Sólo para gigantes y Sudd, de Gabi Martínez y Tyto Alba.

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Sólo para gigantes, de Gabi Martínez y Tyto Alba, era una lectura pendiente que tenía desde su aparición en 2012. De Alba he leído recientemente la interesante La casa azul (Astiberri, 2014) y El hijo (Glénat, 2009), con guión de Mario Torrecillas. Creo que es un dibujante extraordinario, el que mejor ha asimilado la tradición de la nouvelle BD en España, y que además no para de evolucionar. Y su color es de los mejores que puedo recordar ahora mismo. Puede que no tenga aún una obra maestra incontestable, no ha hecho su Los surcos del azar o su Beowulf, pero en pocos años ha acumulado un puñado de obras notables. Quizá nunca llegue a hacer esa obra maestra, quién sabe, pero no a todos los autores les hace falta hacerla. De momento, en colaboración o en solitario, está contando historias interesantísimas, que es de lo que se trata.

Sólo para gigantes está basada en una novela homónima de Gabi Martínez, quien aparece acreditado como coautor a pesar de que la adaptación al cómic corrió a cargo de Alba, sin que Martínez escribiera un guión específico. Me parece bien que el novelista aparezca —lo digo por si acaso se malinterpreta—, pero lo comento porque me parece importante para entender cómo trabaja Tyto Alba y cómo se lleva el material a su terreno para hacer de él una obra personal sin que deje de ser una adaptación. La novela gráfica recorre la vida de Jordi Magraner, un zóologo español que pasó media vida entre Paquistán y Afganistán buscando al yeti e involucrándose en la política de la zona del Hindu Kush. El relato es apasionante porque parece una novela de aventuras, pero además el personaje de Jordi, lleno de aristas y puntos oscuros, se revela fascinante en sus excesos y sus contradicciones. Como muchos hombres y mujeres notables, su carácter le procuró enemigos y amigos por igual, y su tendencia al extremismo lo convirtió en un personaje polémico y, en última instancia, le deparó la muerte.

El dibujo está dotado de una fuerza expresiva incontestable. Tyto Alba trabaja a menudo directamente a tinta, y procura que su trazo sea tan espontáneo como sea posible. A veces aplica primero el color y luego traza líneas bastas y furiosas sobre él. Se maneja con registros muy diferentes, a la manera de Joann Sfar, que parece su gran referente, pero mantiene cierta dureza en los rasgos faciales y en las figuras que lo aleja al mismo tiempo de él, siempre más blando y amable con sus personajes. Alba brilla especialmente en los paisajes naturales, pintados más que dibujados. Sus acuarelas aplican colores no naturalistas que evocan emociones y estados de ánimo. En esto recuerda a Sfar, de nuevo, aunque aquí hay que tener siempre la precaución de pensar si no será que Alba maneja las mismas influencias de las vanguardias pictóricas que tanto interesan al autor francés. Sea como sea, el resultado es magnífico.

No voy a extenderme en los detalles de los acontecimientos que se cuentan; sólo añadiré que hay algo muy poético en la manera en la que el yeti se convierte en el macguffin de la historia y, por extensión, de la propia vida de Magraner, que nunca dejó oficialmente de buscarlo pero que se volcó en realidad en la cultura kalash y en su defensa frente a los talibanes. Buscando una criatura mítica acabó inmerso en la realidad humana más dura. Y, al final, toda búsqueda quimérica es en realidad una búsqueda interior.

Al cómic se le nota en varios momentos su origen literario en la abundancia de texto; en algunos puntos hasta directamente se ofrecen páginas de prosa para explicar información. Salvo en algún momento muy concreto, esto no supone un problema porque la narración es bastante absorbente y el interés del lector nunca se le escapa de las manos.

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Poco después de Sólo para gigantes leo Sudd (Glénat, 2011), la primera colaboración entre Martínez y Alba, con la misma dinámica: adaptación de la novela del primero a cargo del segundo, con comunicación entre ambos durante el proceso. Sudd es una historia más breve, en cuanto a páginas y extensión temporal, y menos compleja. Cuenta un viaje en barco por el Nilo a la altura de Sudán, para celebrar la paz en el país, que se tuerce y acaba siendo una aventura bastante oscura. Especialmente porque incide en lo interior; no hay demasiadas peripecias, sino que todo sucede en ese microuniverso que se crea en el barco, que reproduce las viciadas dinámicas sociales y políticas, los juegos de poder y las rencillas personales, y donde toda la oscuridad del ser humano se concentra y se adueña del espacio público.

En Sudd Alba está menos contenido, más excesivo que en Sólo para gigantes. Varía más de estilo y ofrece páginas más rompedoras, en las que el ambiente del pantano donde el barco queda atrapado se convierte en un infierno expresionista. A su manera funciona igual de bien aunque los dos años que separan ambos cómics también se notan; Alba mejora obra tras obra.

Decía que Sudd es un guión menos complejo, porque aunque hay que atender a muchos personajes, en el fondo es lineal. Tiene menos densidad que Sólo para gigantes y menos textos, pero, a pesar de eso, la sensación que provoca sí es más pesada. Satura en varios puntos y muchos de los textos se leen con cierto hastío, quizás también por la tipografía y la manera en la que, en contadas ocasiones, se reduce su tamaño para encajarla en el bocadillo. ¿Por qué sucede esto?

En mi opinión, aunque Sólo para gigantes sea a priori más textual —que no más literario, al menos no en la idea que tengo yo de un cómic literario— el conjunto funciona mejor porque el tipo de narración está pidiendo ese tipo de densidad. Al mezclar el relato de la vida de Jordi con la investigación que Gabi Martínez realizó sobre su vida, con todo lo que eso conlleva respecto a narrador en tercera persona casi constante, multiplicidad de voces de testigos y demás, el texto se convierte en una herramienta imprescindible para acercarse a la compleja red de personajes, viajes y acontecimientos de la vida del protagonista. Es un cómic histórico, y la historia necesita la palabra. Por el contrario, Sudd, pese a que técnicamente cuente una historia, está mucho más centrada en lo introspectivo, en lo psicológico. Es un cómic emocional. Y en ese terreno el texto se hace rápidamente más superfluo porque determinadas cuestiones no se pueden transmitir a través de largas secuencias de diálogo; tiene que haber algo más. Los personajes tienen que hacer además de decir. Es el espacio en el que el dibujo debería desarrollar su poder simbólico para mostrar aquello que no puede expresar la palabra. O expresar de manera gráfica lo que sí puede verbalizarse, como camino para dotar de sentido a esta adaptación. En algunas secuencias los diálogos son demasiado extensos y al final uno no sabe muy bien a dónde van; hay cierta sensación de deriva que acaba provocando desinterés por los personajes, y eso es un problema porque es una obra centrada en ellos, o más concretamente en su caída moral. Pero no nos importan lo suficiente, porque, en lugar de buscar la implicación emocional a través de otros recursos, se opta la mayor parte de las veces por la exposición verbal de los conflictos, bien en diálogo, bien en monólogo del traductor protagonista. Que al final de la lectura de Sudd lo que más recuerde sean imágenes me parece muy significativo. Sudd tiene menos texto que Sólo para gigantes, pero por su naturaleza tiene demasiado texto, sobra más que en la obra más reciente. Parece una paradoja pero en el fondo tiene sentido; no podemos aplicar una sola vara de medir cuando criticamos obras culturales. Cada una tiene su objetivo y sus técnicas, y aplicar fórmulas científicas de forma indiscriminada nos aleja más que nos acerca a sus claves, en mi opinión.

Con todo esto no quiero decir que Sudd no sea una buena obra o que carezca de interés: tiene grandes momentos y Alba dibuja de muerte. Pero Sólo para gigantes es más redonda y lograda en su conjunto. En todo caso ambas demuestran, como lo hacen las otras obras de Tyto Alba, que es uno de los llamados a ser grandes de su generación.

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