Los ángeles de María, de Roberto Bartual y Julián Almazán

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Los ángeles de María de Roberto Bartual y Julián Almazán funciona muy bien como entretenimiento, y como sátira —a veces cruel y a veces cariñosa— tanto de una España tardofranquista donde la Iglesia más reaccionaria y los usos sociales retrógrados seguían vigentes como de todo el fenómeno paranormal que alcanzó su pico de popularidad en esos mismos años —seguramente, no por casualidad—. También funciona tan fantásticamente como Dramáticas aventuras, el fanzine en el que ambos autores colaboran, como remezcla pop-castiza de muchos elementos tanto de la cultura adoptada —la americana— como la propia, rara vez codificada en términos pop. En sus páginas el brazo incorrupto de Santa Teresa y la familia Franco se mezclan con los inevitables nazis, aliens grises o los superhéroes. Y el inefable padre Pilón, líder del grupo Hepta, jesuita e investigador de sucesos paranormales: lo más parecido a un profesor Xavier que hemos tenido en España, como verdadera estrella de un show grotesto dibujado con mucho acierto por Almazán con un ojo puesto en Bruguera y otro en South Park. La historia de tres niños a los que se les aparece la virgen para dotarlos de poderes que pasan a estar bajo la tutela de los servicios secretos jesuítas y son adiestrados por el padre Pilón —y su wild pack de monjas particular— es un desmadre loquísimo y muy divertido.

Sin embargo, lo que más me ha interesado de este librito con apariencia de novela de a duro de tiempos antiguos es el juego constante entre realidad y ficción. O, por decirlo de otro modo, entre verdad y mentira, que es en realidad el mismo juego que llevamos jugando desde la transición, fundamentada en mitos y realidades por igual, y con demasiados hitos envueltos aún en la niebla del secreto oficial. Bartual acierta al sustentar ese juego en lo transmedia, porque el medio es el mensaje, y esa ambigüedad que persigue se logra del modo más efectivo al presentar el relato en soportes verídicos: noticias aparecidas en periódicos, documentos oficiales y páginas de publicidad. Todo ello se intercala con las páginas de cómic y con otro juego referencial, un fragmento de una novela protagonizada por los tres niños con poderes católicos escrita por Enid Blyton, pero en realidad el conjunto forma un relato con una narrativa lineal, que, simplemente, adopta el formato más adecuado para transmitir la información necesaria en cada momento.

El resultado de esta estrategia es que cuando lees Los ángeles de María no sabes si te estás riendo de algo inventado o de algo que sucedió realmente. ¿Cuántos de los recortes de prensa que aparecen están manipulados? No lo sabemos. El cómic es un simulacro, una farsa que nos recuerda que, en realidad, todo lo es: lo que leemos en la prensa seria también puede serlo. De hecho, precisamente el componente cómico y/o falso de ciertas noticias se revela de un modo mucho más contundente cuando se insertan en un tebeo con un aspecto deliberadamente trash como éste, que abraza gozoso los códigos del cómic y la literatura de derribo y que ofrece un aspecto rudo, con fuentes tipográficas en los bocadillos chirriantes y montajes de imágenes que parecen de otra época.

En la entrevista al padre Pilón que se incluye, se destaca como titular la siguiente cita textual: «Es fundamenal saber distinguir el fraude de lo genuino». La carga irónica de semejante afirmación termina de redondear una lectura en la que, precisamente, es imposible saber distinguir el fraude de lo genuino. Quizá también lo sea para Pilón, inmerso en una conspiración dentro de una conspiración que concluye con un prometedor vistazo al futuro, unos posibles años noventa en el que, como no podría ser de otra forma, los ya adolescentes son dibujados a la Jim Lee. Me tomo esto como una promesa en firme sobre la continuidad del cómic en nuevas aventuras que sigan profundizando en nuestor pasado reciente, que, a veces parece que sólo revisitando en clave de farsa podemos llegar a comprender.


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