Los dos amigos, de Andrés Magán

los dos amigos

La colección Fosfatina 2000 lleva más de un año dándonos muchas alegrías. En sus páginas, la pequeña editorial viguesa Fosfatina está reuniendo a lo más destacado del cómic español de vanguardia. La vanguardia formalista ha llegado algo tarde a España, quizá porque en los setenta y ochenta, salvo excepciones, el cómic adulto enfocó sus esfuerzos a un tipo de experimentación que no se alejaba, en realidad, del paradigma academicista. Pero la última generación de autores españoles se está desarrollando en un caldo de cultivo en el que las barreras internacionales se diluyen: no hace falta recurrir a la tradición nacional porque, hoy, cualquiera puede tener acceso a casi cualquier obra que se esté desarrollando en otro mercado. A eso hay que sumarle, por supuesto, un fenómeno cada vez más frecuente, que tiene que ver con la disolución de barreras entre disciplinas artísticas. Muchas de las firmas de Fosfatina —y otras, claro— provienen de medios que siempre se han considerados ajenos al cómic, como el diseño o el arte de galería. Cada vez aparecen más autores que han cursado Bellas Artes, lo cual tiene mucho que ver con la amplitud de referencias y la rupura de códigos del cómic comercional tradicional. Seguramente era necesaria la aparición de esta generación de autores que no han sido lectores compulsivos de ese tipo de tebeos para romper con la narratividad como valor absoluto del medio, con la predominancia de la buena historia y los personajes, pero también con el dibujo figurativo. Hoy podemos encontrar a varios autores que practican un cómic que podemos llamar abstracto con toda propiedad, y la autoedición y los fanzines ofrecen todo tipo de experimentos artísticos que rompen con todo lo que mucho aún consideran consustancial al medio. Y no sólo eso, sino que obras que hace muy poco tiempo resultaba inconcebible encontrar fuera de ese circuito hoy son publicadas como libros con tiradas de novela gráfica. Por ejemplo, Sirio de Martín López Lam (Fulgencio Pimentel, 2016), Dios ha muerto de Irkus (M) Zeberio (Bang, 2016) o Gran bola de helado de Conxita Herrero (Apa Apa, 2016).

Pero aquí habíamos venido a hablar de uno de los últimos títulos aparecidos en Fosfatina 2000: Los dos amigos, de Andrés Magán. Impreso en risografía, como toda la colección, se trata de uno de los títulos que mejor aprovechan las posibilidades de la técnica, al combinar difuminados con masas de color saturadas de tinta y con la característica línea sucia de la riso. En Los dos amigos Magán mantiene la línea estilística que ya mostró en el magnífico Cuento del niño bueno / Cuento del niño malo (Linterna mágica, 2015), un registro formalista muy influido por Olivier Schrauwen, que bien puede ser, junto a Yuichi Yokoyama, el autor de cómic de vanguardia más importante e influyente del momento. El cómic de Magán, quizás el mejor que he leído suyo hasta el momento, toma del belga sobriedad narrativa antes que su ironía, y también su manera de representar la figura humana. Pero, sobre todo, el hilo que conecta a ambos, y no sólo a ambos, es la forma en la que representan la percepción subjetiva a través de lo gráfico. Por ejemplo, cuando el personaje principal nos explique que a su acompañante lo veía únicamente «por el rabillo del ojo», Magán lo representará como una silueta humana de color rojo.

El cuadernillo está dividido en dos partes bien diferenciadas. En la primera, un personaje desarrolla un monólogo en el que explica que el citado acompañante se ha esfumado sin dejar más rastro que un conjunto de objetos que aparecieron en el suelo perfectamente ordenados, y que el protagonista recogió. Por supuesto, las ocho páginas por las que se extiende la secuencia son innecesarias desde estándares narrativos conservadores: el texto podría comprimirse en bocadillos más poblados, los objetos podrían dibujarse una sola vez, etcétera. Pero la intención de Magán, como decía al principio de este texto, no es tanto contar una historia como generar un conjunto de sensaciones, sugerir un misterio nunca resuelto, para lo cual es preciso un ritmo determinado, que sólo puede lograrse con la fragmentación adecuada. Los objetos —una llave, una cuerda, unas canicas…— ejercen en nosotros una fascinación magnética: no sabemos qué son, qué significan o de dónde vienen.

El personaje termina su diálogo con alguien a quien nunca vemos, que será el depositario de los objetos y de una hoja seca que cayó sobre ellos justo después de que el misterioso acompañante desapareciera. Y acto seguido, nos sumergimos en páginas totalmente diferentes, que aprovechan el difuminado de la risografía como si fuera un sfumatto que nos desubica: vemos un paisaje natural, sí, pero podría ser real, o simplemente un sueño. Lo que está claro es que la belleza de estas páginas salta a la vista. El contraste entre la figura roja, una masa de contundente color que se pasea por el paisaje, y el suave verde de éste, genera un efecto impresionante, que logra imágenes de las que se graban indelebles en el ojo.

Pero no nos solventa nada, evidentemente. Los dos amigos no ofrece respuestas, no sabemos quién era ese personaje, ni dónde va, ni qué son los objetos que dejó tras si desaparición, si es que los dejó él. No importa, claro. Magán puede que no practique una abstracción narrativa tan marcada como la de Begoña García-Alén o algunos trabajos de José Ja Ja Ja, sus historias tienen una cierta coherencia, pero no dejan de ser pretextos, símbolos poderosos.

Dada la edad temprana de esta generación de autores —casi todos nacidos en la segunda mitad de los ochenta o principios de los noventa—, es perfectamente normal que encontremos diferentes ritmos de maduración. Alguno ha deslumbrado desde el primero momento con sonoros puñetazos sobre la mesa en forma de obras ya muy redondas, mientras que otros han ido experimentando, buscando una voz con la que sentirse a gusto. Creo que Magán pertenece a este último grupo: desde trabajos como Griza Zono (Fosfatina, 2014), donde parecía más influido por el cartoon clásico americano o la reformulación del mismo de autores como Jim Woodring o Kaz, pasando por un prometedor Optimización del proceso (Ediciones Valientes, 2015), hasta Cuento del niño bueno / Cuento del niño malo y el propio Dos amigos, donde ha alcanzado ya una madurez y un dominio de sus propios temas muy destacable. Está partiendo de la influencia de Schrauwen para desarrollar un lenguaje propio, críptico y fascinante.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s