Inercia, de Antonio Hitos.

inercia portada

El premio Fnac / Salamandra —antes Fnac / Sins Entido— sigue siendo, tras siete ediciones, un buen referente anual, que ha premiado tanto a autores noveles —Mireia Pérez, Esteban Hernández— como a veteranos —Juan Berrio, Sento—. En su última edición le ha tocado a un seminovel, porque Antonio Hitos, pese a su juventud —29 años— llegó a tiempo de publicar en El Víbora antes de que cerrara. Yo tenía ganas de leer su Inercia, porque los adelantos me llamaban mucho la atención, pero también porque no había leído nunca nada de Hitos. A primera vista su trabajo parecía muy rompedor, y tras la lectura esa impresión se ha confirmado.

Lo primero que destaca de Inercia es su impecable gráfica. Se nota que Hitos se ha esforzado por encontrar un estilo propio muy cerrado y sin referentes obvios, con un acabado limpio y geométrico. Al ver la manera en la que traza las formas de un camión de basuras, un monitor de ordenador o un edificio, con meticulosas líneas rectas, uno puede pensar en Chris Ware —porque es tan inmensa su sombra que se le ve en todas partes— o en David Sánchez, pero en realidad creo que el efecto que consigue Hitos es diferente, porque la clave no está tanto en la aparente asepsia con la que se reproducen los objetos reales, sino en la repetición de los mismos y en el toque irreal que le da el magnífico color que ha aplicado: con un magenta, un amarillo y un azul verdoso el mundo tiene que ser, por narices, un lugar extraño.

La repetición que mencionaba hace un momento es esencial también para que Inercia consiga capturar de manera visual la apatía de sus dos protagonistas, Jaime y Juan, jóvenes españoles de su tiempo —de nuestro tiempo— con trabajo precario y sin ningún trabajo respectivamente, sin expectativas de futuro y sin nada que anime sus días. El formato escogido por Hitos se basa en una plantilla de 3 x 3 —a lo Watchmen— con variaciones mínimas que además se limitan a formar una viñeta el doble o el triple de grande que una normal. Además de eso el uso de planos fijos le permite repetir una y otra vez el mismo escenario o los mismos objetos construidos con líneas rectas, lo cual le da a las páginas un aspecto de celda agobiante perfecto. Las páginas están tan bien planificadas que funcionan incluso sin leer el tebeo, sólo con hojearlo. Además Hitos emplea el efecto máscara y coloca a personajes no realistas, dibujados de un modo muy peculiar, sobre los escenarios casi vectoriales. Es una propuesta provocativa y arriesgada, estudiada al milímetro y que funciona como un tiro.

inercia interior

A través de esa monotonía de delineante es como mejor puede mostrarse ese lento pasar de los días, todos iguales entre sí, sin salida alguna. La inercia del título alude a la abulia que puede apoderarse de uno cuando el entorno es tan deprimente como el que soportamos la mayoría de miembros de una generación a la que nos habían contado que la vida iba a ser otra cosa. Pero Antonio Hitos no nos exculpa ni convierte su tebeo en una exposición sobre la crisis. Es un viaje personal, una visión introspectiva donde casi todo está contado a través de lo gráfico: los símbolos y las metáforas visuales son en realidad el centro de Inercia. Es una apuesta ambiciosa por parte de Hitos, y creo que aunque no siempre consigue acertar, es uno de esos claros casos en los que asumir riesgos es ya un valor en sí mismo. La osadía del autor y el descaro con el que sale del terreno seguro del costumbrismo para llegar más allá y dotar de sentido al estilo que escoge son tales que minimizan los fallos que pueda tener. Que tampoco son tales; son más bien excesos, alguna secuencia alegórica que no termina de encajar, por ejemplo la de las páginas 70-71. Aunque la potencia gráfica no se le niega, claro: Hitos es un dibujante técnico soberbio, y si peca de algo es de gustarse demasiado en algún momento puntual, por gozoso que sea para los lectores —es alucinante cómo dibuja, por ejemplo, una cabeza de ducha (p. 20). Por otro lado me parece claro que su intención con todos esos recursos simbólicos y metafóricos no es la de ser unívoco y transparente, aunque tampoco sea especialmente críptico. La cucaracha que mancilla la limpieza hospitalaria de las viñetas de Inercia, el monopatín roto, el gran ojo que flota junto a Jaime… sugieren todos una misma idea y al mismo tiempo permiten al lector que interprete lo que quiera.

En ese universo simbólico sorprenden y descolocan un poco el par de escenas que suceden en la tienda donde trabaja Jaime, las típicas anécdotas con base real de clientes locos. Las librerías y tiendas de discos son una buena fuente cómica para la ficción —me vienen a la cabeza sin pensarlo mucho algunas páginas del Malas ventas de Alex Robinson o la serie que desarrolló Mireia Pérez en Caniculadas el pasado verano—, pero aquí no acabo de entender el sentido de su inclusión.

Leyendo Inercia he recordado otro cómic español reciente, Ikea Dream Makers de Cristian Robles. Al margen de que tengan en común la importancia de lo visual, ambas obras hablan de la alienación, aunque la manera en la que enfocan el tema son casi opuestas: Robles se lleva la acción a un mundo que claramente no es el nuestro y desde él desarrolla una alegoría de moraleja obvia, en su final, mientras que Hitos se mantiene a este lado de la realidad y los elementos fantásticos no son nunca reales; tampoco alcanza ninguna certeza.

Muy al contrario, a partir de determinado momento, cuando Juan da un paso adelante y se marcha con su novia al extranjero —que en el fondo no deja de ser otra manera de dejarse llevar— Inercia se vuelve aún más simbólico, y al quedarse Jaime solo el silencio adquiere mayor presencia. El incierto final es consecuente con el desarrollo y remata un tebeo que no es redondo porque no lo necesita en absoluto. Pocas veces un estilo tan inhumano puede transmitir de modo tan directo sensaciones completamente humanas. La limpieza técnica, que a menudo es un filtro que amortigua la fuerza de las ideas del autor, aquí juega a su favor y multiplica su impacto. Dibujar la depresión y la desorientación que padecemos no es nada fácil, pero Hitos lo consigue. Y con Inercia se planta con firmeza en el escenario del cómic español contemporáneo, en el que la vanguardia no es incompatible con el compromiso social y la necesidad de hablar del aquí y el ahora.

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