Fanzines de vanguardia.

Estos días estoy revisando algunos capítulos de La novela gráfica de Santiago García, y leyendo sus capítulos finales me he topado de frente con una cuestión sobre la que estaba pensando escribir. Cito a García: «Hasta el momento, los autores españoles parecen concentrados en descubrir nuevos campos temáticos —la memoria personal o histórica, la biografía—, relegando la experimentación formal a una función secundaria» (p. 264). Pienso que eso era cierto, y está relacionado con otro punto que trata ampliamente el mismo autor: la cuestión de la densidad en la novela gráfica. Durante sus primeros años, convivió con la necesidad de posicionarse en el contexto de las artes narrativas, de reivindicarse como un medio que podía ser tan importante como el cine o la literatura. El resultado de esa corriente suele ser una obra, efectivamente, densa, con mucha información, con una historia compleja y temas relevantes. Por supuesto eso nunca —o casi nunca— significó que lo gráfico no importe, al contrario: pienso que Maus, epítome de esta tendencia, bien puede ser el cómic mejor dibujado de la historia. Pero es cierto que la vanguardia gráfica, la experimentación extrema, no era el principal objetivo de Spiegelman en Maus, como tampoco lo era para Marjane Satrapi o Joe Sacco.

En el caso español además influye el hecho de que el movimiento llegó más tarde, al menos en lo que respecta a la repercusión comercial. Porque aunque ya durante finales de los noventa teníamos un Nosotros somos los muertos, lo cierto es que Maus llegó como libro muy tarde, en 2001. La vida es buena si no te rindes de Seth no se recopiló hasta 2004, año en el que también aparecieron dos cómics en formato libro muy importantes para la novela gráfica española, creo: Píldoras azules de Frederick Peeters y Blankets de Craig Thompson. Éste último, además, supuso la prueba de que el mercado español ya estaba preparado para absorber novelones gráficos de más de seiscientas páginas. Por el contrario, la vertiente más experimental del cómic de autor, desde los ochenta, permaneció hasta cierto punto inaccesible para el lector español. Gary Panter, por ejemplo, es un gran desconocido aquí.

Y quizás debido a todo eso la novela gráfica española se haya centrado en ofrecer grandes historias. De nuevo, no es que en las obras españolas que podemos adscribir a esta tendencia en los últimos años no tengan en cuenta lo gráfico. No es así ni en El arte de volar (Altarriba y Kim, 2009), ni en Una posibilidad entre mil (Durán y Giner, 2009), ni en Los surcos del azar (Paco Roca, 2013), pero en todas ellas el guión tiene un peso específico y el tema es central. García escribió que la corriente más vanguardista y experimental era marginal y citaba casos aislados como Felipe Almendros, Leandro Alzate y Juanjo Sáez.

Pero la buena noticia y el motivo de que esté escribiendo este texto es que, una vez superada la necesidad de posicionarse y reivindicar la validez el medio, cinco años después de que Santiago García escribiera La novela gráfica, las cosas parecen haber cambiado mucho. Y esa corriente vanguardista, que no enfatiza el componente narrativo y busca el valor diferencial, aquello que define al cómic como lenguaje, se ha desarrollado muy rápidamente en España. Se debe a muchos factores, claro: la difusión de autores extranjeros, la aparición de editoriales dispuestas a apostar por la experimentación como Fulgencio Pimentel, Apa-Apa, o más recientemente sellos de autoedición como Ediciones Valientes y Fosfatina… pero sobre todo la toma de conciencia de una generación que no ha vivido el proceso de reconversión y reciclaje que definió la anterior. No han sido dibujantes que dieran sus primeros pasos en un contexto industrial, ni siquiera, en su mayoría, soñaron nunca con hacerlo. Han partido de la expresión personal. No se preguntan si el cómic es un arte. Y en estos cinco años ese Juanjo Sáez que mencionaba García ha obtenido el éxito comercial, pero más allá de eso, que bien podría considerarse anecdótico, han publicado cómics Gabriel Corbera, José JaJaJa, Nacho García, Ana Galvañ, Clara Tanit, Sergi Puyol o Irkus M. Zeberio. Algunos autores de generaciones anteriores han vuelto a la palestra con obras con vocación experimental, como es el caso de Micharmut —que siempre la tuvo—, o Pep Pérez. Otros, con propuestas quizás a medio camino, pero con un componente experimental fundamental, han alcanzado cierta repercusión, como puede ser el caso de José Domingo, Antonio Hitos o Cristian Robles. Y además de eso se ha impulsado, espero que definitivamente, un verdadero circuito alternativo de autoedición, que es el espacio perfecto para que los autores y las autoras más vanguardistas no tengan que preocuparse de la viabilidad comercial de lo que hacen. Este circuito, que es tanto un espacio creativo como físico —dado que se apoya en toda una serie de eventos de reciente aparición—, está generando sinergias entre sus protagonistas y ofreciendo resultados interesantes a mucha velocidad. Y está demostrando que hay un público ahí fuera interesado  en este tipo de cómics. ¿Minoritario? Claro. No puede ser de otra forma. Pero también pienso que es creciente, y que además es diferente al público que históricamente se ha interesado por el cómic.

En la última edición de GRAF, celebrada hace menos de dos semanas, creo que fui del todo consciente de hasta qué punto interesa ahora mismo la experimentación gráfica y la abstracción en el cómic. Superada, al menos a nivel teórico, la premisa de que el cómic debe ser narrativo siempre, resulta sorprendente todo lo que puede uno encontrarse en esta línea. Paso a comentar algunas de las propuestas más interesantes, que no las únicas.

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Fosfatina también alberga cómics más tradicionales, pero parece apostar más decididamente por la vanguardia gráfica. Sin duda la autora de su catálogo que más me ha sorprendido es Begoña García-Alén, cuyo Perlas del infierno he reseñado recientemente. Pero en GRAF puede adquirir también el segundo número de Lujo infinito, un fanzine editado con primor que incluye varias piezas cortas. Hace unos días el ilustrador Puño me puso sobre la pista de Alexis Beauclair, un dibujante que es referente importante en el trabajo de García-Alén —algo que es más evidente en Perlas del infierno que en Lujo infinito, creo—. Beauclair, por cierto, también me ha parecido influencia clara de José JaJaJa en Culto Charles. En este segundo número de Lujo infinito se aprecia un esfuerzo consciente por limpiar de drama y emociones el dibujo, que se enmarca en un formalismo muy interesante, porque no se encierra en un solo modelo de representación. Las dos primeras páginas, por ejemplo, son una conversación telefónica que conocemos a través de planos fijos; lo que dice el personaje está representado a través de dibujos crípticos que sustituyen el texto y contribuyen a una sensación de extrañamiento que, en el fondo, es el principal objetivo de todas las páginas. Lo más interesante es la historia más larga, que cierra el cuaderno, donde se mueve entre un estilo aséptico, de línea de rotulador finísimo, y otra más basta, a lápiz. Espacios vacíos, dos personajes femeninos, y una página final donde afronta la abstracción como solo puede mostrarla el cómic: ofreciendo la descomposición de la realidad paso a paso.

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Extrasolar de Roberto Massó es otro título de Fosfatina, y el primero de una colección titulada Fosfatina 2000 impresa en papel de periódico y mediante risografía. La condición de objeto en Extrasolar es esencial: la portada mancha los dedos de azul varios días después de su compra. El contenido muestra un viaje espacial mudo, por lo que obviamente se trata de un viaje gráfico. El Massó de este tebeo me ha gustado mucho más que el de Medieval Rangers, quizá porque el estilo adoptado —influido por Olivier Schrauwen— me ha resultado más interesante. Medieval Rangers además era una singularidad, mientras que aquí intuyo un camino que Massó podrá seguir, si así lo quiere. Como en otros de los cómics de los que estoy escribiendo aquí, en Extrasolar los espacios vacíos sin fundamentales. El futurismo de Massó es tan retro como el de Schrauwen, pero lo combina con un sentido del ritmo diferente, más de aventura. Aunque tampoco puede resistirse a la abstracción alégorica para representar la última fase del viaje espacial, una maniobra que está hasta en 2001. Una odisea espacial pero que Massó ejecuta de manera muy personal. Son dos páginas brillantes.

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Pepa Prieto Puy es otra autora joven que descubro gracias a Fosfatina. Buscando por internet veo que es también ilustradora y maneja un estilo sencillo, de líneas limpias y muchos espacios, aunque en el cómic que he leído, el segundo de Fosfatina 2000, El matatenias, todo parece algo más sucio —también influye la risografía, por supuesto—. En esta ocasión sí tenemos una historia más o menos al uso: una píldora administrada a una chica viaja hasta su intestino para asesinar a una tenia. La agonía del parásito y la muerte de la píldora son lo que centran el relato, pero evidentemente la fuerza del mismo recae en la manera en que se muestra más que en la anécdota en sí. Todavía tiene mucho margen de mejora, pero me ha encantado este cómic, y creo que irá a más.

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El siguiente es un cómic radicalmente abstracto, sin título, de Cráneo Cómics. Es tan abstracto, de hecho, que no se sabe cuál es la portada y cuál la contraportada… y por tanto puede leerse abriéndolo por cualquiera de las dos. Sus páginas, en blanco y negro, se componen de plantillas de 4 x 3 viñetas, cuadradas y regulares, en las que serpentean líneas curvas. A veces el efecto buscado es la simetría, otro la secuencia —las líneas van subiendo o bajando, siguiendo cierta narratividad—, otras veces las formas trascienden las viñetas y forman un dibujo geométrico conjunto. No es más que eso, un experimento gráfico, en la línea de algunos realizados —también— por Alexis Beauclair, pero estéticamente el resultado es muy poderoso.

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El último fanzine es otro sin título, que reúne tres trabajos: «Estadios» de Klari Moreno, «Apología» de Maik y «Apartamento» de Craneo Prisma. Los tres tienen en común que no tienen personajes humanos: son imágenes de espacios vacíos de interior, puro dibujo técnico, aunque se nota la mano de cada dibujante, su voz propia. Y por supuesto, la cosa va más allá de eso. En «Apología», por ejemplo, unos inquietantes bultos envueltos en bolsas de basura pueblan los escenarios. «Apartamentos» exhibe el estilo de dibujo más mecánico, espacios asépticos y geométricos, como croquis de una vivienda… salvo por cuerpos poliédricos extraños que aparecen en algunas aberturas. «Estadios», de Moreno, es el más orgánico, el menos limpio, y muestra sugerentes espacios deshabitados y abandonados, degradados. El conjunto me ha recordado un poco al experimental The Cage de Martin Vaughn-James (1975), que precisamente he visto citado en La novela gráfica.

Todos estos fanzines tienen en común la juventud de sus artífices. Son propuestas de gente aún en formación, que están empezando a producir obra desde hace muy poco, sin masticar aún sus referentes, sin más intención que la de disfrutar y expresarse artísticamente. Su contexto histórico es muy diferente al de la generación anterior. No es que el modelo de partida —o incluso el modelo a derribar, según lo iconoclasta que se sea— no esté ya en el cómic industrial / tradicional, es que ni siquiera está ya en la novela gráfica. El sustrato es más amplio, y está compuesto de influencias venidas del cómic contemporáneo, pero también de la ilustración, el diseño gráfico,  el arte de galería, los videojuegos… Cada vez hay menos prejuicios. Cabría preguntarse, si su intención y edad fueran otras, si estos fanzines podrán traducirse algún día en obras publicadas por canales profesionales y con viabilidad comercial. Aunque a mí eso ahora me importa poco. Me acucia más otra cuestión, presente en todo el tiempo que he necesitado para escribir este texto: la necesidad de que la crítica se forme y adquiera las herramientas adecuadas para criticar esta corriente artística. Lo narrativo y lo figurativo han sido tan predominante en los cómics que han generado una crítica muy concreta, que atiende a aspectos determinados de los tebeos, aspectos que en estos cómics muchas veces no están o son muy diferentes. Creo que la crítica tiene que acostumbrarse a esta nueva densidad, y en consecuencia, aprender a analizar obras que escapan de cualquier plantilla previa. Lo cual, por supuesto, es muy emocionante.


5 thoughts on “Fanzines de vanguardia.

  1. Maravillosa reflexión que además es otro alegato a la crítica; cuya función mediadora es tan prometedora como el arte del que habla. Gracias

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