Picnic saturnal, de Peter Jojaio

picnic saturnal

Picnic saturnal (Apa-Apa, 2016) de Peter Jojaio, se lee en poco rato, pero su impacto permanece mucho tiempo. Inocular el desconcierto es una de las mayores virtudes de un autor aún joven (1988), que se mueve de un modo un tanto esquivo en el panorama de vanguardia, con colaboraciones en fanzines colectivos, alguna monografía autoeditada y, en mi opinión, dos grandes hits: «Mañana serás papá» en Tik Tok —por supuesto, no podía faltar en este portal— y «Tétanos», su historia incluida en Terry (Fulgencio Pimentel, 2014). Jojaio proviene de Bellas Artes y no está interesado en trabajar un solo estilo de dibujo, porque, como muchas otras figuras emergentes, ni proviene del cómic comercial ni le interesa llegar a él.

Por eso puede practicar un formalismo perfeccionista con «Tétanos» y luego ofrecer en este Picnic saturnal un dibujo caricaturesco engañosamente descuidado, en el que el color estridente —en la línea de un maestro de este campo como Tommi Musturi— refuerza la condición de irrealidad del relato, que comienza in media res, pero con un argumento conocido que permite que nos situemos: dos monitores y dos niños scouts, perdidos en el bosque y refugiados en una cueva. No sabemos cómo han llegado aquí, ni qué les pasa —y me refiero a qué les pasa psicológicamente—; el clima onírico, reforzado no sólo por el comportamiento errático de los dos adultos, sino también por los diálogos, carentes de lógica, nos envuelve desde la primera página.

En un primer momento, lo ridículo de la situación y la escatología de la primera escena nos hacen pensar que estamos ante una comedia un tanto burra: un torpe y fuera de forma monitor que resbala y cae sobre su propia mierda puede ser un humor muy burdo, pero sigue siendo humor. Sin embargo, Jojaio demuestra una habilidad admirable para dirigir su relato desde este arranque extraño pero banal, incluso podríamos decir tontorrón, como de comedia adolescente estadounidense, a una catarsis de violencia, fuego y muerte. Lo hace sin espacio, en poquísimas páginas, donde cada viñeta cuenta: pim, pam, pum. Lo hace sin desarrollo de personajes al uso ni una trama coherente; lo hace cmo se supone que no pueden hacerse las cosa si atendemos a las reglas clásicas, pero lo hace. Las últimas páginas profundizan en el tópico de la vuelta lo atávico del hombre civilizado al tomar contacto con la naturaleza, pero lo hace de un modo directo y, sobre todo gráfico: con las armas que da la imagen, sin necesidad de replicar la densidad literaria para transmitir ideas. Las imágenes, no debería hacer falta decirlo, también se leen y portan tanta información como la palabra.

Como decía al principio, Picnic saturnal se lee en un suspiro, unos pocos minutos que son como una descarga. No sabe a poco, ni deja con ganas de más, porque la locura que emanan sus últimas páginas —se atisba perfectamente en algunas viñetas de las mismas— perturba. Atrae, por supuesto, pero sabemos que no es buena idea acercarse. Al trabajo de Peter Jojaio, en cambio, uno tiene que acercarse todo lo que pueda.


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