Wassalon y ¿Quién ama a las fresas?, de Clara-Tanit

El domingo pasado dediqué la mañana a leer Wassalon (Astiberri, 2007) de Clara-Tanit, y me ha gustado tanto que acto seguido he releído ¿Quién ama a las fresas?(Astiberri, 2010), que, por otra parte, tenía bastante olvidado. Ha sido un ejercicio interesante leer las dos obras seguidas, y creo que me ha revelado claves del trabajo de la autora en las que no había reparado por falta de perspectiva.

Clara-Tanit Arquet (Girona, 1981) responde a un perfil de autora cada vez más habitual: proviene de una formación académica, primero en interiorismo y luego en ilustración, en la famosa escuela Massana, y llega al cómic tarde, como lectora y como autora (toda esta información la he extraido de esta entrevista en Entrecomics). Es decir, que nunca fue aficionada, de modo que no acarrea un bagaje lector que, si bien aporta muchas cosas, también puede ser limitador cuando lo que se pretende hacer es algo nuevo o rupturista. Este tipo de autores no se plantean si tal o cual cosa se puede hacer en el cómic: simplemente la hacen, porque les apetece, lo necesitan o encaja con su obra, no con las verdades sobre la naturaleza del medio que se han repetido hasta la saciedad. Por eso Clara-Tanit no sigue ninguna regla en cuanto a secuencia y composición de página: a veces se limita a una plantilla funcional de viñetas, otras elimina sus marcos, otras utiliza una página entera para mostrar una ilustración sin texto. Creo que también influye esa falta de afición previa a convertirse en autora —y provenir de otro campo creativo— en su variedad de registros y técnicas mixtas: no siente la necesidad de generar un estilo personal siempre reconocible. Y, de hecho, en «¡Vámonos a vivir al campo! —me dijiste”», su historia incluida en Panorama (Astiberri, 2013) apenas se rastrea la huella estilística de ¿Quién ama a las fresas?.

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Sin embargo sí hay algunas constantes: el dibujo sencillo, sin demasiados accesorios, el trazo irregular y el aspecto en parte naíf. En Wassalon experimenta menos con los cambios de registro y técnica, pero ya ensaya algunas soluciones narrativas que se salen de lo habitual —la página donde explica cómo se aparean las babosas, por ejemplo—. Las dos obras comparten temas y motivos. El universo de Clara-Tanit está cerca del de otros contemporáneos como Martín Romero, Lola Lorente o Alberto Vázquez; comparte con ellos el tono melancólico y oscuro —si bien no incluye la influencia gótica de alguno de ellos—, y el interés por explorar la soledad y la alienación en personajes marginados, diferentes y únicos. Resulta interesante preguntarse por qué este tipo de historias proliferan en un momento en el que, precisamente, hay cada vez más diversidad en todos los ámbitos sociales; tal vez sea precisamente por eso que son necesarias. Clara-Tanit representa a esos personajes diferentes a través de lo visual: Wassalon es una lavadora, su pareja un Patoconejo, la protagonista de ¿Quién ama las fresas? es una chica con cabeza de fresa, etcétera. No son simples convenciones gráficas, no se está jugando con un código del cómic clásico como pudo hacer Maus: son realmente lo que parecen, al modo de lo que hoy hace Roberta Vázquez en sus cómics. Wassalon trabaja como lavadora en una lavandería, de hecho. Y Fresi tiene realmente cabeza de fresa, y todas las personas a su alrededor son conscientes de ello y de su diferencia. De este modo, Clara-Tanit consigue que lo que no deja de ser una impresión común a todos los adolescentes —«soy distinto a los demás y por eso nadie puede comprenderme»— sea algo objetivo y evidente para todo el mundo.

Wassalon es el primer trabajo largo de Clara-Tanit. Aunque se compone de varias historias cortas, el conjunto tiene unidad narrativa completa. El tono es costumbrista, sin demasiadas incursiones en lo irreal o en lo onírico, más allá de que, claro, el costumbrismo es un poco raro cuando transcurre en un mundo poblado por animales antropomorficos, monstruos informes y máquinas dotadas de vida. Por lo demás, y es un acierto por parte de la autora, todo es como en nuestra realidad: trabajos precarios, insatisfacción permanente en una generación a la que se le había prometido todo y no tiene nada. Resulta muy llamativo que estos temas aparezcan en un cómic dibujado entre 2006 y 2007, teóricamente antes de la crisis económica. Ya entonces, resultaba pertinente contar la historia de una lavadora que está harta de trabajar como una autómata haciendo lo que otros han decidido que haga: merece una reflexión, porque demuestra que la cosa viene de lejos y que ha problemas que tienen más de ocho años.

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Pero además de eso, en Wassalon se explora la desazón vital de la lavadora protagonista, cuyos sentimientos están determinados por su naturaleza mecánica, que la hacen diferente y dificulta sus relaciones de pareja. Por eso rompe con Patoconejo —que se llama así porque es hijo de Madre Conejo y Padre Pato, por supuesto— y deja al mismo tiempo su cómodo pero ingrato puesto de trabajo. Su falta de humanidad convencional es tal vez lo que la lleva a acabar con la vida de un gato que adopta Patoconejo, en una de las escenas más duras y a la vez interesantes del cómic. La deriva vital de Wassalon provoca cierta morosidad narrativa, no del todo bien resulta en los tramos finales. No estoy pidiendo un final cerrado en el que todo quede bien claro, pero sí creo que el camino que toma aleja al lector, quizás un pelo de más. Intenta un equilibrio entre desconcierto, misterio y empatía con los protagonistas difícil de lograr, de todas formas, y esto es un más que interesante primer ensayo.

Tres años después llega ¿Quién ama a las fresas?, gracias a la beca Alhóndiga. En ese tiempo han pasado muchas cosas en el mercado español. Wassalon se había publicado el mismo año en el que Astiberri ponía a la venta Arrugas (de Paco Roca) y María y yo (de Miguel Gallardo), los dos tebeos que lo cambiarían todo, comenzando a introducir en la novela gráfica española al gran público mediante temas socialmente relevantes, que interesaron a un lector adulto. Tal vez era pronto para que un trabajo de las características de Wassalon saltara a ese ámbito, como también lo fue para Psiconautas, de Alberto Vázquez, publicado en 2006 por Astiberri. Pero en 2010 se podían concebir cosas diferentes: por ejemplo, editar un libro de tapa dura y ciento cincuenta páginas con una historia atípica y dibujo en bitono. Clara-Tanit también se atreve a más y llega más lejos, en parte por la evolución lógica como autora, pero también porque puede contar con más espacio, y eso afecta al tipo de estructura que puede desarrollar, a la profundidad del tratamiento de los personajes y los temas, y la cohesión de toda la obra, en definitiva. No es lo mismo acumular capítulos breves casi autoconclusivos como hizo en Wassalon que concebir y ejecutar una historia unitaria.

Sin embargo, también es cierto que en ¿Quién ama a  las fresas? están los mismos temas que en la obra anterior, sólo que más elaborados, con resultados más redondos. Clara-Tanit es mejor autora, y por tanto está mejor preparada para contar lo que quiere, obviamente. De este modo la simbología es un poco más profunda, está mejor sugerida, y aunque hay cierta continuidad en algunos rasgos narrativos —por ejemplo, poner a los personajes nombres obvios y descriptivos, de modo que identidad y naturaleza son una misma cosa— la manera de plantear la historia hace posibles variantes interesantes. En este caso, los personajes anómalos son más escasos. Al contrario que en Wassalon, la mayoría de la gente son personas, seres humanos convencionales. Eso hace que Fresi se sienta totalmente sola y diferente, más diferente aún que Wassalon, porque al menos ésta podía sentir cierta hermandad con otros marginados. Pero aunque esto sea así, al mismo tiempo Fresi es idéntica a su madre —que, según cuenta, proviene de una familia donde todos son fresas, pero la abandonó para seguir su camino—; y no hay nada más terrible para una adolescente que sentir que es igual que su madre. Así que, por supuesto, le culpa de todo lo que le sucede y dirige su ira, recientemente aparecida junto a la pubertad, contra su progenitora, a quien la situación desborda por completo.

Todo esto lo vamos descubriendo según leemos; no es un punto de partida, sino que se se va desgranando en escenas siempre subjetivas, porque todo lo vemos a través de los recuerdos de una Fresi que se encuentra en coma. Además de recordar, imagina un viaje onírico, lleno de símbolos que podemos relacionar con su vida real. El contraste produce un ritmo perfecto y resalta el valor alegórico de la historia, sin caer nunca en lo obvio o en lo intrascendente.

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También se genera un contraste interesante entre los recuerdos y sueños de Fresi y lo vivido por su propia madre, que la observa en el hospital y que acaba teniendo una aventura con su médico —el doctor Médico—. Mientras Fresi busca al chico con una manzana por cabeza, recuerda su pérdida de la virginidad con un chico con cabeza de ratón, también diferente pero bien integrado en la clase a la que pertenecen ambos, conoce a una amiga que representa lo que Fresi querría llegar a ser —alguien orgulloso de su diferencia— y se hace acompañar de un panda de peluche que supone otro nexo de unión con Wassalon, y que es enterrado simbólicamente al final de la historia, cuando Fresi despierta de ese coma provocado por su cerebro para permitir un reseteo de su memoria y empezar de cero.

Lamentablemente, una obra tan destacada como ¿Quién ama las fresas? no ha tenido, por el momento, continuidad, más allá de alguna historia corta, como la que mencionaba antes incluida en Panorama. En ésta, Clara-Tanit confirma su desinterés por encontrar algo parecido a una fórmula, ni en sus temas ni en su estilo de dibujo —que ahora vira a la preeminencia de la mancha de color—, aunque de algún modo se sigue viendo su mano, que es la mano de una precursora de la explosión del cómic de vanguardia que experimentamos en los últimos tres o cuatro años. Ojalá volvamos a leer una obra suya muy pronto, porque de alguna forma siento que éste es el momento perfecto para hacerlo.


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