Sordo, de David Muñoz y Rayco Pulido

raycopulido12

Hace unos meses pude leer pude leer Sordo, de David Muñoz y Rayco Pulido, publicado por De Ponent en 2008. Se trata de la historia de un maqui en la inmediata posguerra, que se echa al monte y sobrevive como puede, haciendo visitas furtivas al pueblo donde vivió, y esquivando a la guardia civil. La novedad, el punto diferencial con respecto a otras obras con la misma temática y ambientación, es el hecho de que el maqui se queda sordo, y eso conlleva toda una serie de implicaciones formales que hacen de este cómic una obra muy interesante.

Con Sordo creo que sucedió lo mismo que con Miedo, del propio Muñoz, Antonio Trashorras y Javier Rodríguez (Glénat, 2003), Wake up de Rodríguez (Glénat, 2002), las dos primeras entregas de El vecino de Santiago García y Pepo Pérez (Astiberri, 2004 y 2007), o, en cierta medida, a Malas tierras de Sergio Córdoba (Astiberri, 2004 en adelante). Se trata de obras de transición, de búsqueda de un modelo propio para exponer cosas raras veces contadas en el cómic comercial. Andan buscando su propio camino, que intentan encontrar en el álbum de estilo francobelga, primero, y después comienzan a ensayar en obras de mayor envergadura, hasta que se da con la tecla de la novela gráfica; García, por ejemplo, ha comentado como él y Pérez se dieron cuenta de que debían abandonar el formato de álbum europeo en la tercera entrega de su serie. Tal vez por eso muchas de estas obras han quedado un tanto olvidadas; por eso, y porque algunas pertenecen a editoriales ya cerradas, o que han derivado a un perfil bajo que no permite muchas alegrías en cuanto a difusión, reedición o publicitación de las obras.

Todo esto es importante, más allá de una mera cuestión comercial. El formato implica extensión, y la extensión no es una cuestión baladí en el cómic. Esas cuentas de algunos aficionados, según las cuales diez cómics de veinticuatro páginas son «lo mismo» que una novela gráfica de doscientas cuarenta, nunca han funcionado. No puedes contar lo mismo, ni estructurarlo de la misma manera, ni con la misma intención. Así que hay que entender que la aparición y consolidación de la novela gráfica permitió contar cosas que no tenía sentido contar en otros formatos. No es lo mismo planificar una obra larga como una unidad narrativa y coherente, que verá la luz de una sola vez, en un libro con principio y final, que plantearla como una serie que aparecerá durante ocho años, a razón de entregas mensuales de entre seis y ocho páginas —entregas que, además, deberán refrescar la memoria del lector en su principio y ofrecer cierta sensación de intriga en su final, para incitar a buscar el siguiente capítulo—. Esto no es solamente algo que opine yo: muchos autores de la generación que tuvo que hacer esa transición entre modelos hablan de la dificultad de abordar una obra larga, de aprender su reglas y generar nuevas herramientas.

Pero me estoy desviando del tema demasiado. Lo que yo quiero es escribir sobre Sordo, una obra singular, que merece ser recordada por sus propios méritos. Tiene tan sólo sesenta y cuatro páginas, de modo que podría considerar un álbum gordo, pero, en realidad, maneja una densidad narrativa que nada tiene que ver con un álbum clásico, en el que tienden a pasar muchas cosas. Aquí no pasa casi nada, pero en realidad pasa todo: pasa lo más importante. Sólo hay un personaje relevante: el maqui, Anselmo. Los demás entran y salen, en función de sus contactos con él, y nunca llegamos a saber mucho de ellos ni de sus intenciones, porque todo lo percibimos a través del protagonista. De hecho, lo más llamativo de este cómic es que cuando le sobreviene la sordera, culpa de una explosión, deja de haber diálogos: sólo los recuperamos en un sueño de Anselmo. Entonces nos damos cuenta de lo complicado que es narrar sin palabras, a través puramente de lo gráfico, y, por supuesto, también queda claro que el trabajo del guionista va mucho más allá de escribir los textos del cómic. Sordo se convierte así en un excelente ejercicio narrativo, donde entendemos lo básico, aquello que no necesita de palabras porque pertenece a lo atávico, a aquello que conecta con nuestra parte animal: la caza, la lucha por la supervivencia, la búsqueda de guarida ante el frío. Por el contrario, todo aquello que se enmarca en el ámbito social, las relaciones con otras personas, queda desdibujado, ambiguo, porque Anselmo, privado del oído, ha visto mermada su capacidad de entender el mundo. Encerrado en sí mismo, pierde poco a poco asidero con la realidad, hasta que ver a su mujer fornicando con un guardia civil termine de colmar el vaso de la locura. Y, sin embargo, no terminamos de saber nunca si sus sospechas paranoicas responden a la realidad o no: sólo podemos suponerlo.

Rayco Pulido, que es un dibujante brillante, siempre en evolución, realiza un gran trabajo, con el que dota al monte de una cualidad espectral. La nieve le permite explorar el potencial que tiene el no dibujo: el espacio en blanco. Y su blanco y negro, que coquetea con guiños a Toth, Miller o Muñoz y Sampayo, tiene una cualidad gráfica epidérmica, un subrayado de su naturaleza de puro dibujo: la mancha de tinta, el golpe de pincel y el rayado del rotulador siempre son visibles, no están ocultos. El dibujo es dibujo, y no imitación de la fotografía o el fotograma, y Pulido es un autor que siempre ha gustado de explotar las posibilidades y efectos que sólo permiten las herramientas del dibujo, pero, además, también es un dibujante que no parece temer salir de su zona de seguridad y arriesgarse. El Rayco Pulido de Sordo es un autor de treinta años que realiza su primera obra de esta extensión, y eso, en alguna ocasión puntual se nota, aunque su talento sea evidente.

Tras la realización de Sordo, los dos autores han seguido caminos muy diferentes. Pulido ha publicado varias obras en solitario, la sorprendente, experimental y casi total e injustamente olvidada Sin título (2008-2011) (De Ponent, 2011) y la más conocida Nela (Astiberri, 2013), hasta el momento su mejor obra larga, en la que su evolución lo lleva a una línea sintética casi perfecta. Por su parte, Muñoz se ha centrado en el mercado francobelga, donde mantiene series como La mansión de los susurros, con Tirso Cons (Dolmen, 2012) o Tierra de vampiros, con Manuel García (Yermo Ediciones, 2014-2015), en las que se adapta al formato predominante en la industria vecina. son trayectorias divergentes, lo cual no impedirá que vuelvan a colaborar juntos en el futuro.


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