La favorita, de Matthias Lehmann

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A veces encuentro obras que me interesan más por sus errores que por sus aciertos, en las que me enseñan más los primeros que los segundos. La favorita (La Cúpula, 2016) de Matthias Lehmann es el último buen ejemplo de esto. Se trata de una lectura interesante, que ha mantenido mi interés durante toda su extensión, con un clima asfixiante, donde la cerrazón social se refleja en el encierro en una antigua casa de una pequeña que vive con sus abuelos, recluida. Los visos de verosimilitud, de estar basada en hechos reales, como bien señala Óscar Gual, le beneficia mucho. El dibujo de Lehmann, inspirado en el grabado, acompaña el espíritu pseudovictoriano —que obtiene una interesante lectura cuando descubrimos que en realidad la cronología del relato lo situa en los años sesenta del siglo XX—, refuerza esa opresión, y juega con la composición de página con lecciones bien aprendidas de unos maestros a los respeta demasiado. Desde el principio el aislamiento de la familia se vincula con la presencia invisible de secretos largo tiempo guardados, apuntados al lector con la sutileza adecuada: la homosexualidad reprimida del abuelo, el cuadro de la hija muerta en la pared…  Todo se lee con agrado, la cosa engancha, y de pronto llegan las sorpresas.

La favorita tiene dos puntos de giro claves en el relato, a los que Lehmann parece fiar el juicio final de este cómic. El primero funciona perfectamente: en determinado punto, descubrimos —tras indicios de que algo no encaja— que la niña protagonista es en realidad un niño fozado desde pequeño a vestirse como una niña. A partir de ahí, se explora su descubrimiento de la identidad sexual —en sus juegos simbólicos asume roles tradicionalmente considerados femeninos y masculinos— y el despertar del deseo sexual, cuando entra en contacto con otros niños y niñas, con una sensibilidad hacia el tema bastante desarrollada y sutil, sin abusar de la explicación textual: más bien asistimos a sus reacciones. La voz narrativa en primera persona está tan contenida que en determinados momentos incluso desaparece; es entonces cuando La favorita alcanza sus mejores momentos: por ejemplo, en la secuencia del juego junto al río.

Pero cuando se acerca a su conclusión, Lehmann se da cuenta de que hay muchas cosas que no ha contado y necesita contar sobre el pasado. Tal y como ha planteado el relato, necesita descubrir el misterio. Pero llega a un callejón sin salida, no sé si debido a cierta falta de planificación, en el que, sencillamente, no hay ninguna forma de que la verdad sobre esta siniestra familia se descubra de un modo orgánico, mediante la acción. Pero el autor necesita contarlo igualmente, porque es la única manera de desatascar la historia y llegar la final, que es evidente que tiene muy claro cuál debe ser. Así que no tiene más remedio que anteponer la necesidad del relato a la lógica interna. Como necesita contar una serie de cosas… las cuenta. Interrumpe el relato principal en el presente, rompe con el narrador en primera persona e introduce un narrador en tercera omnisciencente inexistente hasta el momento, que nos desgrana con pelos y señales TODO lo que necesitamos saber para que el final tenga sentido. Llegado a ese punto, a mí no me importa que lo que cuente sea más o menos truculento, sorprendente, o coherente con todos los indicios que nos han ido mostrando; la forma en la que se presenta todo es tan burda, tan poco imaginativa, que me saca por completo. Había una alternativa, igualmente burda, pero seguramente con un efecto menos violento, porque no habría supuesto una ruptura de la diégesis: que todo esto lo contara el abuelo cuando va a denunciar la situación a la comisaría. El final, en el que la realidad irrumpe en el ambiente de folletín dickensiano simbólicamente —la policía viste como corresponde a su época; los abuelos del protagonista parecen, en cambio, personajes victorianos— es interesante y adecuado, pero llega después de ese corte abrupto con la lógica interna.

¿Por qué decía al principio que a veces los errores nos enseñan más que los aciertos? Porque leyendo La favorita se demuestra que no es suficiente con tener una buena historia: hay que ser muy consciente de que la forma en la que la contamos también es discurso, y está íntimamente ligada al contenido. Y si se descuida la forma, todo el edificio puede venirse abajo. Tal vez habría sido mejor dejar cosas en el aire, no explicarlo todo, dejar que el lector especulase con el motivo de la detención policial, o que simplemente supiéramos que el protagonista fue objeto de un secuestro, sin desarrollarlo más. O dosificar más la información a lo largo del libro. No lo sé ni pretendo saberlo, por supuesto; sólo estoy especulando. Estoy entrando en el terreno de las obras no escritas, y únicamente puedo juzgar La favorita que se ha hecho y cuáles, desde mi punto de vista personal, son sus problemas.


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