Las guerras silenciosas, de Jaime Martín.

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Las guerras silenciosas de Jaime Martín es uno de los cómics de autor español que tenía pendiente desde el año pasado, y que he podido leer recientemente aprovechando la escasez de novedades durante el verano. Publicada originalmente en 2013 por Dupuis para el mercado francés, Norma la tradujo para el nuestro en 2014, dotándola además de la individulidad que reserva a muy pocas obras, sin integrarla en ninguna de sus colecciones de formato blindado.

Se trata del primer cómic de Martín que leo, si no recuerdo mal —aunque Sangre de barrio también lo tengo pendiente—, y me ha dejado un muy buen sabor de boca. La sensación que he tenido leyendo este relato biográfico sobre la mili de su padre en Marruecos es la de estar ante la obra de un autor curtido, que sabe cómo manejar el ritmo y mantener siempre el interés del lector, que se ve enganchado desde el principio. Un autor profesional que conoce su medio y que, tras varias obras de género, ha decidido adentrarse en el terreno de la memoria, que ha dado en los años recientes un puñado de obras más que interesantes en España.

Una de las cosas más interesantes y provechosas de la lectura de Las guerras silenciosas es observar con qué herramientas aborda Martín esta tarea, porque dicho análisis seguramente arroje conclusiones importantes. La influencia de Maus de Art Spiegelman es evidente en la exposición de la relación padre / hijo y la contraposición constante del relato del primero —en este caso contado de forma indirecta, a través de unos diarios— y el momento actual del dibujante, que incluso expresa en voz alta sus dudas respecto al trabajo propio y su pertinencia e interés para el público. Uno podría pensar que con el paso de las décadas la percepción de la obra de Spiegelman iría cambiando hasta verla como una suerte de protonovela gráfica, un antecedente tosco o primitivo del cómic que se haría en el siglo XXI, pero lo cierto es que el paso de los años sólo refuerza su posición como cumbre del medio y referencia casi ineludible para cualquiera que se interne en el terreno de la memoria familiar y / o histórico empleando el cómic. De hecho, seguramente por eso también guarde muchos puntos en común con otras obras recientes. El Paco Roca de Los surcos del azar es la más evidente, aunque seguramente no haya sido una influencia directa dado que Las guerras silenciosas se publicó en agosto de 2013. Pero no obstante me ha sorprendido mucho la afinidad de estilos —que ya venía de obras anteriores— y cómo el mismo escenario —el desierto africano— ha llevado a los dos autores a paletas de color muy similares.

Otro recurso que aparece en el cómic adulto en fechas más o menos recientes es la inclusión de fotografías reales que actúan como certificado de realidad de lo narrado. Maus fue pionero pero seguramente la obra que demostró todo el potencial de la fotografía como recurso integrado en el cómic fue El fotógrafo de Guibert y Lefevre, una de esas obras que se ha constituido en canon y que se recordará ya siempre. En Las guerras silenciosas no es un elemento central, ni mucho menos, aunque sí aparecen fotografías en momentos claves para ilustrar escenarios sobre todo, pero también en una sección final, en la que sí muestra a los compañeros del servicio militar de su padre.

La conclusión a la que llego es que estamos llegando ya a una etapa de la novela gráfica testimonial, por llamarla de algún modo, en la que no es necesario inventar la ruedad a cada página, como tuvieron que hacer Spiegelman, Marjane Satrapi o Joe Sacco en sus primeras obras, para las que no tuvieron referentes. Ahora, los recursos que ellos idearon cuando se dieron cuenta de que la tradición del cómic de ficción de género se les quedaba corta están al servicio de cualquier autor con sus mismas inquietudes y necesidades narrativas. Del mismo modo que si uno quiere escribir ciencia ficción se fijará en Asimov o Philip K. Dick, o si pretende dibujar cómics de superhéroes tomará soluciones de Jack Kirby, George Pérez o Neal Adams, los autores que ahora tratan con la realidad ya tienen sus referentes: su canon.

Pero por supuesto, que Jaime Martín avance por terreno desbrozado no significa que lo que hace no tenga su propia personalidad. No estoy hablando de eso. Una obra que continue el camino abierto por otras pioneras en su género o corriente pueden tener su propia entidad artística y ser excelente, e incluso maestras: La regenta no es menos de lo que es porque exista Madame Bovary.

Lo importante es que Martín arma un relato interesante con buen pulso, y rescata un fragmento más de esa memoria silenciada a la que también pertenecen los niños exiliados a la URSS o la Nueve que Roca inmortalizó en Los surcos del azar. ¿Cuántos españoles saben dónde está Ifni, o que España tuvo en el norte de África colonias y tropas hasta hace dos días, como quien dice? Tan interesante como el rescate de la historia colectiva es la historia personal de unos jóvenes a los que les arrancaban varios años de sus hogares para hacerlos hombres perdidos en el desierto, cumpliendo un servicio a una patria cruel, gobernados por mandos militares estúpidos y de modos tiránicos y unas condiciones de vida infrahumanas; la mezcla de ambas cosas tuvo consecuencias literalmente letales para los soldados. Martín no subraya el dramatismo de las situaciones —un buen ejemplo de cómo Maus marcó el tono adecuado para contar este tipo de historias— y el dibujo suelto, algo cartoon, omite la mirada morbosa. Hubo hambre, enfermedades y violencia, pero también camaradería y momentos de disfrute, incluso de ternura, como los días en los que el padre de Martín tuvo por mascota a una ardilla.

Y después del infierno —más absurdo si cabe que el de la guerra—, la vuelta al mundo real, años después. Volver a la vida civil, encontrar un trabajo sin haber podido formarte para ello en los años fundamentales, retomar el contacto con la familia y con la novia, si es que ésta sigue esperando pacientemente, y, por supuesto, casarse de inmediato. Esa España gris, de beatería insoportable y moral de cuartelillo, queda muy reflejada no tanto por exposición sino por el contraste con el presente, donde las conversaciones entre las dos generaciones, padres e hijos, evidencian esa distancia entre el pasado y el hoy, que es en lo mental más corta de lo que nos gustaría, pero que cronológicamente es ya de medio siglo. Motivo de más para insistir en su recuperación.

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