La obra de Roberta Vázquez.

En el panorama del cómic español a veces irrumpen autores jóvenes con libros que son golpes en la mesa, obras bastante redondas para ser las primeras, que llaman de inmediato la atención del público y la crítica. Casos recientes de este fenómeno son Antonio Hitos y su Inercia y Nadar con Papel estrujado. En el circuito de la micro y autoedición, por el contrario, es más habitual que los autores, especialmente si son jóvenes, publiquen fanzines con pequeñas entregas, casi con una necesidad compulsiva de mejorar, de dar a conocer lo que hacen, o simplemente de avanzar en la historia que estén contando. En estos casos la gracia está en ir viendo cómo mejoran página a página dibujantes que están en plena formación. También forma parte, creo, de la necesidad de llevar material nuevo a cada pequeño evento en el que participan, lo que demuestra la necesidad de éstos para estimular la creación.

Roberta Vázquez es uno de los ejemplos más claros de todo esto. Te das la vuelta un momento y cuando miras ya ha dibujado un nuevo fanzine. Esa productividad y esas ganas que sólo son posibles con la inmediatez de los fanzines le sientan de maravilla a esta corriente autoral menos preocupada por la perfección técnica y el dibujo académico y más por contar historias y generar sensaciones, corriente a la que Vázquez pertenece claramente, creo. Por azar he acabado leyendo muchas de sus obras más reciente de una tacada —varias las adquirí en el último GRAF, en la mesa de Fosfatina—, y lo primero que sorprende es la unidad estilística y narrativa de todas ellas. Mientras que autoras como Klari Moreno o Los Bravú sorprenden constantemente con volantazos estilísticos, como si estuvieran aún buscándose o, simplemente, jugando con el medio, Vázquez se mantiene uniforme, en línea ascendente, pero dentro de las mismas coordenadas: un dibujo sencillo, de influencia underground, una narrativa funcional…

Recuerdo que las primeras páginas de Vázquez que leí fueron las que publicó en varios números del fanzine Kovra. Ya entonces utilizaba a un reparto de personajes muy variado, de personalidades poco definidas y apariencia física loca: Coconuto es un cóctel con gafas de sol, Pistilo es una especie de planta antropomórfica, Bob es un conejo, Perro Alga es… bueno, es algo. Por supuesto todo esto no se explica nunca: simplemente, en el universo de Vázquez la gente es así de ambigua e indefinida —algo que, por cierto, también se aplica a veces al género de los personajes—. Recuerda de inmediato al gran referente de Vázquez: Simon Hanselmann, quien también disfraza a sus personajes con apariencias injustificadas, en una mezcolanza que sólo permite el dibujo.

El tono de las historias, marcadamente generacional, también recuerda a Hanselmann. Personajes perezosos, vividores pero a lo pocho, que se pasan la mayor parte del tiempo drogados o borrachos, haciendo el cafre… Hay menos elementos oníricos aquí, eso sí, y tal vez tiende más al costumbrismo, pero la influencia está ahí. Y es muy interesante ver cómo Vázquez evoluciona rápidamente y va contando historias cada vez más ambiciosas sin salirse de los ejes que ha marcado al principio, al tiempo que se construye una personalidad propia. Por ejemplo, los diálogos van perfilándose poco a poco, a medida que Vázquez les añade color y expresiones muy de aquí y ahora, que referencian tanto Los Simpsons como la jerga de La hora chanante o Muchachada Nui.

roberta vázquez

El tono ligero y gamberro de las aventuras de Bob y su panda a veces es casi naif; aún no tenemos giros oscuros como los que Hanselmann introduce en sus historias. Tal vez es una cuestión de edad: Vázquez debe de ser unos diez o quince años menor que él y ahora lo que toca no es la reflexión, sino la juerga. Yo, que soy un soso, no empatizo tanto con estos personajes como con otros tal vez por eso. Pero Vázquez me parece una autora tan interesante y prometedora que estoy dispuesto a seguirla durante mucho tiempo, aunque sólo sea por esos momentos en los que alcanza unos picos de talento muy estimables y por el esfuerzo de crear un universo tan atractivo.

En estos meses, como decía, he podido leer cuatro obras suyas, a saber:

Bob y sus amigos 2. Acaba de aparecer el tercer número, según leo en el blog de Octavio Beares. Es una recopilación de historias cortas protagonizadas por algunos de los personajes de Roberta Vázquez, la pieza central de su mundo. Inadaptados, enfermos y patéticos personajes que se creen guays desfilan por las páginas sin profundizar, a brochazos, sin detenernos demasiado en cada uno. Lo mejor: la historia de Pepperoni-Boy —una porción de pizza— y su trabajo en una hamburguesería.

museo joyildo

Museo Joyildo, editado por Ediciones Valientes. Una aventura completa de Bob y sus colegas, que visitan un museo de arte contemporáneo, que le sirve a Vázquez para hacer humor sobre el tema sin caer en los topicazos que siempre invoca la parodia del arte abstracto. Tiene una secuencia fantástica en la que Bob entabla conversación con Coconuto y unas amigas suyas de buen ver con las que intenta ligar, con diálogos impagables: «¿Y a qué te dedicas, Bob?»; «Puess… yo… leo los libros de Harry Potter». La incapacidad para relacionarse con el mundo real, con el conjunto de la sociedad más allá de la pandilla de colegas, es lo que marca no sólo a Bob, sino a la mayoría de los personajes. Están tan metidos en su rollo que seguramente ya no son capaces de integrarse, y ni siquiera pueden ya darse cuenta de ello. Se centran en pasárselo bien y en hacerse putadas entre ellos, intencionadamente o no.

havarti party

Havarti Party, publicado por Fosfatina, es otro esfuerzo ambicioso por parte de la autora, que imagina una historia más cerrada protagonizada por tres ¿pájaros?, aunque Bob y el resto de habituales, que se revelan como amigos de los otros, aparecen rápidamente en escena. Seguramente sea el cómic de Vázquez mejor dibujado. En cuanto a la historia, me parece que es muy reveladora del tono general de su obra: se nota el esfuerzo por emplear un argumento sólido, al partir den viaje para cerrar un contrato con una discográfica, pero una vez allí se descubre que todo era un plan de Bob para juntar a los viejos colegas, y a partir de ahí todo se relaja, empieza la fiesta y el argumento se diluye; habría dado igual cualquier otro, porque lo que importa aquí no es eso, sino la juerga, las situaciones desmadradas, las conversaciones etílicas… Havarti, el pájaro aspirante a cantante, en un último atisbo de cordura, le dice a Bob que podría haber juntado a toda la panda con una llamada de teléfono, sin montar todo ese plan loco ni joderle las expectativas. Pero entonces no sería tan divertido, claro.

Por último, Diosa licántropa es un pequeño fanzine de cuatro páginas autoeditado en una tirada de cincuenta copias, que contiene una historia muy breve publicada en Tik Tok. Es una anécdota protagonizada por una réplica femenina de Teen Wolf —se trata de un capítulo de una serie que tenía esa premisa—, una chica poco popular, marginada, que pasa de todo en la actuación de su grupo de baile y se pone a inventarse la coreografía de Thriller tras patear a las pijas de sus compañeras. No va más allá, pero el mensaje no podía ser mejor. Bob y sus colegas jalean desde la platea, reforzando la sensación de que todas las historias de Vázquez hasta la fecha ocurren en el mismo universo.

Puede que, como autora, Roberta Vázquez tenga aún mucho camino por andar, pero eso no sólo es positivo, sino que además es lógico en esta fase inicial de su carrera. Le falta concretar, ganar contundencia, pero el talento y las ideas las tiene ahí, y para mí, como lector, es una suerte inmersa que el contexto actual me permita asistir día a día a su evolución a través de webcómics y fanzines. No voy a perderme ni uno.


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