Apuntes sobre Harry el sucio.

Recientemente he terminado de ver las cinco películas de la saga de Harry el sucio, estrenadas entre 1971 y 1988. Las he visto a raíz de releer varios textos de Pepo Pérez en su blog sobre Frank Miller, Clint Eastwood y el mito del sacrificio heroico. De niño o de adolescente estoy bastante seguro de haber visto alguna de ellas, pero la verdad es que no me acordaba de nada y mi visión del protagonista y sus historias era muy de segunda mano. Por eso me apeteció verlas en orden e ir apuntando cosas mientras lo hacía: la figura del héroe crepuscular es algo que me interesa muchísimo. Tengo que decir que ninguna me ha parecido una gran película, y de hecho, si soy sincero, me costó terminar Sudden Impact, y eso que es la que dirigió Eastwood. Pero no estaba interesado en su calidad, sino en otras cosas.

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Por empezar por algún sitio, diré que como tantas veces se ha dicho las películas de Harry el sucio, en especial las dos primeras, son en el fondo un western urbano, ambientado en un San Francisco lleno de crimen y violencia que sólo puede combatirse con más violencia. Pero creo que Harry no es el típico protagonista de western marginal, fuera del sistema, que con sus acciones extremas contribuye a fundar o a asegurar la comunidad. Sobre todo por algo fundamental: Callahan es un policía, y por tanto es parte de ese sistema, es el brazo ejecutor del mismo, el que se encarga de aplicar la violencia legítima contra aquellos que traspasan el marco legal que el sistema se ha dado a sí mismo. Es una violencia extrema, claro, Callahan no se corta a la hora de disparar y se carga a una media de seis o siete delincuentes por película. Sus métodos son expeditivos y no se preocupa del papeleo o de las normas del cuerpo —lo cual le cuesta en Dirty Harry algún disgusto—, pero sí de otras que están por encima: las morales. Callahan es una fantasía de poder definitiva porque pasa por encima de lo cotidiano y los pequeños compromisos y concesiones que todos tenemos que hacer para que el sistema funcione de modo práctico y atiende sólo a los grandes valores. El mundo real es una amalgama de grises, pero Callahan se rige por el blanco y negro. Cuando alguien le dice «No es tan sencillo» Harry el sucio esboza una sonrisa, porque para él efectivamente sí lo es. Todo es sencillísimo en su cabeza, al menos la mayor parte del tiempo —luego veremos un momento en el que se enfrenta al relativismo—, y por eso está fuera de su tiempo en los años setenta, los años en los que se empieza a hablar de corrección política, los años de las protestas sociales y los movimientos reivindicativos que en ocasiones la propia policía sofocaba. Los años en los que a los polis se los llamaba pigs, incluso en los tebeos de la Marvel. Ahora la policía tiene que cuidar su imagen, no traspasar ciertas normas, y asumir que los delincuentes tienen derechos. Para Harry Callahan eso supone darles una ventaja que no está dispuesto a conceder: él, por acudir al clásico, combate el fuego con el fuego. Pero, insisto, jamás pierde la legitimidad porque él es un agente de la ley y nunca hiere a un inocente.

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Cuando se califica a Harry Callahan —o a Clint Eastwood o Don Siegel, director de la primera entrega— de fascista, asumo por supuesto que no se está pensando en los fascistas de verdad, en los de Mussolini, sino que más bien se está aludiendo a un comportamiento o tendencia del estado a emplear la violencia contra los ciudadanos, a limitar sus derechos o vulnerarlos, a aplicar de forma abusiva esa violencia legítima que el estado asume. Callahan es abusivo, claro, se pasa tres pueblos y hace «lo que sea necesario» para detener —lo que equivale prácticamente siempre a matar— a los criminales. No se preocupa por sus derechos ni tampoco por las causas sociales tras el crimen, no se para a pensar cómo podría reducirse reduciendo la pobreza, por ejemplo. No está para eso. A Callahan la política no le interesa en absoluto, sólo quiere hacer su trabajo. «You’re a dinosaur, Cahallan. Your ideas don’t fit today», le espeta un superior a Harry en Sudden Impact (Clint Eastwood, 1983), a lo que él responde tajante: «Just what ideas are these? That murder’s a crime, that it shouldn’t be punished?».

Puede ser malhablado, bruto, directo, poco educado en sus opiniones, pero en realidad muchas de las posiciones que asociamos a lo que vulgarmente llamamos «fascista» no se le pueden aplicar, por mucho que el personaje ya haya sido condenado a cargar con esa etiqueta. Por ejemplo, no es en absoluto racista. Siguiendo la tradición del compañero del héroe que al final es sacrificado por la trama para que la ira motive al protagonista —algo que de todas formas no es que haga mucha falta aquí— Callahan tiene un compañero hispano en Dirty Harry (Siegel, 1971), uno negro en Magnum Force (Ted Post, 1973) y en Sudden Impact y uno asiático en The Dead Pool (Buddy Vanhorn, 1988). Con ninguno tiene ningún problema, aunque sí lo tiene con el hecho de que se los asignen por cuestiones de corrección política, para dar buena imagen. Es lo mismo que le molesta cuando su compañera es una joven recién ascendida a detective en The Enforcer (James Fargo, 1976). Cuando dicha compañera demuestra su valía, Callahan deja a un lado sus reservas y comienza a respetarla y confiar en ella, por supuesto antes de que sea tiroteada para que el tipo duro pueda vengarla. Otro ejemplo: cuando un policía se burla de un grupo de novatos que visten de forma moderna y siempre van juntos llamándolos queers Callahan replica con su sarcamos habitual: «if the rest of you could shoot like them… I wouldn’t care if the whole damn department was queer». Es, en el fondo, una actitud muy «americana», al menos idealmente: juzgar a la gente como individuos, no por sus signos externos, por su procedencia o condición, sino por su valía individual. Por último, tampoco se puede pasar por alto la ironía, a veces un poco negra, que está presente en la serie, sobre todo en las primeras tres películas.

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Una de las entregas más interesantes de la saga es Magnum Force, la segunda película. En ella Callahan tiene que encargarse de limpiar el cuerpo de agentes corruptos que se están tomando la justicia por su mano y tiroteando a mafiosos que son absueltos en los tribunales de manera irregular o no. Es interesante porque marca una distancia clara entre ese modo de actuar y el de Harry el sucio, que lleva al límite el método del sistema pero jamás saldrá de su marco. La paradoja está en el hecho de que el grupo de jóvenes policías que cumplen las órdenes de un oficial corrupto admira a Callahan sinceramente. Cuando el juego se descubre y éstos se enfrentan a Callahan le dicen: «You of all people should understand that». No lo entiende, claro, o mejor dicho, no le importa una mierda. Son elementos incontrolados, han matado a un policía y pueden matar a gente inocente, no puede confiar en ellos porque han renunciado a las reglas, reglas que él puede forzar porque sabe lo que está haciendo. Es un héroe furiosamente individualista que sólo confía en sí mismo y en los ideales que lo han forjado. La situación, por cierto, me recordó mucho a una trama del Punisher de Garth Ennis y Steve Dillon, en la que aparecen tres vigilantes inspirados por los métodos del Castigador, a los que acribilla sin dudar, porque sabe que no puede permitir que exista nadie como él. Aunque ya he dicho que Harry el sucio es todo lo opuesto a un vigilante, y esta película lo deja bien claro: no es el Castigador, ni por supuesto tampoco es Rorschach, que sin duda sería tenazmente perseguido por Callahan. Ahora que saco el ejemplo del tarado de Watchmen —bueno, dicho así parece que sea el único de ese cómic, digamos que es el más tarado— en esta misma película hay un personaje que anticipa una de sus frases más célebres, casi tal cual; hablo de un compañero apreciado por Cahallan, mayor que él, y que casi podemos ver como una versión de Harry el sucio que ha perdido la cabeza por la presión de una lucha que no puede ganar. Cuando Harry le sugiere que tal vez debería pensar en retirarse, el policía veterano es contundente: «I’ll never retire. Never».

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Los tiempos avanzan, y es muy interesante ver cómo el cambio de década afecta al entorno de Callahan y a su propia personalidad. Los ochenta son años de individualismo y cinismo, dicho generalizando y por tanto mal, pero es una aseveración que más o menos nos sirve para entender por qué en Sudden Impact y The Dead Pool las calles pierden protagonismo y las tramas se centran más en historias personales que en la corrupción del sistema o en la violencia de bandas más o menos organizadas. Los casos que tiene que resolver Harry en ambos filmes son particulares, episódicos, unos más de tantos que, intuimos, el policía ha tenido a lo largo de su carrera. Pero introducen cierto relativismo moral, sobre todo Sudden Impact. En ésta, el villano es una joven artista que busca venganza contra los violadores que abusaron de ella y de su hermana años atrás. Mientras Harry investiga, ella va cargándose uno a uno a todos los responsables, hasta que por supuesto sólo queda uno que la atrapa y que termina fiambre, a manos, claro, de Harry. Y entonces, el dilema, muertos todos los violadores: ¿arresta y denuncia a la mujer que fue víctima de aquello y con la que además ha entablado cierta relación? ¿O la encubre para que no sufra todavía más? Callahan opta por lo segundo. Es decir, se contesta a sí mismo cuando, en la misma película, hablaba de que el crimen debe ser castigado. Se enfrenta a una situación ambigua —recordemos, que no es casual, que Eastwood es el director de ésta, aunque el guión sea de Joseph Stinson—, y parece que ante ella traiciona su ética inquebrantable. Harry el sucio entra en los ochenta; aparentemente entra en la posmodernidad y asume que su mundo en blanco y negro ya no es válido. Igual que cambia su icónico pistolón por uno más moderno, parece que cambia de valores o por lo menos los flexibiliza un poco.

Sudden Impact parecía enfilar la saga al territorio de la incertidumbre, de un Harry más humano, al que las cosas le afectan más y que no puede seguir aplicando su código de manera sistemática. Pero The Dead Pool no tiene nada que ver con eso. Estrenada cinco años después, es una oportunidad perdida terrible, posiblemente la peor de todas las películas. No se explora la vía abierta en la anterior y tampoco se explota el hecho de que Callahan esté evidentemente envejecido, interpretado por un Eastwood que en 1988 ya rondaba los sesenta. Es una aventura más, que sólo tiene el interés de ver a Callahan operando en el mundo loco de finales de los ochenta, en una trama con un asesino enfermo mental, un director de cine pseudogore —Liam Neeson con coletilla— y música de Guns N’Roses. La dureza de las calles y el lumpen se torna glamour cutre de estrellas de rock que se chutan speedball, y sólo interesa la reflexión de los medios de comunicación. En la década de la MTV y de las conexiones vía satélite, la prensa, hasta ahora ausente de las tramas, se convierte en un tema central. La obsesión por estar en antena, la carrera por conseguir la noticia, etc. la salda Callahan con su sutileza habitual al reventar una cámara contra el suelo. Su aparición en la portada de una revista, el celo de sus superiores por estar a bien con la prensa y el tarado que se quiere prender fuego porque es un don nadie y así al menos saldrá por la televisión hacen evidente que es, en realidad, el verdadero tema de la película. Pero en todo caso no me extraña que Miller dijera que «“Esto no es la última película de Harry el Sucio; te voy a mostrar la última historia de Harry el Sucio.” Y entonces hice Ese cobarde bastardo» —la traducción es de Pepo Pérez, y la he tomado de aquí—. La película acaba como todas las demás y aquí no pasa nada. Sólo que nunca hubo otra; no hubo un verdadero final para Harry el sucio.

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Viendo The Dead Pool no podía evitar pensar que en realidad posiblemente no era el momento para la reflexión que yo querría haber visto, incluso a pesar del final de Sudden Impact. La posmodernidad no había llegado ahí aún, no era el tiempo de la deconstrucción ni de la revisión del mito heroico; faltaba, posiblemente, autoconsciencia. Por supuesto en 1986 ya habíamos tenido Watchmen y The Dark Knight Returns, que era precisamente eso: el héroe envejecido que ya no encaja en el mundo pero que se sacrifica para salvarlo. En las dos últimas entregas de Dirty Harry éste sigue haciendo las mismas proezas físicas y el pulso no le tiembla. De hecho, en la última se aseguran de incluir un par de escenas en las que le pasa la mano por la cara haciendo deporte a su compañero, mucho más joven que él. Es un superhombre que no da síntomas de cansancio o decadencia. Es eterno y no falla nunca. Tuvimos que esperar a Gran Torino (Eastwood, 2008) para presenciar esa última historia apócrifa de Harry el sucio, aunque ahora, tras haber visto toda la saga del personaje, me doy cuenta de que el protagonista de Gran Torino no es exactamente un calco de Callahan: tiene elementos de otros personajes y otros arquetipos, y los años no pasan en vano ni para él ni para Eastwood. Nadie piensa igual a lo largo de toda su vida. Callahan y Kowalski comparten sus métodos y su incapacidad para entender el mundo moderno. La inteligencia de Eastwood y de sus guionistas, Nick Schenk y Dave Johannson, les hizo llevar al arquetipo más allá, darle una vuelta de tuerca, como se la dio Miller en Ese cobarde bastardo, enfrentarlo a la necesidad de cambiar de estrategia para detener la espiral de violencia. Porque, en el fondo, Callahan no hace una mierda para mejorar el mundo de verdad: se limita a cauterizar las heridas, a acabar con los síntomas a base de tiros. Pero no soluciona nada. Para solucionar los problemas, para terminar con la violencia, hace falta algo más que fuerza: es necesario el tipo de pensamiento lateral que emplean Kowalski y Hartigan.

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Pero volviendo a Harry el sucio, no me sorprende que de nuevo Miller dijera que «Clint Eastwood está más cerca de lo que deberían ser los superhéroes que, virtualmente, cualquiera en los cómics» —sigue en el mismo artículo de Pérez—. No tiene superpoderes pero sí tiene atributos heroicos: su coche y sobre todo su pistola. Es, como dice Miller, «larger than life». Se enfrenta a sus enemigos con la certeza de que no puede morir, sin miedo. Su pose es icónica como la de Superman cuando vuela con el puño en alto: erguido, con la pistola en la mano y el brazo extendido. Su silueta es tan amenazadora como la de Batman, y uno casi puede imaginarse a los delincuentes de San Francisco susurrando su nombre con miedo. Cuando Harry el sucio se enfrenta a sus enemigos lo hace de cara, aparece en escena sin correr, sin alterarse. Sus movimientos son deliberadamente lentos y tranquilos, como si se moviera a otra velocidad: como si existiera en otro plano. Como si fuera consciente de ser un ente de ficción moviéndose en la realidad. Sus enemigos disparan antes que él y ni lo rozan: él mata al primer disparo. En alguna ocasión se lleva una paliza por aquello de la tensión dramática, pero se recupera de todo con una facilidad pasmosa. Harry Callahan, en realidad, no es humano: es… bueno, un héroe. Su sacrificio no llega nunca, pero habría sido su final lógico. Mientras tanto, en realidad, se está sacrificando. Está condenado a perder a todos sus amigos, vive en un cuchitril, perdió a su mujer… Nunca encontrará la paz. ««I’ll never retire. Never» es una frase que realmente debería haber dicho Callahan.

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Pero precisamente lo peor de estas películas, a mi juicio, es que no profundizan todo lo que podrían ni en la dimensión mítica de su protagonista ni tampoco en el choque entre ésta y la realidad. No hay vuelta de hoja. El héroe no cae, no falla nunca, puede con todo y todo lo soluciona a tiros. Si no fuera por la exageración y el humor serían películas difícilmente asumibles. Harry es como una fuerza de la naturaleza pero no se le opone nada verdaderamente capaz de tumbarlo. No hay un antagonista de su talla. El sistema sabe que en el fondo lo necesita y aunque haya tensiones lo tolera y le deja el margen suficiente para que haga su trabajo. Pero no se explota esa paradoja, no hay, por ejemplo, ningún momento en el que un político o un juez corrupto le quite la placa a Callahan y éste tenga que enfrentarse a una nueva realidad, reinventándose para vencer. Todo lo más, los policías vigilantes de la segunda película, pero son manzanas podridas, algo que puede extirparse de un sistema que, en lo esencial, funciona. Sólo al final de la primera entrega, cuando las garantías que el sistema da a los criminales dejan libre a un asesino al que Harry ajusticia, para luego lanzar su placa al mar, parece que hay una duda. Pero no queda ni rastro de ella en Magnum Force. Los valores en los que cree Callahan, pese a su cinismo, están por encima de actuaciones puntuales, nunca le fallan y siempre serán la base de su sociedad. Él, simplemente, lo sabe y puede actuar en consecuencia, sin renuncias, sin medias tintas, sin circunstancias personales que lo aten y lo obliguen a transigir. En eso sí se parece a Rorschach, que puede ser consecuente hasta el final. Pueden permitirse ese lujo porque no son personas reales, sino encarnaciones de ideales. Figuras míticas, héroes de la comunidad, como tan bien explica Pepo Pérez en sus textos. Aunque en el caso de Dirty Harry, sí, evidentemente, la violencia y lo reaccionario estén ahí. Hay algo primario e infantil en la idea de que los problemas de una sociedad puede arreglarse con una Magnum, y creo que precisamente las historias que llevan eso al límite son las verdaderamente valiosas. Aquellas que exigen un sacrificio final… o lo contrario, una traición a uno mismo.

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Una última cuestión que no tiene que ver estrictamente con los temas que me ha sugerido la saga de Harry el sucio. Es muy curioso comprobar cómo funciona nuestra percepción de los productos culturales, en este caso películas, de diferentes épocas. Ahora mismo, por los gustos actuales, por el momento en el que estamos y por las tendencias estéticas imperantes, creo que es más fácil entrar en el mundo de los setenta que el de los ochenta, aunque éste esté más cercano. Todas las películas de Dirty Harry recurren a clichés y a códigos de su época, ninguna es verdaderamente auténtica… pero la ilusión de realidad se mantiene mucho mejor, a ojos de un espectador de 2014, en las tres películas estrenadas en los setenta, con su estética sucia, su fotografía, su música… Precisamente esos mismos elementos son los que me alejan de las dos entregas de los ochenta, especialmente de The The Dead Pool, del 88. La música de sintetizador, la fotografía, la iluminación… todo me parece falso. Hasta, por supuesto, las pintas que llevan muchos de los personajes, pero especialmente los heavies de palo tan de la época y la coletilla y chupa de cuero del personaje que interpreta Liam Neeson. Todo parece un decorado, y hasta las escenas de acción parecen tener menos fuerza.

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