¡Distorsión!, de Manel Fontdevila

distorsión port

El pasado mes se publicó el segundo extra de Orgullo y Satisfacción, la revista de humor digital que lleva ya dos años en marcha, de un modo sostenible y viable para sus autores. En esta ocasión, el extra consiste en una recopilación de un solo autor: Manel Fontdevila, quien quizá sea el más reconocido de la plantilla de la revista. Fontdevila ha reunido casi cincuenta páginas aparecidas previamente en El Jueves, en las que habla de temas que le han preocupado en los últimos tiempos, tanto como para dedicarles un libro entero, el brillante No os indignéis tanto (Astiberri, 2013). En ¡Distorsión!, como en aquél, Fontdevila reflexiona en torno a la protesta, a la desobediencia y a los límites de las mismas. Por supuesto, el carácter breve de las piezas que componen este cómic no permite el nivel de profundidad en el análisis que alcanzaba en esa obra, pero se compensa con provocación, chispazos de ingenio, la preclaridad de la que suele hacer gala e incluso puntazos surrealistas, que no sólo señalan a los de arriba, sino que afean conductas a los de abajo.

No deja de ser significativo que ¡Distorsión! aparezca en un momento en el que, tras dos o tres años muy calientes, el volumen de protesta en la calle ha descendido considerablemente. Las causas de esto son complejas y no es este el lugar para analizarlas, pero seguramente el desencanto —que, tristemente, parece ineludible tras un periodo de lucha social activa— tenga algo, o mucho que ver. Por eso la lectura que hacemos en 2016 de estas páginas ha cambiado; en su contexto original, en 2014, eran una denuncia en clave de humor de la represión policial, y un espoleo para la batalla —no sólo simbólica— que se estaba disputando en el espacio público, es decir: nuestro espacio. Pero ahora, esta lectura se convierte en una experiencia triste, algo melancólica —«¡qué jóvenes éramos!»—, incluso amarga. ¿Cuánta gente, tras estos años de manifestaciones, ha llegado a la conclusión de que «no sirve de nada»?

Pero, como el propio Fontdevila recuerda en el breve prólogo, la protesta y la desobediencia siguen siendo necesarias. Y van unidas, porque, lógicamente, si nos limitan legamente la protesta la única opción es no cumplir la ley. No pasa nada, no es algo terrible: no es la primera ley injusta que cae por su propio peso. ¡Distorsión! nos recuerda aquellos días, pero también que su sentido sigue siendo el mismo. Que hay causas que merecen salir a la calle, y que si no salimos, no podemos echarle la culpa a nadie más que a nosotros mismos.

En algunas historias, Fontdevila se divierte con los tópicos de las protestas: las pintadas, las consignas gritadas… También con la tipología de manifestantes, o las maneras de eludir a los antidisturbios. En las más largas, gracias a su dominio de los recursos gráficos, puede explicar de forma visual y eficaz sus ideas. Por ejemplo, en «Cómo manifestarte» ironiza sobre cómo nos dejamos llevar y actuamos como masa. En «Rincón cultural» carga tintas en las protestas de las galas de los Goya, y en «Qué nos enseñan las Femen» se lanza al absurdo casi surrealista. La pieza sobre Gamonal —un pequeño hito de la protesta ciudadana, hoy convenientemente enterrada en los medios— extrae interesantes conclusiones y señala cuestiones incómodas, que tienen que ver con el uso de la violencia como herramienta de lucha, y con la idea de que, en realidad, el sistema está ejerciendo violencia constantemente: no se trata solo de pegar un guantazo o quemar un contenedor, y el caso de Gamonal es perfecto para explicar esto, porque el barrio reaccionaba ante un abuso salvaje. «¿Cómo se puede colgar a una diputada por los pelos del pubis?» es una salvajada deliberada, una provocación que, en esa línea de reivindicación de la violencia simbólica, ataca a quienes nos están machacando a diario. Me gusta especialmente porque no cae en la trampa de la corrección política y eso tan engañoso del si pierdes las formas pierdes la razón, de quienes justifican no sólo recortes y decretos ley de corte autoritario, sino incluso desplantes como el de Andrea Fabra. Lo que plantea Fontdevila es que si los políticos pueden hacer todo eso, al menos debemos reinvidicar el derecho a la respuesta. En esa violencia estructural alude también en un pequeño ensayo, «La vida y la muerte». El especial se cierra con un bromazo sobre la transición y lo progre, colofón con intención desmitifadora y perfecto resumen de un cómic que ofrece reflexiones y preguntas, pero que también consigue siempre tomarse a broma el tema, alejado del panfleto y la solemnidad que hoy, lamentablemente, vemos tan a menudo en la calle y en las redes sociales.

Fontdevila siempre es de lectura obligada, se esté más o menos de acuerdo con él. No sólo por ser uno de los mejores dibujantes que tenemos, sino por su capacidad para hacerse preguntas y su mirada irreverente, que como he dicho alguna vez, creo que lo emparenta con los mejores humoristas gráficos de la transición. Este especial, por cierto, se vende al precio mínimo de un euro: un regalo.


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