Aquel verano, de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki.

aquel verano

El verano es un motivo muy visitado en la ficción juvenil porque evoca un pasado idílico, pero también por las posibilidades narrativas que ofrece. Es un periodo de pausa, de hiato de la vida real, que interrumpe la rutina y a menudo supone el traslado a un lugar ajeno, nuevo, donde nadie te conoce, y por tanto, como tan bien se exponía en el episodio de The Simpsons «Summer of 4 Ft.2», es posible ser otro, crearse una nueva identidad cuyas acciones además no tendrán consecuencias porque una vez terminadas las vacaciones volveremos a nuestra realidad y dejaremos atrás ese mundo con reglas diferentes.

Incluso el ritmo del verano es diferente, por el mayor tiempo de ocio, por los días largos y el calor más o menos agobiante, y eso es algo que han entendido bien las mejores obras que tratan el tema. También lo ha entendido Aquel verano, de las canadienses Jillian Tamaki y Mariko Tamaki. Su anterior novela gráfica, Skim, me gustó mucho, especialmente por su tratamiento de la adolescencia. Las protagonistas de Aquel verano también son adolescentes, aunque son menores que aquéllas, y eso es crucial. Como cualquier docente os diría, no es lo mismo un adolescente de 16 que de 13. Hay un mundo de distancia entre quien ya roza la edad adulta y quien sólo está comenzando a intuir lo que es. Ahí se encuentran Windy y Rose, aunque hay matices interesantes. Las Tamaki escogen establecer entre ellas una diferencia de un año, y eso permite apreciar mucho mejor el trance de Rose, la mayor. Rose está justo en ese momento en el que empieza a fijarse en los chicos mayores, y descubre la coquetería y la vergüenza del propio cuerpo. Windy, en cambio, es aún una niña, sin pudor, juguetona, sin demasiada pulsión sexual.

Lo malo de que el verano se haya constituido en tema por sí solo es que ha desarrollado sus propios clichés de género, y Aquel verano no escapa de ellos, pero entiendo que porque tampoco quiere: los toma, más bien, para reconducirlos a su propio terreno. Así, ahí está la amistad forjada en la playa, el primer amor, los paseos libres de padres y adultos, y sobre todo ello la sensación de rito de paso, de hito en la vida de Rose. Pero las Tamaki saben lo que se hacen. Tienen una sensibilidad para tratar cuestiones emocionales construida a base de silencios y pequeños detalles —miradas, objetos— que no subrayan con recursos gráficos excesivos. Al contrario: Mariko Tamaki realiza un ejercicio de contención que no oculta la excelente dibujante que es; ha mejorado mucho desce Skim. El bitono y el trazo difuminado crean el ambiente perfecto para una historia como ésta, y hay imágenes de carga icónica muy sorprendentes, como el momento en el que Rose contempla el beso de dos chicos mayores al trasluz de una gominola con forma de pie. En general están muy medidas estas cosas y aparecen cuando deben, aunque algunas secuencias de carga, digamos, lírica, o en las que se rompe la norma narrativa del cómic y hay cierta experimentación, no terminan de encajar bien, en mi opinión; parecen algo forzadas.

Las personas que dibuja, por el contrario, son tremendamente naturales y vivas. Y los paisajes, detallados y evocadores, transmiten de manera muy universal la noción del verano. No hace falta haber estado exactamente en ese lugar para sentir que es algo familiar, incluso, curioso, para alguien como yo que sólo ha veraneado en la playa con cinco años. Supongo que es un motivo tan extendido que todos lo tenemos interiorizado.

Pero me gustaría retomar el que creo que es el tema principal de Aquel verano —inciso sobre el título: la traducción española induce una sensación evocadora del pasado que en realidad no existe en el original, This one summer—. Me refiero al fin de la infancia, aunque me interesa más que eso en sí la manera en la que se expone, porque no es a través de la historia de Rose, exactamente, sino de las historias que Rose presencia. La del dependiente adolescente —pero algo mayor que ella— y el embarazo no deseado de su ligue y los problemas de pareja de sus padres, motivados por el aborto de la madre y las dificultades para volver a quedarse embarazada. El embarazo es por tanto una cuestión central, y aunque la oposición embarazo no deseado / embarazo negado es bastante obvia lo interesante de veras es cómo afecta a Rose, que es consciente de pronto de su propia sexualidad pero también de una brecha entre su madre y ella que marca de manera dolorosa ese fin de la infancia, paradójicamente por culpa de un sentimiento muy infantil: la sensación de que ella no es suficiente para una madre sumida en la depresión por no poder tener un segundo hijo.

Es un buen verano, pese a todo. Rose disfruta, vive y aprende, aunque el regusto final sea amargo, por todo lo que ha sucedido, y por los muros que se empiezan a levantar. Una vez que empieza el cambio, una vez que uno pierde la inocencia, no hay marcha atrás. El cómic termina sin que sepamos si la herida abierta en esa familia se podrá curar, y si el conato de pelea entre las dos amigas, Rose y Windy, acabará con esa amistad infantil y exclusivamente estival. El año que se llevan puede ser demasiado al verano siguiente, si es que Rose vuelve. No es difícil imaginar que Windy será demasiado infantil para una Rose que habrá pegado el estirón y estará más interesada en los chicos con granos como el dependiente que en ver películas clásicas de terror con una escandalosa y alocada Windy, a la que imagino, quizás siguiendo los pasos de su madre hippy, siendo toda su vida una outsider. Es doloroso aceptar esas rupturas, pero es parte inseparable del propio hecho de hacerse adulto. Las Tamaki logran transmitir todo eso en parte gracias a que trabajan con personajes creíbles —mucha atención a sus diálogos—, pero también porque hay una intención clara de no caer en la moraleja, en la frase motivadora o en el final falsamente cerrado.

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