El portero, de Santiago García y Pablo Ríos.

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En el momento de hablar de El portero se hace necesaria cierta contextualización, porque fue un título de origen y distribución atípicas. Se trata de un cómic de encargo, pero lo es en la era de la novela gráfica, y esto implica diferencias con lo que antes entendíamos por cómic de encargo. En el pasado, cuando una empresa o asociación deseaba publicar un cómic recurría a estudios o a profesionales camaleónicos, cuyos nombres a menudo quedaban invisibilizados discretamente a favor de la marca patrocinadora. Normalmente, el estilo de dibujo de este tipo de productos era intencionadamente imitativo de los que marcan la pauta en el mercado del cómic juvenil, pues a este público se solían dirigir.

Sin embargo, cuando la Fundazioa del Athletic de Bilbao decidió el año pasado publicar dentro de su proyecto Letrak & Futbola un par de cómics, recurrió a tres autores de novela gráfica —más un escritor y guionista— a los que no les pidió una obra corporativa o promocional, sino que les dio libertad total para realizar obras personales, con el único límite de la extensión: veinticuatro páginas. Se lanzaron diez mil ejemplares de cada uno —cifra rarísima en el mercado español— y se distribuyeron gratuitamente.

No se han vendido en librerías, por lo tanto, y esta circunstancia ha hecho que ambos cómics se hayan movido al margen del sector del cómic. No he podido leer Diamanteak, urrea eta ikatza de Alfonso Zapico y Unai Iturriaga —que ha sido editado en euskera—, pero gracias a Pablo Ríos, dibujante de El portero, llegó a mis manos una copia. Lejos de parecerme un trabajo alimenticio, como decía arriba, la leí como lo que es: una obra de autor, o de dos autores, el propio Ríos y Santiago García, el tándem que poco antes había publicado Fútbol: la novela gráfica (Astiberri, 2014), trabajo que de hecho fue clave para que les dieran este encargo. El portero puede leerse como una extensión de aquella novela gráfica, porque comparte buena parte de sus cualidades: el narrador en tercera persona, mentiroso, la ambigüedad entre realidad y ficción, la ausencia de capítulos, sustituidos por una narración orgánica, que enlaza los temas a través de conexiones inesperadas y sorprendentes. Pero, al mismo tiempo, se trata de un cómic independiente con su propia entidad, que se beneficia, por supuesto, del título previo, y que concentra sus virtudes en un espacio mucho menor, lo que lo hace ganar en contundencia. El portero no tiene tiempo para momentos de calma ni anticlímax: todo va hacia arriba, y se vuelve loco sin que nos demos cuenta, como una de esas piezas de música experimental de los años setenta donde a cada pocos segundos teníamos un giro inesperado que nos dejaba rotos. Es así, sin dejarnos tiempo para pensar, cómo funciona esta mecánica, llevándonos desde la anécdota cotidiana a la autoficción más desaforada, pasando por historias reales, Rafael Alberti, Beto Hernandez, películas… Ríos se encuentra muy cómodo, y se suelta el pelo aún más que en Fútbol, cambiando de estilo, incluyendo páginas sin viñetas, y dibujos tan bonitos como el de la página 8 del portero Platko. García le va a la par en este más difícil todavía y escribe muy seguro de lo que está haciendo, sin cortarse, sin poner freno al ritmo vertiginoso en la sucesión de ideas y temas: la página 10, en esto, es ejemplar.

Precisamente en esa página García expone directamente la que creo que es una de las claves tanto de Fútbol como de El portero: «¿Me gusta el fútbol de verdad o me gustan las historias sobre fútbol?».  Cuando escribí sobre Fútbol, precisamente me explayé en la relación que veo entre el deporte y la ficción: ambos pueden ser proyecciones, simulacros de la realidad a través de la cual, simbólicamente, dirimimos conflictos reales. Y esto es cada vez más cierto, en mi opinión. Vivimos en un mundo en el que la cotidianidad deja poco espacio para los héroes —o el concepto de «héroe» se ha reformulado—. Palabras como «gesta» y «épica» sólo se emplean ya en el ámbito deportivo… y en el de la narrativa de ficción. Por eso en El portero la mezcla entre realidad y ficción es aún más acusada que en su antecesor, y los contrastes más violentos. Empezamos con la final del mundial de fútbol de mujeres de 2015 y acabamos con el dibujante lanzándole un penalti al guionista tras enemistarse con motivo del estreno de la película sobre Fútbol, de una forma tan atrevida y vertiginosa que no tenemos tiempo de cuestionarnos nada: el ritmo del tebeo nos obliga a no pensarlo demasiado. El juego de espejos de la anterior novela gráfica se multiplica al proyectarse sobre esa misma obra, especulando sobre su éxito y sobre el ingreso en el glamour del fútbol de García y Ríos, pero también se expande en otras direcciones, e incluso refiere una historia inexistente de Azul y pálido (Entrecomics Comics, 2012), con el mismo humor que está presente en todo el cómic.

Hay otra cuestión interesante en El portero, que tiene que ver con el formato. Es un cuaderno grapado de 24 páginas, es decir, un comic book, que decimos desde dentro, pero la sensación que tengo cuando lo leo no es en absoluto similar a la que recibo de la lectura de un comic book de Marvel. No tiene la misma estructura, ni el mismo objetivo, no presenta personajes, ni es parte de una narración seriada. Es, digámoslo claro, una novela gráfica de 24 páginas, como sucedía, por ejemplo, con La muerte en los ojos (¡Caramba!, 2012), donde la sensibilidad era la misma. Y junto al modo en el que la obra se concibe y ejecuta, creo que es lo que verdaderamente define todo este asunto de la novela gráfica.

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