Peeping Frank, de Jim Woodring y Charles Barnard

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Las láminas en tres dimensiones son una de esas cosas que me hacen quedarme boquiabierto como un niño, al igual que me sucede con los libros de pop up. Por eso me hizo muy feliz la noticia de la publicación de Peeping Frank por parte de Fulgencio Pimentel, un libro de Jim Woodring y Charles Barnard que sumerge el universo del Unifactor en la magia de las 3D.

El libro tiene un evidente factor lúdico, de descubrimiento y asombro a cada plancha que observamos con las gafas que incluye el artefacto. Es un 3D alucinante, técnicamente impecable. No soy experto en la cuestión, pero no recuerdo ver un libro que emplee esta tecnología con tantos planos, unos volúmenes tan suaves como realistas, ni contrastes tan logrados. Barnard ha aplicado a las ilustraciones de Woodring un laborioso proceso —explicado en el propio libro— que consigue unos resultados espectaculares, que casi cuesta creer.

Pero hay un determinado momento en el proceso de lectura de estas imágenes en el que la sonrisa de maravilla se congela, porque, en realidad, lo que estamos observando es una colección de las pertubadoras visiones de Woodring. Sus personajes de sonrisa inquietante, el repugnante Manhog, las criaturas amorfas del Unifactor, la falta de empatía ante el sufrimiento que caracteriza a este mundo donde todo es posible. Con el agravante, además, de que no son historias, sino momentos congelados en el tiempo: no sabemos qué está pasando exactamente, ni cómo se ha llegado a esa situación. Incluso los momentos de calma, de descanso de Frank y sus amigos, están teñidos de es sensación que, sin darnos cuenta, hemos dejado que nos envuelva. Engullidos sensorialmente por el 3D que nos provoca un efecto de caída hacia la página, nos habíamos centrado en admirar la forma, de modo que bajamos las defensas contra el contenido infeccioso de sus páginas. El mayor poder de este libro es hacernos disfrutar como críos con las imágenes malsanas que siempre han caracterizado la obra monumental de Woodring. Puede que nos demos cuenta cuando un Manhog de tres caras nos mire directamente con una de ellas —saliendo de la página, por obra y gracia de la tercera dimensión—, o cuando Frank ría divertido mientras lo que parecen partes del cuerpo de alguna criatura anfibia se esparcen por el suelo. O tal vez cuando una miriada de pequeñas criaturas inunde la página, como si de una imagen de El Bosco se tratara, cada una de ellas con su propio volumen y posición en el plano.

Peeping Frank es un regalo. Un regalo envenenado, como los mejores, que complementa los cuatro volúmenes publicados hasta el momento por Fulgencio Pimentel, que plantea un acercamiento diferente al universo de Jim Woodring, igualmente perturbador y atávico, aunque se envuelva en la sofisticación de un 3D imposible de lograr sin herramientas informáticas. Acordaos de quitaros las gafas cada cierto rato si no queréis perderos para siempre en el Unifactor.


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