Capitán América: el soldado de invierno y Iron Man 3.

En los últimos días he recuperado un par de películas de Marvel Studios, por ir abriendo boca antes de la segunda parte de Los Vengadores. No soy de estar meses dando saltos esperando los estrenos —de hecho las películas suelo verlas mucho después—, y que, en general, no me vuelven loco —Los Vengadores sí me gustó bastante, ojo—, pero en esta ocasión las dos películas me han sugerido cosas interesantes que quiero comentar.

Se trata de Capitán América: el soldado de invierno, dirigida por  Anthony y Joe Russo, y Iron Man 3, dirigida por Shane Black. La primera me ha divertido mucho y la segunda no tanto, pero ambas comparten algo que considero esencial: tratan temas de nuestro tiempo, relevantes en la sociedad de hoy en día. Es algo que siempre ha acompañado a los buenos cómics de superhéroes, hasta que en algún momento de los 90 éstos se perdieran en su propia historia y dejaran de mirar hacia afuera para mirarse el ombligo. En el momento que fue más importante arreglar la continuidad que reflejar la realidad algo se perdió; aunque es justo decir que durante los últimos años se ha recuperado eso, al menos dentro de Marvel. Lo cual, aclaro, no tiene nada que ver con la calidad de los cómics, o en cualquier caso no es un factor definitivo.

En Capitán América: el soldado de invierno el tema central es la elección entre seguridad y libertad. Es una cuestión que siempre ha existido, por supuesto, pero tras el 11-S se ha convertido, quizás, en la gran decisión de nuestra época, hasta el punto de marcar la agenda de los gobiernos de EE. UU. La manera en la que se expone no es excesivamente compleja, pero sí es la justa para que no sienta uno que lo toman por idiota. Es la adecuada para una película de acción y no se come la trama con diálogos expositivos, como sucedía en el tercer Batman de Nolan. Y desde luego pienso que acierta de pleno al situar al Capitán América en el bando de la libertad. Para él nada justifica recortar los derechos de los ciudadanos. Es lo que el Capitán América debería ser siempre, y no la imagen distorsionada que algunos tiene de él: no es un boy-scout, sabe que hay que luchar y emplar la violencia, pero siempre tiene claro que representa unos ideales antes que un gobierno o una política concreta. No es el facha chulangas de The Ultimates ni un capullo ingenuo, sino el defensor de los derechos civiles que escribían Englehart, Stern o Gruenwald.

En Iron Man 3 el aparente villano es un terrorista árabe, el Mandarín. Sin embargo en determinado momento se descubre que todo es una farsa, de manera que se ponen sobre la mesa dos temas: el simulacro a través de los mass media como método para generar —y controlar— el miedo en la población, y el hecho, por otro lado, de que el verdadero peligro es interior: un pringao que cumple el sueño americano y se convierte en un exitoso hombre de negocios al frente de IMA y que monta la mundial para vengarse de Stark. Los temas no son tan centrales como en la película del Capitán América, sino que todo está mucho más centrado en la historia personal de Stark, pero son parte del trasfondo. La puesta en escena del Mandarín, literalmente teatral, recuerda a la de los vídeos de Al Qaeda o a los de los escalofriantes vídeos de ISIS, que los medios occidentales, por cierto, no tienen ninguna duda ética en difundir.

Luego cada una de las películas funciona a su manera. La protagonizada por el Capitán América tiene un ritmo impecable y combina acción, drama personal y humor con mucha chispa. Y sobre todo, como en Los Vengadores, al verla me creo completamente a los superhéroes de carne y hueso. En este caso era además complicado porque tanto él como el Halcón y la Viuda Negra, coprotagonistas, son humanos casi normales, sin poderes extraordinarios. Pero las flipadas que hacen funcionan, porque se mide bien el uso de los efectos especiales y los muñecos de CGI, pero también porque existe la convicción de que puede hacerse. La forma de luchar y de lanzar el escudo del Capitán es puramente de tebeo, no guarda ningún tipo de lógica física ni pretendió nunca ser verosímil. Sin embargo escenas como la lucha contra el vehículo volador que intenta impedir la huida del Capitán demuestran que puede hacerse algo más que digno.

En Iron Man 3 la acción también está bien rodada y representada, pero las elecciones sobre cómo funcionan las armaduras de Iron Man llevan a que ésta sea un poco aburrida. No me gusta nada la manera en que funcionan sin piloto, se rompen en partes, se caen a cachos cuando golpean al portador, ni me gusta, sobre todo, la forma en la que Stark cambia de armadura en medio de la pelea o sale de ellas para huir de un golpe, sólo para que otra lo recoja y se le enganche en plena caída. Diría que hasta me puso algo nervioso, la verdad. Pero, de todas maneras, la armadura y las peleas de superhéroes tienen aquí mucha menos importancia. Iron Man 3 quiere ser sobre todo una película sobre Tony Stark, un Tony Stark en su peor momento, en shock tras estar a punto de morir en Los Vengadores. Es, y por eso creo que no me ha interesado demasiado, otra vez la historia del camino del héroe, con ligeros cambios. Tony tiene que pasar su propio calvario, desprovisto de sus atributos y expulsado de su hogar. Tiene que volver a creer en sí mismo y reconstruirse para poder enfrentar y vencer a su enemigo. Admito que tiene su coña que aquí el adyuvante mágico sea un niño superdotado, pero al final todo es tremendamente previsible, incluyendo la no muerte de Pepper, y la resolución final demasiado apresurada. El cambio de sentido de la frase que pronunció al final de la primera película, «Yo soy Iron Man» pierde fuerza al tener claro que, dado que hay una segunda película de los Vengadores, la renuncia de Stark a la armadura será sólo temporal.

Más allá de que la primera me gustara y la segunda no, hay otra cosa que me parece destacable de ellas, y en general de todas las películas de Marvel Studios: la manera en la que han asimilado el concepto de continuidad de los cómics. No era fácil, porque en los cómics el ritmo de publicación permite mucho margen. Cuando tienes que ofrecer una aventura cada mes no hace falta que todas ellas sean significativas para la biografía del protagonista, no hace falta cambiar nada, puede ser una aventura rutinaria más, la dosis de acción pertinente. Pero cuando lo que ofreces es un largometraje de dos horas y pico cada dos o tres años, no puedes permitirte que sea una aventura más. Iron Man 2 me dejó esa sensación de relleno, pero esono sucede con la tercera entrega, al margen de su calidad. La manera en la que se alude al resto de películas en cada una también es muy inteligente: no se pierde al espectador pero da la sensación de cohesión. Hasta parece, en momentos como el flashback en el que Tony revive el final de Los Vengadores, que estamos viendo una de esas viñetas con una llamada al pie que remite a un número anterior. El problema es que está continuidad concentrada y en miniatura tiene fecha de caducidad, porque los actores y actrices, al contrario que los dibujos, envejecen o simplemente deciden dejar de trabajar en la franquicia. Y escoger a intérpretes conocidos hace complicado que se les cambie sin reiniciar la historia, pero reiniciar la historia una y otra vez —como está pasando con Spider-Man— resta interés.

En cualquier caso, echando un vistazo a cómo están ahora las cosas, me resulta evidente que el foco de interés, la zona cero del género de los superhéroes, se ha trasladado definitivamente al cine. No sólo porque es, para el gran público, su hábitat natural —los tebeos no aumentan las ventas de forma significativa con cada película—, sino porque gran parte de los aficionados a los cómics se muestran claramente más interesados en los estrenos cinematográficos y en los movimientos previos.

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