¡Milagro!

Cada cierto tiempo nos toca aguantar el toque de una trompeta apocalíptica anunciando el fin del mundo del cómic. Es así desde hace años, lo sé, pero a veces la cosa es demasiado delirante. El último en tañer la trompeta ha sido un clásico: Ramón de España, en esta columna de El periódico, donde colabora regularmente. Sinceramente, cansa ya la actitud reaccionaria de determinados expertos en cómic que viven anclados en el cualquier tiempo pasado fue mejor permanente. En esta columna, de España, con la excusa de escribir una crónica (¿?) del Saló del Cómic de Barcelona, exhibe el mismo desprecio hacia los cómics que no se ajusten a su estrecha visión de lo que los cómics deben ser que mostraba ya en los ochenta, y que exhibía Cairo en sus editoriales sin pudor alguno. Por supuesto, no pierde la oportunidad de lanzar el dardo a los cómics con temática social: «la vejez, la enfermedad, la guerra civil, la violencia de género». Una cosa lleva a la otra y se pone inevitablemente nostálgico, y recuerda los tiempos dorados del boom del cómic adulto, cuando se hacían tebeos de verdad, que son los que le gustan a él. Y por supuesto, tampoco se resiste a ejercer el paternalismo cultural más clasista al afearle el gusto a la masa, que, claro, no sabe lo que es bueno y sólo consume «lo más primario y chabacano». Un crítico cultural empleando la palabra chabacano en 2015, sí. Porque lo bueno es lo que le gusta a él, y lo que, qué casualidad, hacían él y sus colegas en la revista que ya entonces llevaba un rollo de buen gusto bastante snob. Pero, claro, el público no lo supo apreciar. Ellos lo intentaron, pero es que así no se puede. Él, que con otro público podría haber sido «René Goscinny o Jean-Michel Charlier», piensa que ya no hay nada que hacer.

Resulta agotador leer este tipo de textos donde se trasluce el resentimiento de quien fracasó —lamentablemente— en el intento de generar una industria sólida en España, y ahora, sencillamante, no quiere admitir que otros puedan triunfar desde unos postulados diferentes a los propios. El desprecio a lo nuevo, sumado a una falta de autocrítica evidente, es lo que conduce a esa visión apocalíptica que está falta de cifras informadas. En algunas firmas, la verdad, esta insistencia en lo mal que está todo parece ya algo personal: necesitan que no haya remedio en el sector para justificar su propio fracaso.

Pero, en realidad, esto es lo de menos. Es su opinión, y es libre de expresarla; Ramón de España puede en efecto creer que todo lo que se vende mucho es chabacano, que Cairo fracasó porque el público no tenía ni idea, o que todo lo que se hace ahora es pobre comparado con aquello. Allá él. Lo que me parece reprobable, y ante lo que creo que no podemos simplemente callar, es la desinformación de la que hace gala y que difunde en una tribuna pública, no sé con qué intención. No quiero ahora entrar en el debate de si el sector del cómic está mal, bien o regular, de si las cosas son mejorables —¡evidentemente lo son!—, si estamos estancados o no. Argumentos para ejercer la crítica responsable sobre la industria del cómic en España los hay, qué duda cabe. Tantos, que no entiendo la necesidad de recurrir a exageraciones y mentiras como las de este artículo. Simplemente a ésas quiero referirme:

Todos sabemos que el mundo del cómic español es una ruina en la que el creador independiente pasa hambre, a no ser que aborde algún tema de interés social -la vejez, la enfermedad, la guerra civil, la violencia de género….-, y a menudo ni así.

El concepto «pasar hambre» es tan ambiguo e hiperbólico que no merece la pena rebatirlo. Pero, desde luego, no es justo generalizar tanto. Hay muchos y muchas dibujantes de cómic españoles que se están empezando a ganar la vida trabajando aquí. Podemos negar la realidad y seguir insistiendo en que «Paco Roca sólo hay uno» o podemos preguntar a los propios autores. Muchos de los más exitosos del momento, por cierto, hacen humor. Nada de vejez, enfermedad ni guerra civil. Por si acaso: sé que muchos, la mayoría, aún no pueden vivir exclusivamente de sus tebeos. Pero no todos están en esa situación.

Todos sabemos que vender 300 ejemplares de algo digno es una hazaña y llegar a los 1000, un milagro.

No conozco ningún editor que no sea autoeditor que esté contento de vender solamente trescientos ejemplares —que rara vez daría, simplemente, para recuperar la inversión—, pero como de España habla de «algo digno», ahí está su coartada: a saber qué considera digno él. En todo caso, unos cuantos «milagros» de los dos últimos años que sepamos que han sobrepasado esa cifra de mil ejemplares, sin pensar demasiado ni buscar en internet: Croqueta y Empanadilla de Ana Oncina, Cooltureta de Moderna de Pueblo, Crisis (de ansiedad) de Juanjo Saez, No os indignéis tanto de Manel Fontdevila, Diario de una volátil de Agustina Guerrero, Las meninas de Santiago García y Javier Olivares, Beowulf de Santiago García y David Rubín, Los surcos del azar de Paco Roca, He visto ballenas de Javier de Isusi, Mox Nox de Joan Cornellà, Ranciofacts de Pedro Vera.

Todos sabemos que las editoriales independientes caen como moscas y que las que sobreviven lo hacen gracias a una estructura mínima carente de empleados y, a veces, hasta de oficinas.

La segunda  aseveración es cierta en parte; hay editoriales cuyas oficinas son la residencia del editor, efectivamente. Pero en cuanto a la primera afirmación, de verdad, por más que lo medito, no sé dónde están todas esas editoriales «independientes» que caen «como moscas». En los últimos meses, de hecho, han aparecido varias: Tyrannosaurus Books o Grafito Editorial. Puede que se refiera a Glénat, pero no creo que podamos considerarla «independiente» en el sentido que parece darle Ramón de España al término.

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4 thoughts on “¡Milagro!

  1. Estoy totalmete de acuerdo contigo Gerardo, sobretodo con ‘necesitan que no haya remedio en el sector para justificar su propio fracaso’. Parece (el suyo) un articulo escrito por alguien enfadado o decepcionado consigo mismo. Un saludo!

  2. A mí el artículo lo que me da es grima de ver como el hombre sigue viviendo en 1986 y lamentándose del desplome de las revistas…

  3. Yo le invitaría a comprar, por ejemplo, una de las cajas de Autsaider Cómics, una de esas editoriales que caen como moscas. Todas agotadas con 500 unidades. Y hablar de Paco Roca de forma indirecta como si fuera que su éxito se debe a que hace una temática comercial es de lo más ventajista. Antes de Arrugas nadie podía pensar que un cómic sobre la vejez y el alzheimer iba a ser un pelotazo. Ahora según él es obvio.
    Y que lo que más vende es lo más chungo? Eso es opinable. Puede ser que a él lo más chungo le parezca Maus, Arrugas o Persépolis pero que no diga que ‘todos lo sabíamos’.

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