Lecturas dominicales.

Voy a aprovechar la tarde de domingo para comentar un par de cosas de tres cómics que he leído en los últimos días, uno de cada punta del planeta, casualmente.

analectas

El primero es en realidad el último que he leído, hace unos minutos: Las analectas de Confucio. El manga. Sí, justo: un nuevo manga filósofico publicado por East Press Co. en Japón y por Herder en nuestro país. Ya me he declarado alguna vez fan de estos cómics, aunque aún me queden varios por leer: la mezcla de recursos narrativos y visuales típicos del shônen, tono didáctico y referencias pop loquísimas dan como resultado un producto que si bien nunca pierde de vista lo que es y cuál es su función no deja de sorprender y de encontrar nuevos caminos para la adaptación de textos políticos, filosóficos y literarios clásicos. Las analectas se ha convertido en uno de mis favoritos, o al menos su primera parte, porque el tomo que ha publicado Herder es doble y está compuesto de dos tomos japoneses. Mientras que en títulos anteriores los guionistas optan por llevar la acción a la época del autor del texto original, en esta ocasión toman el camino inverso: el manga comienza con el atentado del 11 S y la frase «Estamos en el siglo XXI, y sin embargo…», que deja claro que tratarán de demostrar que las enseñanzas del sabio chino tienen validez en el mundo actual. Y entonces, viene la genialidad: en realidad la lección de ética y moral aparece inserta en una trama de manual de típico manga de instituto, con un protagonista positivo y optimista, una chica seria y melancólica —pero que, felizmente, no quiere ser ni cantante, ni actriz ni madre de familia, sino investigadora— y un «antagonista» hosco y malrrollero. Y en ese contexto se escenifican las típicas tensiones generacionales, que se resuelven, finalmente, gracias al pensamiento de Confucio, que introduce en el instituto una profesora sustituta que tiene… CABEZA DE VACA. Tal cual. Por supuesto, eso no es un problema para que dé clase y se gane a sus alumnos, que aprenderán valiosas lecciones de vida escuchándola hablar de Confucio. Sólo en Japón es posible una locura así. La segunda parte es más convencional y pesada como lectura: diez años después, los estudiantes de la profesora Muu se reúnen con motivo de su muerte, y uno de ellos, que ha llegado a ser profesor de filosofía, narra a los demás la biografía de Confucio. Aquí echo en falta un poco de crítica o por lo menos mesura hacia la figura del pensador, que se aborda prácticamente desde la hagiografía. Ni todo lo que enseñó puede aplicarse tal cual hoy ni muchas de sus ideas no dejan de ser fuertemente conservadoras y conformistas. Pero incluso aunque tengamos en cuenta sólo la primera parte de este tomo, es un manga divertidísimo y tan marciano que se lee con mucho gozo.

los hijos de sitting bull

El siguiente cómic ha sido publicado por Astiberri recientemente: Los hijos de Sitting Bull, de Edmond Baudoin. Baudoin, que me parece un gran dibujante y del que valoro su capacidad para cambiar de técnica y estilo, suele dejarme un poco frío, al menos con el par de cómics suyos que he leído. Nada que objetarle, pero tampoco nada que me llegue de verdad. Los hijos de Sitting Bull iba por ese camino, pero ha acabado por sorprenderme gratamente. Se trata de una biografía del abuelo del propio Baudoin, que emigró a Norteamérica y conoció a, entre otros, Sitting Bull y Buffalo Bill. Es un relato poco denso, por momento casi una memoria ilustrada, y el tono equidistante y descriptivo de Baudoin no parece el más adecuado. Sin embargo, hay algo interesante: el uso de la fotografía como «certificado de verdad», tanto de personas como de documentos que demuestran que lo que cuenta el autor sucedió tal cual… o no, por supuesto, porque, en el fondo, esas fotografías sólo certifican una parte de esa verdad: efectivamente existen referentes tras esas imágenes, que, por extensión, también son percibidos como los referentes de los dibujos de Baudoin, a pesar de que su estilo sea tan poco realista. De alguna forma las fotos fijan los dibujos a la realidad, les añaden un valor de cara al lector, que recibe un mensaje claro: así es como sucedió. Pero se trata de un recurso más al servicio de la narración y, quizás, de la ficción. Supongo que andar en estos días leyendo y pensando sobre todo esto ha hecho que leyera Los hijos de Sitting Bull en esta clave, en una de esas coincidencias felices que suceden cuando uno se centra en un tema. No quiero terminar con el cómic de Baudoin sin comentar que cuando la biografía se transforma en autobiografía y el autor se siente libre de abandonar la neutralidad gana muchos enteros, quizás porque se vuelve más personal, o más sincero… En el breve relato de su viaje a América para documentar la historia de su abuelo hay más verdad que en todo lo anterior. Con un estilo sencillo, de frases cortas, que en parte me ha recordado al tono que suele emplear Emmanuel Guibert, me ha implicado e interesado mucho más. «… Me siento en un neumático. Dibujo lo que tengo enfrente. Se acercan unos niños. Viene un hombre que los coge de la mano. No soy bienvenido». Muy bien.

matadero

El último de los cómics de los que quiero escribir hoy también ha sido publicado por Astiberri: se trata del cuarto libro de Parker, las adaptaciones de novelas de Richard Stark que lleva años haciendo Darwyn Cooke. Matadero es la primera entrega de la serie que leo; no me ha interesado nunca particularmente el género negro —aunque Criminal curiosamente sí suele gustarme mucho—, y aunque Cooke me gusta como dibujante, en general no me llama mucho la atención lo que hace con superhéroes, me parece demasiado nostálgico e incluso cursi. Sin embargo esta historia me ha gustado mucho. O mejor dicho, me ha gustado cómo la desarrolla Cooke, que no es lo mismo… y al mismo tiempo lo es, porque para eso esto es un cómic. Me explico mejor: me refiero a que la trama en sí —un atracador cercado con un botín en un parque de atracciones cerrado y un grupo de polis corruptos que le quieren dar caza— no me interesa nada, pero Cooke ha conseguido, simplemente a base de recursos de puro dibujo, engancharme y hacer que lea el cómic del tirón y con interés. No repite dos veces el mismo recurso o composición de página y no aburre nunca. Me gusta mucho, además, el bitono que emplea, que luce mucho más gracias a que el parque de atracciones está nevado, lo que permite jugar con masas de blanco constantemente. Se nota, y eso es importante, que Cooke está haciendo lo que quiere hacer y que se lo pasa bien en el proceso.

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