Las aventuras de Baltasar y Franco, de VVAA.

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Recientemente hablaba, a propósito de Nosotros llegamos primero de Furillo, del cierto miedo que hay aún a tratar desde el humor el franquismo y la figura de Franco. Todavía levanta ampollas y las críticas suelen ser serias incluso cuando son contundentes y no se andan con medias tintas. Pero el humor ofrece la posibilidad de la desactivación, y eso es justo lo que vemos en Las aventuras de Baltasar y Franco, un fanzine escrito a cuatro manos entre DNM, Isa, Cristina y Pablo —así firman— y dibujo del propio Pablo, alias Peúbe. Son cuatro amigos, y eso se nota en el cómic, que destila el buen rollo del trabajo colectivo que han hecho, sin caer en la autorreferencia y el chiste privado más que lo justo con algún homenaje que no entorpece en nada la lectura. Pero también son jóvenes, y esto es importante porque pertenecen a una generación que no sólo nació cuando la transición ya llevaba tiempo oficialmente clausurada, sino que lo hicieron en una época de relativa bonanza, en los años finales del felipismo, donde se empezaba a ver qué había en las cloacas de la era dorada del socialismo con varios escándalos relacionados con la corrupción. Esa generación nacida en torno al año noventa no vivió en sus carnes ciertos traumas, ni siente la necesidad de guardar las formas, ni siquiera la de tener cuidado con lo que dice porque al contrario que otros críticos y humoristas de más edad saben —más o menos— que no se la juegan cuando atacan a ciertas figuras. Y esto, que demasiadas veces se ha utilizado para despreciarla, como si una generación fuera culpable de la situación sociopolítica heredada de la anterior, o como si fuera culpa de uno que ya no haya grises delante de los que correr, es lo que es da una nueva libertad iconoclasta que contrasta con las tradicionales acusaciones de desmovilización política. Las épocas de auge económico, aunque sean endebles, siempre desactivan políticamente, y eso efectivamente sucedió en los noventa y primero dosmiles, pero ha bastado que las cosas se tuerzan para que se vea que esos jóvenes están dispuestos a moverse.

Pero lo hace, como no podía ser de otra forma, en sus propios términos, que no siempre son los deseados por los mayores. Digo todo esto porque, seguramente, la manera en la que aborda Las aventuras de Baltasar y Franco la figura del dictador pueda parecerles a muchos irrespetuosa con sus víctimas, dado que convierte a Franco en un bobo infantiloide, en un estúpido que no se entera de nada. Pero hay mucho por debajo de eso. El humor de este cómic parece absurdo, basado en situaciones y diálogos antes que en gags visuales, y en apariencia no hace crítica política… pero esta ahí, por debajo de esa cursilería del caudillo, que efectivamente siempre fue un elemento de su régimen que tiende a olvidarse, y que llega mejor porque huye de lo panfletario y recurre a otros caminos más sutiles y locos. Hay mucha influencia de La hora chanante y Muchachada Nui, y de hecho Peúbe dibuja a Franco como si fuera Carlos Areces caracterizado, pero también hay muchas situaciones negras que remiten a Monty Python y al propio carácter de los autores, por supuesto. Lo absurdo surge de un brainstorming loco que aunque presencié juro que no sé cómo pudo llegar a la conclusión de que Baltasar era el compañero de aventuras lógico de Franco, y lo negro está en la concreción de esa idea: los dos colegas protagonizan una especie de buddy movie en la que visitan el País Vasco, la Alemania nazi y el África natal de Baltasar. Chistes con ETA, con los campos de concentración y con negros, como si siguieran el manual de la incorrección política deliberadamente, pero metiéndonosla doblada por el enfoque, y por ese dibujo amable entre la escuela Bruguera y el cartoon moderno de Peúbe —creo que es su mejor trabajo—. Y porque realmente se percibe que no es tanto un intento por forzar eso tan rancio que son los límites del humor sino una forma de hablar de ciertos temas desde la libertad que da no haber luchado por la libertad.

O quizás esté equivocado por completo. Porque esa lucha vuelve a ser ahora totalmente necesaria. También en el campo del humor, donde esos márgenes que parecían ya abiertos vuelven a estrecharse. Incluso con su apariencia encantadora, la verdad es que dudo mucho que un medio profesional se atreviera a publicar un cómic en el que Franco visita a Hitler, que le sirve Fanta y luego lo lleva a visitar un campo de concentración donde hay muchos compatriotas suyos y Baltasar se tropieza con una carretilla llena de polvo y huesos. Por mucho que esté mezclado con chistes buenos, y chistes que de tan malos son buenos —el agur de fresa, por el amor de dios—, y por mucho que las últimas historias den una nueva vuelta de tuerca y sitúen a la pareja protagonista en situaciones propias del cine cómico americano: la doble cita con disfraces y la visita desfasada a Las Vegas. Es ahí, en la desubicación del icono franquista, donde el sinsentido se torna grotesco y Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios, queda reducido al monigote ridículo que, si España hubiera sido un país normal, siempre habría sido.


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