Solidaridad con El Papus, de VVAA.

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La semana pasada, con el impacto del atentado a Charlie Hebdo aún doliendo, me regalaron Los profesionales de la historieta, el humor y la ilustración en solidaridad con El Papus, publicado en 1977 tras el atentado que la Triple A perpetró contra la redacción de aquel semanario el 20 de septiembre. La bomba mató al portero del edificio, Juan Peñalver, pero si el plan del grupo ultraderechista hubiera salido bien habría explotado en la redacción, en las manos de Echarri, el director de El Papus, y habría matado a muchos —o a todos— los trabajadores de la revista. «La bomba del Papus» se ha mencionado mucho estos días a propósito del caso Charlie Hebdo, y es lógico que se comparen ambos atentados, aunque al historiador que hay en mí le salte la alarma anti-simplificaciones históricas, porque son casos muy diferentes. La ultraderecha de la Barcelona de 1977 no es el terrorismo islamista de 2015, la España de la transición no es la misma que la Francia en democracia. Pero aun así la comparación es pertinente si atiende a los hechos básicos: unos dibujantes publican algo que no gusta a unos criminales que pretenden matarlos por ello. Ya me explayé en su momento sobre los motivos por los que creo que cierta parte de la izquierda progresista recuerda y condena sin paliativos el caso Papus y echa el freno ahora con el caso Charlie Hebdo, así que no voy a entrar en ello. Lo que quiero es analizar algunas cuestiones que me he planteado tras la lectura del interesantísimo especial, tanto en su discurso como artísticamente.

La revista comienza, tras una portada de Carlo Frabetti y Carlos Giménez, con una declaración escrita a mano en la que se explica que los beneficios de la revista se entregarían a las víctimas del atentado y que al ser tantos los dibujantes implicados —«la profesión entera»— no puede listarse a todos. Sospecho que la velocidad con la que se montó el especial hizo bastante complicado coordinar todas las colaboraciones y reflejarlas en un índice. Quizás, aunque esto es especulación, el plazo tan estrecho impidió que aparecieran aún más nombres, y desde luego es el motivo de que la maqueta sea muy funcional, sin florituras. Las historietas, chistes gráficos y textos se suceden sin orden ni solución de continuidad, más allá, por supuesto, de hacer alusión al atentado.

La nómina de autores es impresionante, la verdad, al margen de lo bien que esté cada colaboración en concreto; sucedió como ha sucedido ahora, que la premura y el shock no siempre permiten sacar lo mejor de uno mismo. Es lo de menos en una cosa así. Lo que importa, creo, es estar, apoyar y ser sincero. De esta forma encontramos a algunos de los colaboradores del propio El Papus, como Alfonso, L’Avi, Ivá, Manel u Óscar Nebreda, dibujantes habituales de Por Favor como Nuria Pompeia, MartínMorales, El Périch, Romeu o Forges, veteranos como Cesc y Tísner… Sorprende encontrarse a un dibujante de tebeos infantiles de Bruguera como Franciso Ibáñez, o a varios de los dibujantes del incipente «boom» del cómic adulto español: Font —quien también colaboraría en El Papus—, Esteban Maroto, Josep María Beá y Luis García. Aunque la mayor sorpresa ha sido ver dibujos de Max y Gallardo, entonces tan sólo dos jovencitos que se movían en la efímera escena underground barcelonesa: faltaban casi dos años para que apareciera el primer número de El Víbora. Y por supuesto, hay un buen puñado de dibujantes que no consigo ubicar, incluso alguna historieta donde la firma es ilegible.

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Pero mi intención no es tanto localizar y comentar todas las aportaciones y a sus autores como observar qué caminos toman para abordar un hecho tan terrible, y cuáles son los discursos ideológicos imperantes. Hacer humor político no implica una militancia única, y de hecho en el humor gráfico de la transición se aprecia, a poco que se tome algo de distancia, una superposición muy rápida de diferentes discursos políticos o, más bien, actitudes hacia la política. Es muy revelador comprobar cómo la mayoría de los dibujantes que abandonaron La Codorniz para poder hacer un humor más arriesgado en Hermano Lobo acabaron muy pronto colaborando con medios de comunicación conservadores —Chumy Chúmez, Summers o Mingote, por ejemplo— en democracia. Muchos de los autores punteros de Por Favor, que fue una revista de izquierdas, pero de una izquierda integradora y pro transición pactada, también encontraron acomodo en medios de la izquierda moderada como El País. Es decir, que críticas al margen —ahí no dudaban—, su posición es integradora: sienten la transición como un proceso propio y en líneas generales esa democracia pactada les parece si no un fin a la lucha, sí un punto y aparte aceptable. Es ésa la generación que se desencantó, en palabras de Pedro Pérez del Solar, y aunque siguieron haciendo humor lo hicieron aceptando unas reglas democráticas y unas limitaciones propias del sistema emanado de la transición. Y luego estaban los ácratas. Estaba El Papus, digámoslo claro. Especialmente el núcleo duro, los admiradores de Charlie Hebdo y Hara-Kiri, Ivá y . Los que no compraron nunca el discurso oficial y no se adscribieron a ninguna tendencia de la izquierda institucionalizada durante la transición, y siguieron apuntando al poder, fuera cual fuera. O que pasaban de todo, como Óscar.

Todo esto se aprecia en la manera en que los diferentes dibujantes abordan un hecho tan traumático como el atentado de la ultraderecha contra unos compañeros. Ante eso, algunos escogen mandar un mensaje directo y simple de rechazo de la violencia y el terrorismo en abstracto, sin elaborar más discurso. En esas viñetas aparecen terroristas con indumentaria nazi —la esvástica era ya un símbolo universal de la opresión violenta— y hay una fuerte carga simbólica y casi propagandística, como es el caso de la estupenda página de Horacio Díez o de algunos otros chistes, como el de Raúl o el de Rioja.

También encontramos símbolos de la prensa y el dibujo que se oponen a la violencia terrorista y que son tan universales que incluso los hemos visto estos días en muchos de los homenajes a los muertos de Charlie Hebdo: dibujantes usando sus plumas y lápices como si fueran armas de fuego —Vallès— o sosteniéndolos frente a las balas —Rioja.

La ilustración de Maroto identifica a los asesinos con los fascistas del 36 y hace una llamada a valores universales: «libertad», «vida». Al 36 alude también Antonio Martín en su texto. Es ésta una visión que aborda el problema desde un punto de vista continuista: es el mismo conflicto entre derecha e izquierda, entre fascismo y pueblo. La transición se hace a pesar de los fascistas y no con los fascistas. Martín se refiere a Peñalver como «compañero Juan Peñalver» y alude a términos claramente marxistas, de lucha de clases: «monopolización de los medios de producción». En la misma línea sorprende encontrarse una exclamación como «¡¡¡BURGUESES ASESINOS!!!», obra de Ippolit.

Para entender todo esto hay que saber cómo se percibía la cuestión de la ultraderecha en la España de la transición. No era en ningún caso vista como un fenómeno nacido en la transición, anecdótico o independiente, sino más bien como la pervivencia más violenta del aparato franquista. Y por eso en cierto modo para los más críticos no dejaban de ser parte de lo mismo. No era del todo así, pero la realidad ofrecía bastantes evidencias para sospechar que había conexiones entre los cuerpos de seguridad e instancias políticas y estos grupos de tarados peligrosos. La ultraderecha legal e institucional, la Alianza Nacional de Blas Piñar, había sido derrotada sin paliativos en las primeras elecciones democráticas, celebradas en junio de 1977. No había obtenido ni un mísero escaño, lo cual no impedía que determinados grupúsculos como los Guerrilleros de Cristo Rey o la propia Triple A siguieran operando en una situación de semiclandestinidad. Aparecían en manifestaciones, cometían asesinatos, chanchulleaban con armas y explosivos… Y todo sin demasiada respuesta policial. De hecho, El Papus había denunciado en numerosas ocasiones no sólo las acciones de la ultraderecha —y sus amenazas directas a la redacción— sino también la pasividad de la policía y del ministro del interior Martín Villa, uno de los protagonistas políticos de la transición más atacado por las revistas satíricas, por su ambigüedad en esta cuestión pero también por su resposabilidad en las muertes producidas a manos de la propia policía en manifestaciones y en las cloacas de las comisarías.

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Teniendo esto en cuenta es más fácil entender por qué en tantos de los dibujos incluídos en este especial se relaciona a la clase alta, el poder político y económico, con los grupos de ultraderecha, que serían algo así como su brazo armado para mantener callados a los dibujantes y controlar a los que salieran del guión de la transición dictado por las élites. Sarto, por ejemplo, dibuja en un par de viñetas a un tipo al que nunca vemos la cara pero que identifica con «la Bolsa». El concepto de que detrás de los violentos hay individuos de clase alta vinculados al franquismo no es en absoluto un delirio de los dibujantes, por supuesto, y aparece también en un chiste de Elco, por ejemplo, aunque donde mejor aparece representada la idea es en un par de viñetas de Quintana y de Frabetti, en la que ambos emplean el mismo símbolo desde sus estilos gráficos, radicalmente diferentes: un tipo de clase alta que maneja como una marioneta al que lanza la bomba. En el caso del dibujo de Frabetti, la idea es aún más comprometida porque hay otra marioneta que representa a la policía. Otros van más allá y vinculan a los tres poderes tradicionales del franquismo, capital, ejército e iglesia, con el atentado, por ejemplo en el caso de Bolinaga.

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La figura de Martín Villa también se pone en la picota aquí, con rabia y contundencia. Muchos dibujantes le hacían responsable más o menos directo de lo sucedido, e incluso se pide directamente su dimisión —El Bravo o Sir Cámara—. Manel imagina cómo el espíritu de Peñalver posee a Martín Villa y lo obliga a revelar quién está detrás de los incontrolados; es decir, que está convencido de que lo sabe perfectamente y los protege. Una de las historietas más bestias es de Galileo: Martín Villa recibe un paquete «Con los saludos de El Papus» que emite un sospechoso tic-tac… pero que sólo oculta a la mascota de la revista con un resorte de muelle y un cartelito de «Dimisión». Es un mensaje claro: las armas de El Papus son exclusivamente la irreverencia y el humor, por salvaje que éste sea y por letal que pueda ser para Martín Villa, al que le da un soponcio.

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Por lo demás, aunque el ministro del interior es el más atacado, hay espacio para apuntar a Adolfo Suárez —aunque nunca de forma tan visceral como a Martín Villa— en viñetas de Alsana o Bach. Tex —uno de los más ácratas de la época— incluso dibuja a los cuatro líderes principales de la transición bajo un paquete bomba que cae sobre ellos: Suárez, Fraga, Carrillo y González.

Me han resultado muy interesantes las colaboraciones de las autoras Nuria Pompeia y Montse Clavé porque, sorprendentemente, a pesar del calor del momento van más allá del terrorismo y del atentado concreto para denunciar una violencia más profunda, sistémica. Sin duda es la perspectiva feminista la que las hace identificar la opresión de la familia, el estado y el capital en una misma cosa, y, en el caso de Clavé, la violencia cotidiana con la «violencia límite». Pompeia se centra en el miedo como herramienta de control que nos acompaña toda la vida.

La página de Alfonso Font, muy discursiva —aparece él mismo enunciando sus ideas— resulta significativa por el número de conceptos que incluye y porque se desmarca, en cierta medida, del imperante en este álbum. Critica para empezar a los que callan o son tibios con los terroristas pero señalan que «Los del Papus se han pasao»: una actitud que hemos visto repetirse, tristemente, en el caso de Charlie Hebdo. Me ha sorprendido sobre todo que identifique a la ultraderecha con ciertas acciones nacionalistas en Barcelona, aunque, bien mirado, el movimiento obrero con el que simpatiza Font es internacionalista y contrario a los nacionalismos excluyentes. Por último, como decía se aleja de la línea destructiva del álbum y de El Papus al marcar una distancia clara entre la ultraderecha violenta junto a quienes están detrás financiándolas y el resto de fuerzas políticas —aunque sean de derechas— y las instituciones de la nueva democracia: para Font, al contrario que para muchos otros dibujantes, no son lo mismo. Incluso pone en el mismo bando a la democracia, la monarquía y el ejército, en esa vía integradora y favorable a la transición pactada que mencionaba antes.

Habría mucho más que comentar, pero tampoco es mi intención hacer un análisis exhaustivo, como decía al principio. Sólo he dejado para el final, conscientemente, a Ivá, que es seguramente mi dibujante humorístico favorito de todos los tiempos. No sólo porque era gracioso como él solo, y un dibujante extraordinariamente expresivo, sino sobre todo por su compromiso radical y salvaje, por su cinismo —y su humanismo—, por la manera en que veía venir las cosas y nunca le vendían la burra. En esta ocasión, la papeleta era muy difícil, porque le tocaba de muy cerca y había mucho que decir. ¿Qué camino tomó? Uno muy parecido al de los autores de la Charlie Hebdo cuando fueron amenazados, y consecuente con la línea que había seguido el propio El Papus cuando recibían visitas de gañanes de la ultraderecha que ponían pistolas sobre la mesa de Echarri: tocarles los cojones aún más. Ivá dibuja la vida de un militante de la Triple A que nace sietemesino y retrasado y acaba poniendo la bomba en El Papus. Es una historieta simplemente inconcebible hoy en día por todas las burradas que acumula con la intención de atacar aún más a los fachas, dándoles en todo lo que les duele: las alusiones a la homosexualidad del interfecto deben interpretarse así y no como homofobia por parte de Ivá, quien, a pesar de usar muchos clichés, desde su humor destructivo siempre tuvo una especial sensibilidad hacia los problemas del colectivo.

Leído hoy, este especial de apoyo a El Papus es el grito rabioso de una profesión, de un colectivo que ante la masacre reaccionó con valentía, redoblando la ofensa. No hay demasiadas lágrimas ni homenajes simbólicos neutros, y sí mucho ataque directo, no sólo a los ultraderechistas, sino también a los políticos que por acción u omisión habían sido copartícipes no sólo de ese atentado concreto, sino de todas las acciones de la ultraderecha. Hoy tal vez se habría afeado el gesto de este grupo de dibujantes diciendo que no es «lo que tocaba», que no era el momento de pedir la dimisión de Martín Villa o de recordar la guerra civil. Entonces no es que hubiera menos grises, pero sí quizás menos remilgos, menos síndrome de Estocolmo por parte de la izquierda obrera. En cualquier caso de lo que no hay duda es de que este especial es un hito histórico de la historieta y el humor gráfico españoles.

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