Cuatro lecturas recientes

Vamos con un repaso a algunas lecturas recientes, para amenizar las largas horas veraniegas.

profecía del armadillo

La profecía del armadillo (Reservoir Books) es, si no me equivoco, el primer cómic de Zerocalcare publicado en España. Se trata de un autor superventas en su país, que lleva ya varias obras de corte humorístico y autobiográfico, aunque se intuye una reelaboración importante en la manera en la que expone sus vivencias. De este libro me interesa, sobre todo, ver qué está pasando en un país como Italia, de donde es originario Zerocalcare, con un tebeo que aún podemos llamar popular relativamente sólido, los de Bonelli, que se centran en géneros clásicos. La profecía del armadillo viene a demostrar que allí, como aquí, también hay un público abundante interesado en los cómics de humor —o con humor—, que cuenten cosas cotidianas pero con una mirada humorística. Zerocalcare está contando su experiencia, y sabe que el secreto es que ésta no tiene nada de particular: es común a la de toda su generación. Y de esa condición proviene su enorme éxito. Respecto al contenido, me ha parecido irregular: alterna partes interesantes y con nervio con otras casi transitorias. Aunque le reconozco el ingenio para los diálogos, y algunos gags me han hecho sonreír, su dibujo titubea demasiado —aunque, esto hay que decirlo, hablamos de un primer cómic hecho hace más de cinco años—, en esa especie de mezcla del dibujo cartoon y la confesa influencia de Akira Toriyama —a través de la cual, curiosamente, llega a un estilo muy parecido al de Nacho Fernández, aunque no tan sintético—. También he de decir que cada vez conecto menos con los cómics que presentan a un personaje muy desastre, que se lamenta constantemente de que no ha hecho nada con su vida y se cuece en su propio caldo, porque una cosa es presentarte a ti mismo como un tarao —que está muy bien— y otra muy diferente es esta especie de autojuicio que se antoja, en realidad, autoexculpatorio. Por otro lado, creo hay que darle un par de vueltas ya a algunos recursos típicos de algunos cómics autobiográficos. Hablo, claro, del alter ego del armadillo, el recurso tan agotado ya de la voz interior personificada en un animal, un objeto o lo que sea, con el fin de que el protagonista pueda dialogar consigo mismo o con su conciencia y evitar el monólogo interior. Todo puede usarse desde puntos de vista nuevos, y, de hecho, en muchas ocasiones hay radica el acierto —pienso en lo que hizo Esteban Hernández en Spleen (autoeditado, 2013)—, pero aquí tenemos un ejemplo de manual, de voz interior desvergonzada, hiriente y golferas, que pervierte al propio protagonista y lo lleva al lado oscuro, a la abulia y a los malos hábitos. Por supuesto, el objetivo del autor se cumple: el armadillo no falla. Pero es un camino mil veces transitado en todos los medios, y yo, personalmente, creo que ya se ha convertido en un cliché.

golem

Curiosamente, Golem (Sapristi) también es obra de un italiano, Lorenzo Ceccotti. En este caso, también tenemos un ejemplo de cómic contemporáneo de éxito en Italia, aunque las coordenadas sean muy diferentes: estamos ante una historia de ciencia ficción de corte juvenil. No abundan, por eso resulta doblemente interesante su lectura. Lorenzo Ceccotti plantea un futuro de pasado mañana en el que la democracia ha sido suplantada por los mercados, en los que hasta los sueños tienen espónsores y es posible comprar productos casi con un único pensamiento. Es un futuro de chicle y neón, que toma elementos de muchos otros que se imaginaron antes, pero también añade cosas nuevas, hasta plasmar un lugar saturado de consumo e información, donde la gente está conectada las 24 horas y todo está totalmente controlado y automatizado. Es una distopía ciberpunk, que al mismo tiempo es relato iniciático y adolescente. El dibujo de Ceccotti bebe directamente del manga más espectacular. Minucioso en los detalles y especialmente preocupado por la acción, consigue un resultado visualmente potente y atractivo para los adolescentes a los que debería ir dirigido un tebeo así. Golem planta ideas interesantes sobre la mesa y genera debates que más que indagar en el futuro, se revelan como muy del presente. A medida que avanza la trama, Ceccotti va descubriendo unas cartas que no por conocidas de sobra resultan menos acertadas: el mesianismo de origen científico, el apocalipsis capitalista y el renacer material y espiritual. También es más evidente hacia el final que Golem bebe de y reverencia a Akira; no es la única obra reciente que lo hace —pienso en la conclusión de Aama (Astiberri, 2015) de Frederik Peeters—, y me pregunto si ese interés en el clásico de Otomo no tendrá que ver con la crisis permanente que vivimos. Tal vez esa inspiración lleve a Ceccotti a un problema que no resuelve del todo bien: la narrativa a la Akira precisa de seiscientas páginas para desarrollar debidamente ciertas cosas, sobre todo, los personajes. Golem se hace corto, vemos poco a unos secundarios que lo tienen todo para ser emocionalmente importantes para el lector, y nos precipitamos al final demasiado pronto. Es verdad que la duración extensa favorece el embrollo y la aparición de paja en muchos mangas, pero un término medio habría reforzado mucho a un cómic de por sí potente como Golem.

glenngould

Normalmente no me interesan demasiado las biografías en cómic realizadas de un modo canónico, con un fin casi didáctico, si no vienen refrendadas por algún nombre potente. Sin embargo, Glenn Gould. Una vida a contratiempo (Astiberri), de Sandrine Revel tiene muchos puntos de interés. El primero, el personaje, claro: Gould era fascinante. El segundo, la narración elíptica, atemporal, en la que ni un solo cartucho de texto nos sitúa en el año en el que suceden los hechos; sólo el aspecto del protagonista lo hace. Y por último, en excelente dibujo de Revel, atípico para estos casos, minucioso pero con un toque de caricatura. Es verdad que hay momentos en los que los diálogos sacrifican la naturalidad oral para ofrecer información al lector, de un modo demasiado artificioso, pero esos momentos torpemente didácticos se compensan con algunas páginas fantásticas, en las que Revel se suelta y se olvida de la densidad narrativa propia de la típica biografía en cómic para entregarse a ejercicios de estilo donde representa actuaciones de Gould, centrándose en sus manos, moviéndose en una sucesión de pequeñas viñetas sobre el teclado del piano. Me encanta el resultado.

Mameshiba

Por último, tenemos Mameshiba (Dehavilland), el último cómic de Cristian Robles. Se publica en el sello La mansión en llamas de la editorial, que ofrece cómics de extensión media —éste tiene 56 páginas— en rústica y a precios asequibles. Es una plataforma perfecta para que autores que como Robles —o Anabel Colazo y Álex Red, también publicados en este formato— están aún en formación y en el proceso de hacerse un nombre puedan medir sus fuerzas sin embarcarse en proyectos de cientos de páginas. Robles mejora su dibujo a cada obra, es evidente, sintetizando las poderosas influencias de la animación moderna, Dave Cooper y, sobre todo, Michael DeForge, en un lenguaje propio: por ejemplo, su puesta en escena está ya bastante alejada de la de aquél, aunque las figuras todavía conserven esa línea geométrica tan característica. En Mameshiba también construye un universo irreal, configurado en una clave pop loquísima. Pero es importante darse cuenta de que aquí lo pop no tiene nada que ver con lo que realmente llamamos pop, y que no deja de ser una recuperación nostálgica de las cosas que eran pop cuando la generación de los treinta y tantos era pequeña. No, nada de eso: Robles es joven y está hablando de sus intereses, de las cosas que ahora ocupan su ocio… de su mundo, en suma. Leyendo Mameshiba me he sentido viejo, porque me doy cuenta de que ése ya no es mi mundo; no conecto con él, no me emociona. Por supuesto, puedo hallar solaz en el aspecto formal, fantástico, o en el humor, siempre presente en su trabajo, pero el resto tengo que admirarlo desde cierta distancia. Se trata de una historia de raperas que se enfrentan en campeonatos por ver quién es la mejor improvisando. Bunny, la protagonista, conoce a Mameshiba, una alubia verde que es la campeona mundial de rap, y que bajo una apariencia kawai es un mal bicho. Lo mejor: el final loco y desenfrenado, donde Robles se desata en lo gráfio y derriba las pocas barreras que mantenían la narración en algo parecido a nuestra realidad.


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