Orgullo y Satisfacción 8, de VVAA.

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El dossier del número de abril de Orgullo y satisfacción es aunque no lo parezca el más osado y el que más marca la distancia con los medios tradicionales de los que han publicado hasta ahora. Tal vez si no se conocen los entresijos de esto parezca a priori menos peliagudo hablar de «Grandes marcas» que de políticos, religión o monarquía, pero, en realidad, muchos humoristas gráficos aseguran que los mayores problemas de censura con su trabajo que han tenido tiene que ver con marcas comerciales poderosas. ¿Por qué? Bueno, en dos palabras: la publicidad. Todo medio de comunicación tradicional se mantiene gracias a la inyección de pasta que meten los anunciantes, entre ellos, por cierto, la publicidad institucional, que los gobiernos emplean como moneda de cambio. No es censura legal, es algo mucho más sutil y perverso: usted tiene libertad para hacer un chiste de mi cadena de tiendas, por supuesto, o para contar los chanchullos del presidente ejecutivo, pero yo también soy libre de cerrar el grifo de los anuncios, y entonces a ver qué pasa. La crisis ha endurecido todavía más esto, porque los medios ya apenas tienen margen de maniobra, y así, se ven obligados a contar los desahucios como si fueran fruto de una especie de banco astral, etéreo, sin nombre, o a guardar silencio sepulcral sobre determinadas sentencias judiciales que afectan a poderosas empresas.

Por eso esperaba con muchas ganas el momento en el que OyS decidiera meterse en este jardín, que sabía que tenía que llegar tarde o temprano, porque OyS nació para meterse en jardines, por supuesto. El resultado es fantástico, uno de los mejores números hasta ahora. No sé si se ha hecho esperar porque estaban encontrando el momento y documentándose, pero se notan las ganas de los autores de ajustar cuentas después de años trabajando en medios en los que les han tocado las narices con chuminadas, por si acaso el señor Telefónica se enfada.

Ya el editorial trata el tema y es muy divertido, especialmente el personaje de Guillermo, pero el dossier en sí está lleno de información y es interesantísimo. Monteys se ocupa de una primera página necesaria precisamente para que los lectores entiendan la razón de ser del dossier, y además le mete mano al caso de la fábrica de Coca-Cola cerrada en Fuenlabrada y las arteras artimañas para desobeceder las sentencias judiciales. Informado y con la gracia de siempre, es una de las mejores historietas de este número. Manel Fontdevila, en otro tono, se ceba con las siniestras prácticas laborales de El Corte Inglés —si conocéis a alguien que tenga la suerte de currar en uno, sabréis que casi se queda corto—. Guillermo y Luis Bustos completan el póker del dossier encargándose del Banco Santander / Emilio Botín y Zara / Amancio Ortega respectivamente. Los cuatro levantan bastantes ampollas. También hay un buen texto de Isaac Rosa sobre El Corte Inglés de nuevo, una historieta sobre Mercadona de Mel, y algunos chistes de una página, entre ellos uno muy meta con RBA de Bustos, antológico.

¿Y el resto del número? Pues continúan las series en marcha con entregas de «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio» —muy buena—, «El show de Albert Monteys», el maravilloso caos de las series de Paco Alcázar, y el «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual, que pienso que a estas alturas ya podemos decir que es de lo mejor que ha hecho el autor. Las aportaciones de Alberto González Vázqquez, especialmente las que protagoniza Ferrá Adriá, son divertidísimas, y además demuestran que no necesita ser cafre para hacer gracia. Fontdevila le mete una colleja a Pablo Iglesias que me gusta no sólo por aquello de repartir a todos, sino sobre todo porque demuestra que el humor necesita no ser complaciente con su público. La colaboración de Lalo Kubala es especial porque trata de sus vacaciones en Túnez, que coincidieron con el atentado reciente.

Quiero destacar la historieta de Morán y Triz, porque normalmente se queda en un segundo plano. En esta ocasión me ha parecido fantástica y muy sagaz al desarrollar a dónde nos puede llevar la afición del gobierno de cambiar el nombre a las cosas —ya sabéis, «investigado» por «imputado»—. Me parece inteligentísima la manera en la que acaban cuestionando cómo las palabras importan y dan forma a la realidad, sin salirse nunca del gag de Mariano y Soraya.

En fin, que OyS sigue muy en forma, afinando cada vez más y sin perder de vista nunca su razón de ser. Y haciendo historia del cómic español, vamos a decirlo claro.

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