Otoño, de Jon McNaught.

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Jon McNaught es uno de los autores más interesantes de los publicados por Nobrow, la editorial inglesa que está editando algunos de los cómics más importantes de la corriente de vanguardia más artística, poderosamente influida por el diseño y la ilustración. Todo en sus libros está cuidado al milímetro para que sean objetos artísticos. Impedimenta ha cuidado igualmente este aspecto en su edición de Otoño, el primer libro de McNaught que aparece en nuestro país, y que contiene dos historias diferentes, aunque temáticamente afines.

McNaught es un dibujante perfeccionista, esquemático pero metódico, y tan limpio que incluso elimina la línea para dibujar con los dos colores que emplea, un rosa y un azul con los que juega constantemente para emular luces, pero, sobre todo, para evocar sensaciones. McNaught se está mirando constantemente en el espejo de Chris Ware, pero, más aún, en el de Seth —pero del Seth que ha procesado la influencia de Ware, precisamente, el Seth de Wimbledon Green—. De él parece tomar su gusto por el detalle nimio, su manera de fijar la mirada en los objetos cotidianos, en el vuelo de un pájaro, en las hojas secas del suelo… Hay una melancolía que cae sobre ambas historias, quizás como le pasa a Seth, aunque en este caso no está tan articulada y definida, porque hay muy pocos textos. Como suele suceder en estas vanguardias, lo gráfico tiene un papel central y es a través de este aspecto como se transmite la mayor parte de la información. Es decir, que no necesitamos que los personajes nos cuenten cómo se sienten: ya lo vemos en sus rostros, pero también en el color, en el ritmo de las secuencias —magistral—, en lo que McNaught escoge representar, y en lo que no representa.

La primera historia presenta el pequeño pueblo de Dockwood, donde un joven trabaja en una residencia de ancianos. Va y viene, comenta algún detalle banal con la cocinera, lleva las cenas a los residentes, escucha un rato su charla nostálgica, y se va a casa.

En la segunda, quizás buscando el contraste con los ancianos de la anterior, McNaught centra el foco en un chaval poco hablador que trabaja repartiendo revistas por las tardes. Va a la tienda, coge su carrito, va de arriba abajo, echa un vistazo en la tienda de cómics, se come una barrita de chocolate… y a casa, a jugar con la consola.

Son de ese tipo de historias en las que parece que no pasa nada, pero en las que, precisamente, pasa lo más importante de la vida cotidiana. El tono sutil y reposado, medido perfectamente en las páginas llenas de pequeñas viñetas uniformes, acompaña ese no relato, en el que la peripecia es mínima y todo se confía a lo sensorial como principal motor evocador.

Sin embargo, el resultado es aún un tanto bisoño, a mi entender. La primera historia es demasiado contemplativa y recurre a lugares demasiado comunes a estas alturas, quizá por la presencia de personajes ancianos y el empleo de la naturaleza. También es más dispersa, tiene más altibajos. La segunda, en cambio, me ha encantado, mucho más concreta, original y personal. El paseo del niño mientras reparte revistas, se para a ver una paloma muerta o se sienta a comer en un parque encierra más verdad que muchas obras explícitamente dirigidas a la recuperación de la memoria. Tal vez es la escasez de textos, que le aportan universalidad, o simplemente que McNaught está más inspirado y, eso desde luego, aporta ciertas gotas de ironía; la falta de acción de la historia se compensa con su final, en el que vemos una partida de un videojuego de misiones espaciales.

En cualquier caso, Otoño es un libro fantástico, de un autor que, la verdad, ya echaba en falta en el mercado español. Puede que esté aún en proceso de formación —no olvidemos que el libro se publica originalmente en 2012, cuando contaba con 27 años—, pero los resultados ya son más que destacables, y lo tiene todo para ser uno de los grandes de la novela gráfica de la próxima década.

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2 thoughts on “Otoño, de Jon McNaught.

  1. Es un poema gráfico. Yo me lo compré en inglés hace tiempo, es muy cuco y te deja cuperpecico zen pero la verdad es que no he vuelto a pensar en él.

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