Teleñecos crepusculares.

the muppets 2011

Que los Muppets son lo mejor de la vida es una verdad universal tan obvia que no me molesto ni en argumentarla. Lo que Jim Henson y su equipo consiguieron con el programa original, The Muppet Show, fue algo único: un programa de variedades al que acudieron como invitados algunas de las personalidades del arte y la cultura más destacadas de su tiempo, lleno de imaginación y un humor inteligentísimo, fino, que no desdeñaba el slapstick ni le hacía ascos al juego de palabras más dadá. Un programa que podía ver un niño pero que satisfacía a los adultos. Un programa protagonizado por un puñado de marionetas de gomaespuma y felpa que están, a todos los efectos, vivas. Ése es el secreto de los Muppets, a los que amo sin necesidad de que sean exactamente parte de la memoria de mi infancia; Barrio Sésamo sí, claro, pero The Muppet Show no lo pude ver en condiciones hasta bien entrado en la veintena.

Ha pasado mucho tiempo desde la cancelación del programa original (1976-1981), y ahora The Muppets es una franquicia —como todo— en manos de Disney —como casi todo—. Desde entonces, tuvimos los últimos proyectos de Henson, —El cuentacuentos, Laberinto, Cristal oscuro—, tuvimos una serie de animación lamentable que convertía a los teleñecos en bebés —Los pequeñecos, se llamó en España; como los Pequeniques—, una secuela más que interesante que cambiaba el teatro por un estudio de televisión, Muppets Tonight y varios largometrajes, entre los que hay de todo. Pero en 2011 hacía doce años que los Teleñecos estaban alejados de las pantallas de forma regular.

¿Por qué retomarlos entonces, en 2011, puede esa decisión ocultar una intención artística que vaya más allá de lo crematístico? Sí, porque parte de la voluntad de un autor, Jason Segel, coautor del guión junto a Nicholas Stoller, protagonita humano de la película y declarado seguidor de los muppets. La película —dirigida por James Bobin— ofrece lo que era de esperar; una comedia musical con canciones geniales, diálogos chispeantes y gags divertidos, cuya historia, por lo demás, es intencionadamente típica y se ha visto ya mil veces. Pero más allá de eso el guión se sumerge en la metarreferencia y construye una fascinante reflexión autoconsciente sobre la historia del programa y su lugar en el mundo actual. Es importante darse cuenta de que los Muppets se están interpretando a sí mismos. Kermit es Kermit, Ms. Piggy es Ms. Piggy. Han pasado años desde los tiempos dorados en los que la rana aparecía en la portada de The Times y Johnny Cash interpretaba gags con los teleñecos. El teatro está en ruinas, Kermit vive solo en un casa llena de recuerdos, Ms. Piggy vive en París, Fozzie actúa en un antro de mala muerte y duerme en la calle, Scotter trabaja en Microsoft, Los Electric Mayhem, que tocaron con los más grandes, ahora actúan en el metro. De alguna forma recuerda a la premisa de Toy Story 3, donde los juguetes yacían olvidados desde hacía años en un baúl. Pero mientras que aquí el drama era personal y privado, en The Muppets el olvido alcanza otra dimensión porque son mitos colectivos caídos. No es casualidad que Selena Gomez no sepa quiénes son.

A partir de ahí toca refundar ese mito. Kermit tiene que reunir los pedazos, reparar los vínculos rotos, especialmente con Piggy, a la que plantó en el altar. Es un viaje emocionante para los seguidores de los personajes, aunque quizás lo que más toque la fibra es muy sutil: una fotografía de Kermit con Jim Henson en la pared, entre muchas otras, sin recrearse en el recuerdo o explotarlo con un primer plano obsceno. Lo que opera aquí no es exactamente nostalgia, no si la entendemos como refugio del presente: precisamente, Kermit debe abandonar ese refugio que se ha construido y descubrir si hay un lugar en el mundo actual para los Muppets y su programa. No es casual que ese rescate lo produzcan tres personas que vienen, metafóricamente, del pasado ideal de la década de los cincuenta a la Archie, habitantes de un pueblo irreal, Smalltown, de romances blancos y calles impolutas: época mítica anterior a la emisión del programa original de los Teleñecos, que precisamente estaban conectados íntimamente con su tiempo.

Ese proceso de reconstrucción está lleno, de nuevo, de autoconsciencia. De la misma manera en la que los Muppets saben que son muñecos también se saben conscientes de su condición de ficciones. La película abunda en el metalenguaje porque sus personajes se saben protagonistas de una película. Eso permite colar la simplicidad de la trama, por ejemplo: basta con un mero comentario sobre ella. También permite a los Muppets saltar sobre cualquier agujero del guión y disparar mecanismos narrativos como el viaje por el mapa, elipsis clásica que sólo es admisible hoy desde la cita irónica.

En un mundo descreído de despiadados empresarios del petróleo —genial villano de opereta— e insensibles cadenas televisivas los Teleñecos reconquistan su espacio reconstruyendo su teatro y su show; esperando su fallo aparece una banda de muñecos apócrifos, versiones macarras y cool de ellos, dispuestos a apropiarse de su nombre. «Sois reliquias», les dice el pérfido empresario.

Pero pese a todas las zancadillas y el escepticismo de todo el mundo menos de Walter, marioneta solitaria en un mundo de humanos que sólo gracias a The Muppet Show encontró la fuerza para ser feliz, cuando empieza la función caen las barreras. It’s time to play the music, it’s time to light the lights… La minuciosa réplica de la cabecera original del programa es quizás el momento más especial de la película. A partir de ahí, pura magia en escena: se suceden los gags y las canciones como si realmente estuviéramos en un programa clásico, vemos las bambalinas del mismo como entonces, y al mismo tiempo la trama avanza, se resuelve el conflicto entre Gary y Mary —lo más prescindible de la película— y los Muppets recuperan su nombre y demuestran que sí, que hay un lugar para la alegría, la diversión con gotas de cítrico pero decididamente positiva. Hay también un lugar para las marionetas análogicas en la era del CGI. Hay un lugar para el legado de Jim Henson porque es, como el de los verdaderos genios, atemporal.

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