Cómics sensacionales, de Santiago García.

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Una de las primeras cosas que hice cuando comencé a moverme por la blogosfera —hace diez años, más o menos— fue, por supuesto, buscar sitios sobre cómic, leer todo lo que me interesaba, aprender, en suma. Y abrirme a otras lecturas. Cuando empecé a escribir yo mismo sobre cómic, cuando decidí dedicarme a ello —aunque no fue en realidad una «decisión» sino más bien algo que va pasando sin darte cuenta—, fui formándome un criterio, no sólo sobre lo que escribía sino también sobre cómo lo hacía. Sin una reflexión constante sobre lo que en realidad se quiere hacer cuando se hace crítica no se va, pienso, a ningún lado. Al menos yo lo siento así con respecto a lo que hago. Por eso entonces fue esencial para mí leer mucha crítica, y ser consciente de qué quería hacer… y qué no. Y así es como encuentras tus referentes; la gente que escribe sobre cómic de la forma en que a ti te gustaría hacerlo. Ni mejor ni peor, a priori, que otros modos; simplemente como tú te sientes más cómodo. Desde que descubrí Mandorla el trabajo teórico de Santiago García fue uno de mis principales referentes en el campo de la crítica. Su visión de lector experto iba un paso más allá, y su capacidad de análisis siempre revelaba miradas con las que se podía o no estar de acuerdo, pero que siempre aportaban algo. Luego descubrí que antes de Santiago García existió Trajano Bermúdez, rescaté sus textos en la revista U, disfruté de La novela gráfica (Astiberri, 2010), quizá el mejor texto teórico que se ha escrito en la última década en España. Tomé contacto con él en persona, intercambié opiniones, aprendí de él… Y fui testigo de cómo el García teórico iba dejando cada vez más espacio a su faceta de guionista. En los últimos años ésta está dando frutos excelentes, pero ha tenido una consecuencia inevitable: Mandorla ha sufrido un descenso en su frecuencia de actualización que nos ha dejado un poco huérfanos. Por eso, en cierta forma, este Cómics sensacionales que recientemente ha publicado Larousse supone una excelente noticia; es, en cierta forma, como un concentrado de entradas de Mandorla en papel.

El objetivo del libro es reunir las reflexiones de Santiago García sobre varias decenas de cómics que han sido y son importantes en su vida, a la manera de otros publicados por la misma editorial sobre cine, literatura o música. Son textos de extensión variable, en los que García recorre su vida a saltos, sin un orden aparente, recordando episodios de la misma vinculados a los tebeos, pero, al mismo tiempo, releyéndolos desde la mirada adulta.

Ese equilibrio entre la visión emocional y el análisis crítico es muy complicado. A menudo los críticos señalamos lo difícil que es liberarse de la nostalgia cuando escribimos sobre ciertos títulos, aunque sea siempre un ejercicio saludable intentarlo, más hoy, cuando la nostalgia se ha convertido en una especie de alquitrán que se pega a cualquier reflexión cultural, con cómics mediocres —o más que mediocres— reeditados y celebrados por la crítica que da rienda suelta a su niño interior entusiasmada. Que García no reniegue aquí de esas lecturas infantiles no significa que la mirada sea acrítica, al contrario: apenas se permite regodearse en la nostalgia unos instantes, y sin renunciar nunca al análisis.

También encontramos un equilibrio deliberado entre la crítica especializada y la divulgativa. Asume, y no es precisamente la norma, que el público no especialista no es bobo, y que si se explican las cosas con claridad puede entender cuestiones argumentales, editoriales y de franquicia complicadas —el follón de los crossovers, spin-offs o tie-ins también va incluido en esto—. Contextualiza las obras en su momento y en sus circunstancias editoriales, porque sabe que éstas, que siempre tienen su importancia, en el caso del cómic son capitales. No es lo mismo un manga seriado durante treinta años en una revista de usar y tirar que un álbum europeo de los años 50, una novela gráfica de 2013 o una serie publicada durante el boom del cómic adulto en España. Cada formato y cada modelo de publicación impone unas reglas y busca un público, y todo ello marca, inevitablemente, la obra artística que puede concebirse en cada paradigma. Y para García esas cuestiones son inseparables del análisis artístico, que por supuesto también está presente. De un modo ameno, se van imbricando en el discurso general reflexiones sobre la creación artística, sobre el dibujo, se establecen relaciones, se clasifican corrientes… de una manera que engancha, porque, bueno, el libro está bien escrito. Es una expresión muy naif, lo sé; me refiero, por aclararlo, que para comunicar bien hay que  dominar la expresión escrita más allá de no cometer faltas ortográficas. Hay que saber explicar las ideas, sintetizar y escapar como de la peste de las frases hechas de la crítica, esas expresiones que a fuerza de repetirse han perdido el poco significado que tuvieron alguna vez: «cumple con su función de entretener», «no es un buen dibujante pero es un buen narrador», «marcó un antes y un después», y todos los demás rancio facts que tenemos que ir purgando poco a poco de nuestros textos.

Pero, ¿qué encontramos, concretamente, en Cómics sensacionales? En primer lugar, un sincretismo lector por parte de García casi total. Es un lector omnívoro desde siempre, y junto con los superhéroes publicados por Novaro estaban los patos de Carl Barks, el Tintin de Hergé o la Mafalda de Quino. Descubrió el cómic «adulto» cuando tocaba: en plena adolescencia. También el manga en los noventa, y el cómic alternativo americano y francobelga. Vivió ya muy de cerca el lento resurgir del mercado español tras la debacle de las revistas, y hoy permanece atento al auge de la autoedición y la small press. Así que aquí hay de todo, y tan mezclado como uno se lo puede encontrar en su propia estantería, saturada por años y años de compras más o menos indiscriminadas. Esa estructura sin estructura invita, precisamente, a la lectura anárquica. No creo que sea interesante seguir el orden que propone el libro, sino más bien ir saltando a lo que en cada momento apetezca. Personalmente, he leído primero lo que García tenía que decir de cómics españoles recientes como El héroe de David Rubín, Superputa de Manel Fontdevila o Silvio José de Paco Alcázar. En muchos de estos casos su análisis renuncia a cualquier simulacro de objetividad —y digo simulacro porque la objetividad no existe nunca, y me parece mentira que todavía haya que decirlo— y se centra en lo personal, en su amistad con esos autores y en lo que sus obras significan en la suya propia.

También acudí muy pronto a los títulos protagonizados por superhéroes; el Batman y el Superman de la edad de plata, The Amazing Spider-Man de Steve Ditko y Stan Lee, X-Men de Chris Claremont, John Byrne y Terry Austin… En algunos casos he encontrado ideas y comentarios que no serán nuevos para el lector de Mandorla —aunque no hay cortapega en ningún caso—, pero García suele ser especialmente lúcido cuando escribe sobre superhéroes, y siempre hay algún concepto nuevo, y hay cierto atrevimiento desmitificador que no es precisamente frecuente en los textos sobre el género.

También me ha resultado muy interesante leer los textos sobre algunos de mis cómics favoritos: La ascensión del Gran Mal de David. B., Grandes preguntas de Anders Nielsen, Fun Home de Alison Bechdel… Pero puede que haya sido incluso más interesante leer las entradas de los cómics que no me gustan o que no forman parte de mi memoria como lector. Nunca he conseguido conectar con Hergé, Chaland o el Flash Gordon de Alex Raymond, pero eso no significa que no resulte enriquecedor leer sobre ellos. Y, por otro lado, en una decisión muy acertada, García también ha dejado fuera muchas obras consideradas incontestables que a él no le gustan o no las ha disfrutado como ha disfrutado otras. Porque no se trataba de repetir otra vez la lista de los reyes godos del cómic internacional, sino de empezar a asumir que no hace falta que a todo el que ame el cómic le tengan que gustar todos, y que no pasa nada por cuestionar obras hasta ahora muy poco cuestionadas, quizá por la especial trayectoria que ha tenido el cómic como medio e industria, o quizá también porque la crítica tiene mucho trabajo por hacer.

Escribiendo todo esto me doy cuenta de que lo mejor de leer Cómics sensacionales ha sido dialogar con el libro: asentir, disentir, pensar en cuál sería mi lista, cuáles quitaría, cuáles dejaría… Y, por supuesto, leer las reflexiones de un autor que consigue decir cosas nuevas de obras tan sobadas como Watchmen o Maus, o incluso Peanuts.

No quiero terminar sin mencionar tres textos que me parecen especialmente buenos. El relativo a Persépolis de Marjane Satrapi es un ejercicio de sinceridad y de exposición de los prejuicios propios, autocrítica mediante, que rara vez ejecuta un crítico, de cómic o de cualquier otro medio. El que trata sobre Fabricar historias de Chris Ware ha satisfecho mi curiosidad acerca de lo que García tenía que decir de la que para mí es LA OBRA de nuestro tiempo. Y por último, el mejor de todos, a mi entender: la entrada sobre Robert Crumb, que ofrece una mirada nueva sobre un autor que el propio García reconoce como mito. Y decir algo nuevo de Crumb a estas alturas no es nada fácil.

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