abandona a su recientísimo esposo y una simbología sutil y bien escogida alimentan las dudas y generan un interrogante que no se resuelve nunca: la película puede leerse en clave realista o en clave mágica, y eso la convierte en una obra ambigua, entre mundos, en el límite. Que son las que a mí suelen gustarme más. En este caso lo interesante es que a esto se llega de una forma que hoy en día sería inconcebible en una película del gran circuito comercial.

¿Pero por qué sería inconcebible? Esto es lo interesante. En la mayoría de los blockbusters de los últimos años todo está sobreexplicado y sobredialogado. Las motivaciones de cada personaje se explicitan y subrayan —en algunas películas varias veces— a través del diálogo mucho más que de la acción. Los personajes son lo que dicen, lo que dicen además muchas veces a cámara, en monólogos artificiales. No tienen vida interior, no hay nada detrás de su discurso porque éste ya lo integra todo, ya le dice al espectador todo lo que necesita saber. Sabemos por qué hace lo que hace cada personaje y nada puede escapársenos, porque el director le ha colocado un cartel de neón a cada punto candente de su historia para que no nos perdamos y nos entre la ansiedad. Por poner un ejemplo: es lo que pasa punto por punto en la trilogía de Batman de Christopher Nolan.

Por eso es un ejercicio interesante recuperar películas comerciales y taquilleras de hace cuatro o cinco décadas y comprobar que había —hay— otra manera de hacer las cosas. Porque The War Lord no es arte y ensayo: es una película comercial producida por un gran estudio, perteneciente a un género, el drama histórico, que entonces estaba de moda, y protagonizada además por una estrella, el galán y héroe de acción Heston. Y sin embargo hay espacio para una doble lectura que por básica que sea ya anima muchísimo el acto de ver la película: nos obliga a ser activos y no meros receptores de una historia mil veces contada con otros envoltorios. El silencio de muchas escenas, los diálogos parcos, medidos y en ocasiones contradictorios entre sí hace que no siempre sepamos exactamente qué están sintiendo los personaje y por tanto no sabemos qué puede pasar a continuación. Sabemos que al caballero cristiano el primer encuentro con la muchacha pagana lo ha trastornado, pero no qué quiere hacer y a qué está dispuesto. Tampoco sabemos si a ella él la atrae, ni podemos anticipar —o al menos yo no pude— que se enamore de él y se entregue con gusto. La película también nos obliga a estar atentos porque las cosas no se dicen dos veces, ni se recalcan visual o sonoramente. Por ejemplo, el sopapo que el caballero le da a su hermano, delante del resto de los hombres, parece algo sin importancia sólo hasta que, hora y media después —en estándares del cine actual, cuando el 75% del público se habría olvidado por completo de la escena— se produzca el enfrentamiento final entre ambos. Los personajes, en general, se guardan lo que les pasa por la cabeza. Probablemente un director o un guionista del siglo XXI habría sentido la necesidad de introducir una escena del hermano mirando con envidia u odio al caballero, o incluso algún diálogo que dejara claro que le guarda rencor y quiere ser califa en lugar del califa. Y sentirían esa necesidad porque si no correrían el riesgo de que luego no se entendiera su decisión, de que el espectador pensara que no era coherente, que aquello no tenía suficiente sentido, como si en la vida las cosas siempre lo tuvieran, como si todo lo viésemos venir y la gente jamás nos sorprendiera, decepcionara o traicionara. O como si lo que estamos viendo no fuera suficiente y necesitásemos que los propios personajes nos los tradujeran e interpretaran.

Más signos de tiempos pasados: en The War Lord hay muy poca autoayuda y muy poco camino del héroe. De la Cruz es un caballero medieval, lo cual equivale a decir que, según nuestros valores, es un auténtico cabrón. Trata a la plebe como lo que son para él, dentro de su forma de entender el mundo: gusanos inferiores. Es un bruto violento, una máquina de matar, pero sin embargo trata bien a sus hombres, que le respetan y están dispuestos a morir por él. Le mueve el honor, quiere obedecer al Duque, que es quien lo envía a las tierras del pantano, y quiere hacerse con tierras porque su padre perdió las que habrían sido su herencia —esto, por cierto, fue un problema real en la Europa medieval: me refiero a los nobles empobrecidos que según los usos sociales no podían dedicarse a los negocios o a trabajos manuales—. Al inicio de la película, en el que se plantea el choque de culturas que tantas veces hemos visto en el cine, podríamos pensar que lo que va a suceder es que el hosco y cuadriculado caballero cristiano se redimiría gracias al amor de la sencilla campesina pagana y a través de ella aprendería a valorar y defender ese mundo de creencias más apegadas a la tierra y por lo tanto más auténticas. Y luego la historia terminaría bien o mal según el tono de drama más o menos grave que se busque. Probablemente sería el esquema que adoptaría hoy una película así, que es el mismo que hemos visto ya tantas veces en películas como Pocahontas o Avatar, y en otras más antiguas, como Un hombre llamado Caballo.

Pero las cosas no suceden así en The War Lord. De la Cruz no aprende gran cosa y las antiguas creencias paganas se la traen al pairo al principio y al final. Quizás al final incluso más que al principio, porque dejan de darle miedo. Bronwyn, por su parte, no parece tener demasiados problemas para renunciar a todo lo que antes le importaba en cuanto se enamora del caballero, aunque el silencio que mantiene casi en todo momento desde entonces no ayuda a escrutar sus pensamientos. Esas tradicionaes antiguas, por cierto, tan edulcoradas y mistificadas a partir de finales de los sesenta, son tan terribles como las del caballero cristiano, en tanto que sancionan y legitiman la violación de las recién casadas vírgenes por parte de su señor, por mucho que se convierta en un bonito ritual lleno de máscaras y fuego. Por otra parte están los frisones, bárbaros del otro lado del mar que pasan de ser voraces enemigos a aliados de los aldeanos contra el señor que ha traicionado sus creencias, y posteriormente incluso quedan en tan buena situación con De la Cruz, que les devuelve el niño robado para terminar con el ciclo de violencia, que acogen a Bronwyn en sus tierras.

No quiero decir con todo esto que The War Lord no tenga sus propios problemas fruto de su época, claro. Aunque en realidad algunos son una cuestión de percepción y de contexto del espectador tanto como de la obra. El cine siempre es ilusorio, y lo que cada generación considera realismo no es más que un código concreto que nuestro bagaje nos enseña a leer como tal. Hoy The War Lord parece blanda, poco sangrienta, y el Technicolor le da una textura y una luz algo irreales, al igual que la banda sonora, que choca bastante, pero desde luego estoy seguro de que a los espectadores de 1965,  acostumbrados a las fantastías tardorrománticas a lo Ivanhoe o Prince Valiant, con sus princesas ricamente ataviadas y sus deportivas justas a caballo, esto les pareció un pasado oscuro y sombrío. Del mismo modo, lo que a nosotros hoy nos parece realista y ajustado a como fueron las cosas, pongamos por caso la excelente Valhalla Rising, en realidad maneja otro tipo de estilización, pero no es una fotografía del pasado. Valhalla Rising, ahora que la he sacado a colación, también es una reconstrucción de la edad media que escenifica el choque entre lo viejo y lo nuevo, entre las creencias telúricas y politeístas y el orden cristiano, aún verde y poco definido. En cierta forma, ambas se parecen mucho. Lo cual creo que habla muy bien de las dos.

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2 thoughts on “The War Lord, de Franklin J. Schaffner.

  1. Se supone que esta película fue un clásico e impactó mucho a los cinéfilos de la generación de nuestros padres. Porque tiene algo que no tienen todos los clásicos, es decir esta extrañeza que has apuntado, que te obliga a dudar de la moral generalizada de la época en que se rodó.
    Raro: un clásico que me atrapó, sí señor.
    Tengo que verme entonces Valhalla Rising.
    Un abrzao.

    1. Gracias por tu comentario, Lino. Valhalla Rising es una película muy diferente (sobre todo estéticamente) pero creo que sí comparte esa sensación de duda.

      Un saludo.

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