Fanzines “de-generados”.

La reapropiación de los géneros clásicos del cómic por parte de las corrientes más rupturistas y autorales ha sido una constante desde el underground y sus parodias de los superhéroes o los funny animals, pero más allá de eso, ha adquirido una gran relevancia en los últimos años, sobre todo en lo que respecta a la autoedición. Especialmente en toda la small press norteamericana, donde, lejos de quedarse en una superficial parodia, autores como CF, Josh Bayer o William Cardini van más allá y construyen gigantescos edificios formales donde las citas a esos géneros —fantasía, superhéroes, o lo que sea— sirven como refererentes lejanos, asideros para el lector, en algún caso, pero no se busca recuperar la sensación primaria, no es un revival ni un homenaje, ni siquiera hay siempre algún rastro de ironía posmoderna: lo único que queda más allá de esas citas es el disfrute que suponen aquellos tebeos, la emoción básica, pero esta expresada a través de lo formal, del dibujo puro. No es casualidad que muchos de estos autores prescindan de los diálogos, e incluso de la historia en su sentido más clásico. Como sucedía con el cómic abstracto, esta tendencia ha llegado a la autoedición española, y aunque sigue habiendo muchos fanzines que buscan precisamente lo contrario —recuperar exactamente las mismas sensaciones que sus autores tenían ante el material original— en el último GRAF encontré muchos que responden más bien a ese modelo ejemplificado por CF.

La Furia

El más cercano a ese formalismo vacilón es seguramente La furia, el mejor tebeo que he leído hasta las fecha de Los Bravú. Impreso a dos tintas —azul y rosa chicle— con risografía, el cómic presenta una aventura protagonizada por dos chonis y un cani que se enfrentan a una especie de banda de enemigos en una playa. Los Bravú, que siempre están experimentando con diferentes estilos y técnicas, adoptan aquí un dibujo muy geométrico y distante, donde el diseño de las viñetas y las páginas lo es todo. Hay algo del citado CF, algo de Yuichi Yokoyama e incluso de Gabriel Corbera —pionero en España, sin duda, de este tipo de cómic—, pero nunca deja de reconocerse el universo de Los Bravú. El detalle y lo cinético están en el centro de toda la narración, que es no es más que eso, los preparativos de la batalla y la batalla en sí, todo contado de manera hiperbólica, jugando con las dos tintas, las onomatopeyas y los recursos formales que sólo permite el dibujo, por ejemplo descomponiendo una cabeza en sus líneas básicas cuando un personaje habla al oído de otro, o sustituyendo cabezas por nubes de humo cuando se les dispara. Lo más asombroso ni siquiera es el despliegue gráfico, sino la madurez que Los Bravú han alcanzado con muy poca obra aún. Ese futuro esplendoroso que se les adivinaba en sus primeras obras está aquí.

Kann

Víctor Puchalski ha sido todo un descubrimiento. Sus dos números de Kann son un revoltijo bien sazonado de cine de artes marciales, ficción sobrenatural y macarrismo de cine quinqui. La sexualidad hipertrofiada —esa primera página del segundo número con una polla repleta de venas en primer plano— se entremezcla con la violencia más desfasada, que se concreta en técnicas de lucha escatológicas, al estilo de las que encontramos en el Pudridero de Johnny Ryan. El dibujo acompaña a este despliegue, con unos colores potentes y planos, un buen uso de las manchas —en esto me ha recordado un poco lo que hace Rubín en Beowulf— y sobre todo encuadres arriesgados, primerísimos planos y un intencionadamente agobiante afán por llenarlo todo, ya sea de detalles o de fluidos que estallan a borbotones. Es un tebeo sudoroso y sangrante, donde el protagonista da mucha grima y las peleas pueden acabar de cualquier forma. Diversión pura en dosis demasiado pequeñas, quizá su punto más débil. Tengo la sensación de que esto funcionaría mucho mejor como un pequeño tomo.

ultratiempo

Por último, hoy quiero comentar un pequeño fanzine, Más allá del valle del ultratiempo, obra de Javi de Castro, un autor que se caracteriza precisamente por darle un par de vueltas de tuerca a los géneros tradicionales y vertebrar sus historias a través de lo gráfico y de un recurso concreto. Este minicómic es básicamente eso: una idea. De Castro agujerea las páginas centrales, y ese agujero real es además un portal temporal que atraviesa un personaje para evitar una traición en el futuro. El resultado es ingenioso y simpático, y aunque no tiene mucho que ver con los anteriores que he comentado, me parece que sí está relacionado con esa idea de retorcer los géneros desde lo gráfico.


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