Preciosa oscuridad, de Velhman y Kerascoët.

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Me he llevado una sorpresa muy grata con Preciosa oscuridad, un álbum publicado este año por Spaceman Books, el sello de novela gráfica de ECC. Está dibujado por Kerascoët, pseudónimo de la pareja artística formada por Marie Pommepuy y Sébastien Cosset, a quienes conocía de algunos tomos de La mazmorra. El estilo que emplean aquí supongo que será más suyo, y es una interesante mezcla entre personajes de inspiración infantil y dibujo realista para los fondos, animales y personas reales que aparecen.

¿A qué se debe esta mezcla? En el guión de Vehlmann se parte de una situación nunca explicada. Una niña aparece muerta en el bosque, y de su cabeza salen toda una serie de criaturas diminutas que tienen que luchar por sobrevivir en un mundo despiadado y cruel, aunque finalmente el mayor peligro será su propia crueldad.

Me ha gustado mucho la manera en la que está contada la historia, sin subrayados innecesarios y dejando que lo más escalofriante suceda en las elipsis. Es un cuento de terror, aunque no lo parezca, pero también es una parábola que evita la obviedad mediante el control de la exposición de los hechos, la falta de una voz narradora y de largos monólogos. Nunca se explica quiénes son esos personajes, qué hacen allí, por qué son como son, qué representan… Por eso la interpretación es muy abierta, pero naturalmente la obra la pide porque tanto misterio sólo puede responder a un objetivo: estimular la imaginación lectora.

Mucho más que ejecución formal —más que correcta— o el desenlace de la trama, me interesa precisamente esa reflexión a la que invita Preciosa oscuridad. Creo que Óscar Gual acierta cuando relaciona este cómic con El señor de las moscas, pero sobre todo cuando apunta que las criaturas protagonistas de la historia son fruto de la imaginación de la niña muerta. Así, cuando ésta cae sobre el suelo del bosque, su mundo interior comienza a desmoronarse y los personajes de sus juegos infantiles escapan al mundo real, donde deben organizarse o morir. En ese escenario, parece claro que cada uno de esos personajes —la mayoría femeninos— simboliza un aspecto de la niña, pero lo que no está tan claro es cuál… Si es que es sólo uno, porque, al fin y al cabo, no deja de ser una hipótesis.

Lo que sí me parece más claro, y es el punto de más interés para mí, es que en realidad estos personajes son niños. Niños y niñas enmascarados como personajes de cuento, pero son claramente personalidades infantiles, como no podía ser de otra forma si su creadora es la niña Aurora que yace descomponiéndose en la naturaleza. Y si son niños, entonces la lectura que puede hacerse del álbum en consecuencia es que la infancia es un periodo bastante jodido. Pero no por lo que los niños sufren, sino por lo que son: seres crueles, egoístas y manipuladores, carentes de la empatía más básica, cuya inconsciencia antes la muerte los hace presas fáciles pero también verdugos implacables. En el juego que mantienen, su propia mano se cobra tantas víctimas como el medio hostil que los rodea. Pero, además, si los vemos como niños, entonces toda la historia puede considerarse un rito de paso, de la vida infantil, despreocupada, a la vida adulta, donde las responsabilidades y el cuidado de los demás pasan a un primer plano. Aurora, el personaje que toma el nombre del cuaderno de la niña, tiene un papel protagonista y encarna los valores más positivos: no sólo es optimista y trabajadora, sino que intenta organizar la comunidad, refundarla, para que las cosas vuelvan a ser «como antes» —por supuesto, los lectores nunca sabemos cómo eran entonces las cosas, y eso hace que esa frase tenga un sentido especial—. Sin embargo, conforme pasan los días y ese simulacro de comunidad se derrumba, Aurora tendrá que actuar con violencia y crueldad para sobrevivir… o lo que es lo mismo, para hacerse adulta. Al menos a ella le importa y le afecta tener que ser cruel, pero, al final, su descenso a los infiernos está ahí. Por eso el mensaje que parece subyacer en Preciosa oscuridad es tan ambiguo: la infancia es a la vez un periodo de preciudadanía en la que sólo la mediación de los adultos puede poner barreras a los impulsos naturales, egoístas e insolidarios, y un estado de inocencia sin mácula, que se pierde irremediablemente cuando se deja atrás los primeros años de existencia. La sociedad como salvación, o la sociedad como corrupción: el mismo dilema que animó los debates de la Francia ilustrada respecto a las sociedades primitivas, y es que por algo se hablaba de las edades del hombre para explicar la civilización.

Más allá de la reflexión, la verdad es que no quiero dar la impresión de que esto es lo único relevante de un cómic que además de estar magníficamente dibujado —esos contrastes brutales entre el aspecto cuqui de los personajes y la escatología y violencia que protagonizan—, engancha con su tono oscuro y la incertidumbre de no saber qué ha pasado antes ni qué pasará después. De hecho, lo he leído dos veces; tal como acabé la primera, empecé la relectura. Toda una sorpresa, como decía al principio.

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