La ternura de las piedras, de Marion Fayolle

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Tras Los traviesos (Nórdica Cómic, 2015), esa colección de estampas eróticas que parecían dibujadas siguiendo el método paranoico-crítico, Nórdica se anima con una nueva obra de la francesa Marion Fayolle, La ternura de las piedras. Se trata de un libro narrativo de gran formato —un cómic sin género de dudas, para los que se ponen nerviosos si algo no está debidamente categorizado—, en el que la autora plasma una visión sobre hechos reales simbólica, sugerente y muy estimulante. El punto de arranque es la enfermedad del padre, que comienza con la extirpación de un pulmón y termina con la única consecuencia posible de algo que no se define nunca pero que, parece claro, es un cáncer. La novela gráfica reciente tiene muchos y buenos ejemplos de artistas que utilizan el cómic para gestionar un trauma familiar, y no pocos de ellos recurren a acercamientos simbólicos para retratar algunos aspectos del mismo. Sin embargo, creo que no había leído nunca una obra tan sorprendente en esto como La ternura de las piedras. La inspiración surrealista que también se rastreaba en Los traviesos sirve aquí para desarrollar una alegoría completa y funcional en lo narrativo, que explica todo el proceso de la enfermedad del padre a través de los ojos del resto de la familia, y de Fayolle en particular. No importa tanto cómo dicha enfermedad afectaba al padre, sino lo que suponía para el resto de la familia. Fayolle se centra, sobre todo, en la manera en la que la identidad de ella, su madre y su hermano se transforma: se convierten en cuidadores, en personas que prestan boca, manos y piernas —literalmente, en el dibujo de Fayolle— a un padre que ha sufrido un retroceso a la infancia, porque en buena medida un enfermo terminal tiene las necesidades de un infante.

Fayolle alterna ilustraciones a toda página con secuencias narrativas que remiten, como bien señala Isabel Cortés en su artículo y entrevista para Rockdelux n.º 352, a la representación no naturalista del arte anterior al renacimiento. En efecto, hay algo de códice medieval en muchas de las páginas del libro, incluso en la distribución de los textos —igualmente simbólicos—. El dibujo de Fayolle, ligero y sintético, con figuras casi siempre de perfil, refuerza aún más este aspecto, que transmite una sensación directa: desprovisto de artificios, de primeros planos sentimentales o de cualquier otro recurso gráfico que subraye el dramatismo, todo nos llega gracias solamente al poder icónico del dibujo y a la reflexión indirecta de un texto que está hablando de algo muy doloroso y que interpone un filtro entre ello y el lector del que surge, brillante, una obra única.

He hablado antes de la sencillez del dibujo, pero, en realidad esto tiene que ver sólo con el resultado final; se nota un cuidado extremo en el apartado gráfico, que Fayolle desarrolla antes que los textos. Primero dibuja poderosas imágenes que traducen sus recuerdos a su propio lenguaje surrealista, y después las acompaña con sus textos, algunos fantásticos. Hay secuencias, como la de los hombres de blanco que invaden el hogar familiar (pp. 77-85), estremecedoras. Otras, como el préstamo de diferentes partes del cuerpo de Fayolle a su padre (pp. 65-69), son un brillante ejercicio de fragmentación de la información y secuenciación del movimiento, tan sofisticado como para descubrir que aunque Fayolle pueda recurrir a veces a fórmulas de inspiración medieval, es en el fondo una autora de vanguardia. Precisamente por hacerlo lo es, de hecho.


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