Bordados, de Marjane Satrapi.

bordados

Seguramente no haya en los últimos veinte años de BD un cómic más importante a nivel de mercado que Persépolis de Marjane Satrapi. Los hay, a mi juicio, mejores, más relevantes artísticamente, pero pocos se le acercan en cuanto a impacto social. Persépolis abrió muchas puertas y demostró muchas cosas, pero no es el momento de glosar aquí sus aciertos o sus logros —cosas que, por otra parte, son más que sabidas—. Me interesa más el día después; ¿qué haces tras vaciarte personalmente en una obra del alcance de ésta? ¿Cómo afrontas el síndrome Maus? David B., maestro de Satrapi, abandonó tras La ascensión del Gran Mal la autobiografía directa y se sumergió en su rico mundo de referencias esotéricas, de modo que se evitarían las comparaciones constantes con su obra magna. Satrapi, por el contrario, incluso aunque ha practicado la ficción en Pollo con ciruelas, nunca se ha alejado de la sombra de Persépolis, y no sé si tal vez por eso, o porque estaba más interesada en contar historias que en el dibujo como medio para ese fin, no ha producido muchos más cómics. Pero me faltaba por leer uno: Bordados.

No recuerdo demasiado de Pollo con ciruelas, la verdad, pero creo que Bordados bien puede ser la mejor novela gráfica de Satrapi. Desde luego es muy madura, en todos los aspectos. Gráficamente mejora mucho desde su primera obra —especialmente desde sus primeras entregas—. Parece haberse liberado también de la obligación de hacer un cómic bien hecho, y relajarse en este aspecto le ha venido muy bien a su dibujo, que funciona así mucho mejor. Tiene algunos dibujos de mujeres, hechos con cuatro trazos, preciosos. Y la disposición de páginas es igualmente laxa, casi como si fuera uno de los Carnets que muchos compañeros de la Nouvelle BD dibujan en ratos libres. No hay viñetas como tales, no teme derivar hacia el texto ilustrado si cree que es la mejor forma de transmitir las historias que cuenta. Todo está al servicio de eso, y al renunciar a los ornamentos se descubre una Satrapi más íntima incluso que la de Persépolis.

Lo que se plantea en Bordados me resulta interesantísimo. Para empezar porque recrea un espacio de libertad para las mujeres iraníes que desde occidente solemos pensar que es imposible. Es verdad, por supuesto, que el Irán de la revolución cultural no es precisamente benévolo con ellas, y que su lugar en la sociedad está totalmente subordinado al de los hombres. Pero hay un ámbito privado donde han sabido liberarse, siquiera durante un tiempo, de la mirada de los hombres, y es entonces cuando se descubre que detrás de los velos y de los burkas hay mujeres reales, con mentalidades diferentes y opiniones variadas sobre la vida. Cuando mandan a los hombres a echar la siesta, es el momento de sincerarse y de poner en común las experiencias vitales. Es un modo de empoderarse, tal vez el único que les está permitido.

En las diferentes historias de Bordados —que es un término polisémico que en el cómic alude, sobre todo, a una argucia para fingir  la virginidad— se da voz a diferentes generaciones de mujeres de clases sociales diversas, cuyas experiencias con los hombres han sido de todo tipo. Sus biografías están marcadas por el devenir político, pero todas tienen en común que, lejos de aceptar la sumisión, han vivido intentando encontrar su espacio de libertad. Para alguna eso supuso el matrimonio, en tanto que puerta de escape a situaciones familiares opresivas, para otras lo contrario: el divorcio. Pero en esta amalgama de voces se revela, sobre todo, una realidad compleja en la que no hay un solo modo de vivir correcto. Cada una de estas mujeres hizo lo que consideró mejor, y la comprensión —no exenta de crítica— que obtiene de sus compañeras genera una sisterhood que se extiende a los lectores y lectoras. En ese espacio íntimo de confesiones y recuerdos familiares, de amores y desamores, infidelidades, embarazos y desengaños, se despliegan diferentes estrategias, algunas tan polémicas como la cirugía plástica. Pero Satrapi no juzga. Cada una hizo lo que estimó oportuno para ser feliz; ninguna lo tuvo fácil.

La variedad en las edades de las protagonistas permite la pluralidad de miradas: las hay ingenuas, generalmente las de las más jóvenes, desengañadas, cínicas… Yo, personalmente, me quedo con la increíble tía de Marjane: «¿Y por qué somos las mujeres las que debemos permanecer vírgenes? ¿Por qué hay que sufrir ese martirio para satisfacer a un gilipollas?». Muchas de las claves de Bordados giran, por supuesto, en torno a la vida sexual: el mero hecho de que las mujeres hablen de ella, y se reconozcan como sujetos sexuales activos, es ya subversivo en una sociedad tradicional. Ellas disfrutan del sexo, pueden hablar de penes, pueden hacer chistes. Sin embargo, cuesta sacudirse el peso de la tradición, y la virginidad sigue siendo un valor absoluto para muchas. Al final, ahí está el meollo de Bordados: ante eso las mujeres iraníes pueden optar por engañar con un bordado para transgredir la norma, de modo que siempre que lo deseen podrán ser vírgenes de nuevo y permanecer dentro del sistema, o pueden revelarse y negar el valor de la virginidad… con todo lo que conlleva socialmente. No es una decisión fácil, y el gran acierto de Satrapi es que no nos dice nunca no ya cuál es la opción correcta, sino ni siquiera cuál cree ella que lo es. Son opciones de vida, estrategias adaptativas con las que se intenta conquistar un espacio que deja pocos márgenes de actuación. La exclusión social ha sido  siempre una amenaza efectiva para el individuo, y antes de juzgar, merece la pena examinar nuestros propios comportamientos y comprobar hasta qué punto también tragamos y optamos por la argucia para engañar al sistema antes que por la revolución social.

Diría que me sorprende un poco lo desapercibido que ha pasado este cómic, pero dado que yo mismo lo había ignorado hasta que hace muy poco me lo prestaron, no tengo mucho que decir. Quizás el síndrome Maus no sólo afecta a los autores.

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