Quartznaut, de Álex Red.

quartznaut

Quartznaut de Álex Red es el último cómic publicado por Dehavilland, una joven editorial que está apostando por autores noveles con un perfil muy marcado: grafismo rupturista, narrativas alejadas de paradigmas clásicos y nexos muy claros con la ilustración contemporánea.

Álex Red —cuyo trabajo desconocía— cumple todo esto con una historia ambiciosa que mezcla elementos fantásticos que entroncan con el primitivismo cósmico norteamericano con esoterismos varios y ciertos toques de humor. Gráficamente, el órdago es considerable, y lo sorprendente es que sale totalmente airoso del brete en el que él mismo escoge meterse: cuatro niveles narrativos, cada uno con su paleta de colores y su estructura. Su estilo tiene ese toque cartoon tan engañoso de muchos autores actuales, de línea limpia y formas cerradas pero totalmente loco, sin reglas. Por momentos recuerda al desenfreno visual del José Domingo de Aventuras de un oficinista japonés, sobre todo porque en la línea principal, la protagonizada por la criatura amarilla gobernada por su propia mano, no hay apenas texto y la narración es eminentemente visual. Las páginas del Búho y el rábano del destino —tal cual— son más discretas, pero a mí me han gustado incluso más.

Semejante despliegue viene al caso porque Red arma una historia llena de cuestiones sin resolver, sin una estructura nítida. Las cuatro líneas narrativas suceden en diferentes planos de realidad, conectados entre sí a través de cristales de cuarzo, y hay dos personajes que viajan desde nuestro plano —o eso parece, pero nunca podemos estar seguros— a uno superior, donde se reproduce una batalla ancestral que se da a entender que es cíclica, y de cuyo resultado dependerá la existencia de todo este multiverso.

Sin embargo lo interesante de Quartznaut es dejarse llevar, vivirla como la aventura gráfica que es. De hecho si uno intenta racionalizar demasiado y entender todo caerá inevitablemente en los cabos sueltos y en los puntos débiles de este cómic, porque, en realidad, estructura (maravillosamente) loca aparte, la historia es una fantasía clásica de mal puro que se encarna periódicamente y que debe ser vencido por un héroe armado de un objeto mágico. Álex Red dota a este mito arquetípico de elementos novedosos por una vía cada vez más clara en la narrativa contemporánea: la de la distancia irónica, que sumada a su espectacular grafismo consigue una historia genuinamente posmoderna.

La línea que está siguiendo Dehavilland es interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que no se ha explotado mucho en España hasta la fecha. La novela gráfica ha tendido —generalizando mucho, por supuesto— a temáticas más costumbristas o históricas, y la principal influencia de muchos autores viene del independiente americano y sus seguidores; sin embargo hay otras tendencias, cada vez más plurales, especialmente en lo que se conoce como small press norteamericana y en editoriales como la británica Nobrow, que quizás sea el referente más claro de Dehavilland. En ambos casos hay un claro interés por recuperar la temática fantástica y, extirpándole los vicios de décadas de material de derribo publicado por inercia de mercado, dotarla de aire fresco, de un nuevo aspecto más brillante y acorde con la sensibilidad de nuestro tiempo. Las mismas historias de siempre contadas de una forma nueva: un mecanismo que opera en todas las artes a través de la historia y que en el cómic ha estado siempre frenado o interferido por su condición, durante buena parte de su existencia, de material infantil de consumo rápido. Pero mientras ciertos aficionados de toda la vida insisten en aferrarse a un concepto de lo artístico reaccionario y, en el fondo, muerto, el cómic contemporáneo se abre al fin al mundo y se inserta en el contexto de las artes de vanguardia. El cómic no es arte solamente cuando quien lo dibuja imita a Alex Raymond, sino que lo es SIEMPRE. Si eso no se entiende, si la definición de arte que se maneja en cierta crítica de cómic es una que lleva ciento cincuenta años desfasada en otros medios, es normal que determinadas personas no entiendan qué está pasando y se pongan apocalípticas.

Pero me estoy liando, y al fin y al cabo esto pretendía ser solamente una crítica de Quartznaut. Así que terminaré diciendo que hay que seguir a Álex Red, y que no es una obra rotunda pero sí un gran debut, cuya mayor virtud es su refrescante desparpajo, compartido con toda una generación de autores que ahora está empezando a irrumpir y que no ha crecido queriendo emular a los grandes maestros. Afortunadamente.

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