Montaña de lecturas

La pila de lecturas pendientes de mi cuarto compite con la pila de reseñas pendientes, y el tiempo que tengo para hacer menguar ambas es limitado. Pero como siempre me da pena no escribir al menos unas líneas de títulos que me han resultado interesantes, voy a recurrir a uno de estos posts de batería de reseñas, porque no me da la vida para más.

maldita tesis

Maldita tesis (Grijalbo) de Tiphane Rivière lo comencé con escepticismo. Tenía todos los números para ser el típico tebeo sin chicha, más allá del reclamo del tema. Pero la verdad es que me lo he pasado muy bien leyéndolo. Se trata de una sátira bastante certera del mundo académico, y especialmente del tortuoso proceso de realizar una tesis, y compaginarla con el trabajo y la vida familiar y social. Rivière no es una grandísima dibujante, pero su estilo sencillo funciona en el marco de la historia que quiere contar, incluso a pesar de un color que no favorece el dibujo en absoluto. Tampoco lo hace la rotulación, con la típica tipografía genérica. Pero una vez salvas los escollos, la lectura absorbe y se disfruta. Acompañamos a Jeanne en su particular descenso a los infiernos, enfrentada a becas que son trabajos precarios encubiertos, a un director de tesis totalmente pasota —éste es, por cierto, mi personaje favorito—, a la incomprensión de la familia. E incluso tiene giros oscuros, como la ruptura con su pareja, que sorprende por suceder en un contexto de comedia ligera con ciertos ramalazos de mala leche satírica. No sé si se disfruta igual si no se está familiarizado con el mundo universitario, eso sí, pero desde dentro, es una lectura muy interesante.

pura fórmula

¡Pura fórmula! (¡Caramba!) es la segunda recopilación del trabajo de Paco Alcázar para Cinemanía. No puedo evitar quitarme el metafórico sombrero ante el compromiso de Alcázar con esta colaboración, en la que constantemente introduce nuevos elementos y miniseries. No es nada fácil innovar en tan poco espacio y con una temática tan cerrada, pero el autor lo logra, muchas veces saliéndose por la tangente. Es decir: introduciendo unas gotas de su humor más loco e ilógico, el que está empezando a ganar cada vez más espacio en su producción, sobre todo en «La fábrica de problemas», su sección en Orgullo y Satisfacción. El desconcierto y locura de «¡Pura fórmula!», que describe la sinopsis de una imaginaria fusión de dos o más películas, «Preguntas raras» o «¡Desaparecieron en el montaje!» son maravillosos. Y demuestran que Alcázar puede simplificar su estilo de dibujo hasta lo icónico sin perder nada de gracia, o incluso prescindir de dibujar personajes y basar el gag en sus textos, para los que está especialmente dotado. No me extiendo más, porque no quiero repetir lo que ya dije con motivo de la publicación del primer libro, La industria de los sueños (¡Caramba!, 2012), pero valía la pena subrayar que la sección no para de mejorar. Alcázar es uno de los grandes de hoy en día, y lo demuestra en cualquiera de sus colaboraciones.

shof

De desconcierto e ilógica tiene mucho Shof (Libros de autoengaño, 2016), de Morbix, uno de esos autores de humor rápido y contundente que han crecido en la red, con pequeñas píldoras de confusión y locura, con Mierdecitas o Miguel Noguera como principales referentes. Su dibujo, de líneas limpias, rebosa frescura y se inserta en las corrientes más novedosas del cómic. Y en cuando a su contenido, lo que encontramos es una colección de situaciones sorprendentes, ideas comunes a las que se les da la vuelta y referentes de la cultura más inmediata. El giro es el recurso clave en muchas de las viñetas. Me gusta mucho, sobre todo, la forma en la que emplea los textos y las flechas  para apuntillar, para añadir una explicación a la imagen o para negar lo que el texto oficial —siempre en azul— nos anuncia. Es un librito muy divertido, de los que gusta hojear sin orden de vez en cuando para sonreír. Y tiene alguna perla del absurdo, como la historia del moco que se solidifica, o la abuela que asocia todo lo joven con la tecnología.

sidetrack_city

Sidetrack City (Autsaider Cómics, 2016). Son palabras mayores. Kaz es un autor estadounidense al que yo he empezado a leer y apreciar gracias a la labor de recuperación de Autsaider. En Submundo (2012) y Submun-dos (2015) encontramos maravillosas y oscuras historias cortas, gag negros y personajes loquísimos, en Sidetrack City se ofrecen historias más largas, más estructuradas, dentro de la locura habitual. Kaz puede alcanzar cimas poéticas, surrealistas, donde lo lisérgico —Kaz fue consumidor habitual de LSD— tiene una presencia destacada. En ocasiones, sus composiciones geométricas y sus máquinas y ciudades imposibles recuerdan al cubismo. La libre asociación de ideas aplicada a estos intentos de historias coherentes dan resultados inesperados, pero casi siempre excelentes. Leer este libro es sumergirse en un mundo de simbología oscura, con su propia (i)lógica, poblado de personajes hechos a piezas, extraños, cuyo aspecto exterior refleja la moral alienígena. La mayoría de las historias están ambientadas en ciudades sucias y despiadadas, tal vez posapocalípticas, y los personajes que las pueblan sólo quieren sobrevivir o entregarse al puro placer. A su manera, Kaz ha conseguido un universo personal casi tan rico y complejo como el de Jim Woodring, que aunque no emplee palabras, no veo tan lejos de Kaz como pueda parecer, a pesar de que, creo, los referentes de éste son más inmediatos en el tiempo, por ejemplo la animación clásica americana, que sabe llevar más allá de la clásica descontextualización y subversión del underground, del que Kaz es hijo, obviamente.

«La tragedia de Satán» es una pequeña joya que cuenta los intentos del señor del infierno por conquistas a una mujer, lo que provoca el deterioro deel averno, porque, como todos sabemos, el infierno se vendrá abajo cuando el diablo tenga un corazón. Pero «Sidetrack City» es la mejor pieza, sin duda: una auténtica epopeya urbana en tres actos protagonizada por Bizmark, una criatura que un día sale de casa y se embarca, sin pretenderlo, en una búsqueda metafísica, en la que religión y lisergia son una misma cosa, y lo alucinado tiene tanto valor como lo real.

epigrafías

Epigrafías es otro librito publicado por Libros de autoengaño recientemente (2015), obra de Carla Berrocal, que da rienda suelta a la improvisación para contar una historia inspirada por la poeta Natalie Clifford Barney. No la conocía, pero a partir de la lectura de Epigrafías he investigado un poco y descubierto a una figura cultural clave de su tiempo, y una mujer lesbiana que nunca ocultó que lo era, y que escribió sobre ello. El libro de Berrocal, dibujado con manchas y trazos rápidos —con los que consigue muy buenos resultados—, no es una biografía, sino una visión lírica y sentimental de sus romances y obras, entrelazados siempre en escenas íntimas muy logradas. La espontaneidad de la improvisación logra una atmósfera irreal, maleable, perfecta para la evocación poética.

historia de iván

Bandaàparte publicó en 2015 Historia de Iván, de Andrés G. Leiva, un autor esquivo, que ha publicado algunas obras en los últimos años —Evelyn (Sins Entido, 2009), por ejemplo)—, pero que se ha mantenido siempre en un plano discreto. Esta historia tiene unos veinte años, y responde por tanto a su época. Muchos de sus rasgos y tics son los que el cómic de autor manejaba en España a finales de los noventa, cuando gente como Juan Berrio, Javier Olivares, María Colino, Fermín Solís o Pablo Auladell publicaban como podían en pequeñas ediciones autoeditadas. De hecho, Auladell guarda no pocos puntos artísticos en común con Leiva. Historia de Iván es un relato sórdido y negro, protagonizado por un psicópata, que leído hoy puede sonar a leído muchas veces, pero que en su momento seguramente fue más novedoso. Leiva recurre a técnicas variadas, y se aprecia muy bien su evolución en estas páginas. Cuenta el autor que no tenía guión previo y fue dibujando sin ver muy bien a dónde le llevaría la historia, lo cual genera una sensación de incertidumbre que funciona bien. Lo mejor es la ambientación: oscura y sucia, una ciudad sin piedad, agobiante y opresiva —los edificios que dibuja Leiva parecen siempre, gracias a las perspectivas que escoge, a punto de venirse abajo y devorar a los personajes. El libro, excelentemente editado y sin lujos innecesarios, ofrece una gran cantidad de material adicional y textos que contextualizan la obra.

malaria

Y finalizo con un cómic que he tenido el gran placer de prologar: Malaria, de Jali. Publicada, como el resto de su obra, por Astiberri, esta novela gráfica me ha alegrado mucho, porque supone el reencuentro con un autor que siempre me ha gustado mucho, y que ha seguido su propio camino desde los noventa hasta ahora, adaptándose al formato largo imperante en el mercado pero sin renunciar a su mundo y su estilo. En Malaria Jali recrea bajo sus propios términos el clásico de L. Frank Baum El maravilloso mago de Oz. Tras una maravillosa portada, nos aguarda la historia de una niña muerta que acompañada de un cangrejo con la capacidad de interferir en los elementos extradiegéticos del relato, que inicia un viaje tras morir para intentar regresar a casa. La soledad, la marginación y la muerte, que son los grandes temas de Jali, están aquí tratados con un tono lírico y un sentido del humor engañosamente amable, que incluso recurre al slapstick si hace falta. Creo que es, además, la obra mejor dibujada por Jali: su estilo basado en los grises, y en la línea fina pero dura, brusca, más recta que curva, brilla con una personalidad propia, que sigue remitiendo a sus maestros pero ha seguido avanzando. Esos diseños de criaturas enjutas y alargadas, siniestras e intrañables, son únicas. Espero que no tardemos en ver la siguiente obra de un autor único.


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