Informe. Historieta argentina del siglo XXI, de VVAA

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Hace unos meses, José Sainz tuvo la generosidad de aprovechar un viaje a España para obsequiarme con un ejemplar de la antología de nuevo cómic argentino que editó en 2015, con la ayuda económica de varias instituciones. Informe. Historieta argentina del siglo XXI me interesaba mucho, no sólo por descubrir a los talentos de Argentina, sino también con afán comparativo. Hace tiempo que pienso que entre el mercado español y el argentino existen no pocas similitudes, fruto, quizá, de la condición de ambos de mercados tradicionales de segundo orden, es decir, países que tuvieron una industria más o menos potente —pero siempre por debajo de los grandes productores mundiales— que en los años ochenta se hundió hasta casi desaparecer, y que en los últimos años está dando señales de resurgimiento, pero en un paradigma muy diferente, alejado ya de las publicaciones seriadas, las revistas mensuales y los quioscos. El panorama argentino actual se parece mucho, creo, al español de hace unos diez o quince años, con pequeñas editoriales emergentes y un grupo de autores cada vez más nutrido asociándose, autopublicando sus obras cuando es necesario y mejorando cada vez más rápido. Por supuesto, ningún momento histórico es idéntico a otro, y el cómic argentino del siglo XXI se desarrolla en otro contexto, que lo enriquece mucho. En un primer vistazo superficial a las páginas de este libro, ya resulta evidente la multiplicidad de influencias internacionales, que es una de las señas de identidad de la novela gráfica, no por casualidad: no podemos concebir el trabajo de muchas de las firmas de Informe sin entender que son en muchos casos jóvenes que han leído obras provenientes de todo el mundo. La huella de autoras como Marjane Satrapi, Aisha Franz y Rutu Modan se rastrea en todos aquellos estilos de tendencia naif, pero, desde luego, la mayor influencia internacional es temática: un número bastante significativo de los autores participantes en Informe escogen algún tipo de autobiografía para expresarse, que es una de las narrativas características de la novela gráfica. Por generación —casi todos han nacido en los ochenta—, tienden a sentirse más cómodos en relatos de juventud o infancia; en no pocos casos, la crisis económica está presente de un modo u otro.

Hablamos de nombres aún poco conocidos fuera de Argentina, salvo alguna excepción que comentaré en breve, que están comenzando ahora a publicar de la mano de editores profesionales, y que sería bueno que empezáramos a ver publicados en España, donde, al fin y al cabo, usamos la misma lengua. Para todos estos autores es evidente que existe cierta brecha con la historia del cómic argentino —de un modo, de nuevo, que me recuerda a lo que sucede en España—. Son autores que escapan de narrativas tradicionales, del ideal de la buena historia bien dibujada, del cómic como entrenimiento juvenil basado en géneros estandarizados. Ni siquiera un maestro como Oesterheld ejerce ya su influencia en estos dibujantes que no provienen de la tradición, y que no tienen ningún interés en imitar lo que leían en la adolescencia, si es que llegaron a conocer aquel cómic simbolizado por la revista Fierro; aquello ya está hecho, tuvo su sentido entonces y su función, y dio varias obras maestras que no tiene sentido intentar replicar hoy.

Al contrario, la frescura y la ruptura de las normas del relato clásico son signos presentes en cada historia de las que conforman Informe. También, lo decía al principio, se impone cierta distancia con el dibujo académico, para profundizar en estilos gráficos sintéticos, naif o simplemente anti naturalistas, sin preocuparse por conseguir una representación de la realidad que se haga pasar por la realidad en sí. El color es un elemento que, cuando se usa, también se aleja de lo naturalista para explotar su capacidad expresionista y emotiva. Sin embargo, esto no son más que rasgos muy generales que sirven tan sólo de punto de partida para analizar a un conjunto de artistas que se caracterizan, sobre todo, por su heterogeneidad.

Comienzo por el primero de los que aparecen en el libro, aunque no seguiré el orden que propone: Berliac (Buenos Aires, 1982) es seguramente el más conocido de los dibujantes que aparecen en Informe, y en España se han publicado algunas obras suyas, aunque de forma dispersa. La más contundente seguramente es Playground (Ediciones Valientes, 2013). En los últimos tiempos, Berliac está explorando un estilo de dibujo poderosamente influido por el gekiga de los años 50 y 60, pero también recrea sus ambientaciones y tonos narrativos. Es un ejercicio interesantísimo y un desafío para un autor polifacético, con discurso y un talento innegable. En Informe encontramos «Patrones», la historia oscura de dos hermanas, una responsable y trabajadora y la otra una bala perdida.

Berliac también cumple otro de los rasgos que define a buena parte de este grupo de autores: ha publicado parte de su trabajo en internet. La red es una herramienta no sólo de difusión, sino también de intercambio y colaboración, además de ser una ventana a lo que otras personas están haciendo a lo largo y ancho del mundo. Por ejemplo, «Ya fue» de Lucía Brutta se publicó como primer capítulo de un webcómic. Se trata de una historia típica de salida y desfase nocturno, llena de violencia y desidia, que comparte tono con el underground clásico, pero que en realidad no bebe demasiado de aquél, a mi parecer. Destaca el uso del lenguaje oral, que siempre supone para mí un atractivo cuando leo cómic latinoamericano, porque me gusta mucho conocer cómo se habla en este ámbito, pero también por el efecto de extrañamiento que me genera leer en mi propio lengua pero con códigos ligeramente diferentes.

En esa misma línea, por mucho que el protagonista sea un extraterrestre, tenemos «Extraño en el paraíso», de Pablo Guaymasi (Córdoba, 1992), uno de los más jóvenes participantes de Informe. De nuevo, nos encontramos ante una historia de jóvenes precarios, conciertos, alcohol y sexo que tiene su mayor atractivo en el cruce de un ambiente realista y hasta tópico con el elemento disonante que supone el marciano.

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«Mi disfraz», de effýmia

Un grupo interesante lo componen aquellos autores que se sumergen en el relato autobiográfico más desnudo, a menudo con una voz narradora en primera persona y con un dibujo espontáneo y de reminiscencias infantiles. El ejemplo más claro es «Mi disfraz», de la israelí afincada en Argentina effýmia(1988), tristemente fallecida en 2014. Artista multidisciplinar y activista queer, en cuatro páginas retrata la experiencia y los sentimientos contradictorios de una joven que se siente chico —una vivencia inversa a la de la propia autora— y tiene que intentar lidiar con ello, entenderse y quererse. Tiene momentos angustiosos, apenas mitigados por el dibujo de aire infantil, coloreado con lápices de colores. En esta línea, aunque con un dibujo algo más estilizado, encontramos a María Luque (Rosario, 1983) con «Mi segundo trabajo», una pequeña historia que presenta a una joven que se dedica a cuidar los pisos de sus amigos cuando no están y que carece de vivienda propia. Me interesa, más que los diálogos o las reacciones del resto de personajes, cómo las dudas o las sensaciones de alguien sin hogar propio se plasman no a través de sus pensamientos, sino con herramientas puramente gráficas: las dos últimas páginas son muy interesantes y expresivas, sin resultas obvias, que es algo difícil de esquivar si todo se expresa verbalmente. Javier Velasco (Buenos Aires, 1977) recurre a la memoria infantil con «El día siguiente», una historia de amistad y juego fantástica, con el toque ingenuo pero amargo a un tiempo de autores como Fermín Solís, con cuyo estilo gráfico guarda no pocas similitudes. Es difícil saber si Pedro Mancini (Ituzaingó, 1983) también está recurriendo a la autobiografía en «El túnel», pero el tono indica que bien podría ser el caso. Con un dibujo más detallado y acabado que el del resto de artistas de este grupo, recurre a la metáfora visual —un protagonista con cabeza de pájaro— para hablar de un malestar indefinible, que se parece a la depresión pero que nunca toma forma. Por último, Camila Torre Notari (Buenos Aires, 1987) también revisita un episodio de su infancia, pero en lugar de un trauma, opta por recuerdos simpáticos y amables, vinculados a los animales de la familia y a la tenue queja de su madre, que siempre tiene que ocuparse de ellos, de ahí el título de la historia: «Los termino cuidando yo».

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«El túnel», de Pedro Mancini

Hay otro grupo, igualmente heterogéneo, o más, si cabe, en el que podemos englobar a los autores más arties y vanguardistas, a menudo con vínculos con otras artes visuales, interesados más en lo gráfico que en cualquier otro elemento. Marianoenelmundo (Martín Coronado, 1984) estaría tal vez al filo de esta clasificación. En «Menemerus Semilimbatus» hay una prioridad estética obvia, pero también es evidente el deseo de penetrar en lo onírico o simbólico con una historia en la que una araña se acaba transformando en un monstruo gigante. Natalia Lombardo (Buenos Aires, 1985) desarrolla un estilo potente, poderosamente influido por la ilustración que también practica, y con un color muy interesante. Destaca en Informe, entre tanto estilo orgánico, con una frialdad penetrante y sofisticada. Su dibujo se inserta sin dificultad en algunas de las tendencias de vanguardia internacional. Es el caso, también, de Sofía Gómez (Buenos Aires, 1989), que con «Un viaje de peyote» homenajea / pervierte un icono del cómic infantil como Tintin, pero, al mismo tiempo se convierte en la más clara representante de esa línea de cómic fantástico y lisérgico, con las drogas alucinógenas como motor narrativo y la influencia de la animación para adultos, que tan buenso frutos está dando en el último independiente americano, pero también en autores españoles como Cristian Robles o Álex Red, con quienes es fácil comparar la interesante aportación de Gómez. Nicolás Mealla (Buenos Aires, 1982), por último, también hace algo parecido en «Platón y noticioso», aunque con un tono más extraño y relajado, con algo de la sencillez y engañosa banalidad de Los garriris de Mariscal.

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«Inválido», de Natalia Lombardo

Quedan los más inclasificables, entre los que no por casualidad se encuentran algunas de las mejores historias de Informe. Por ejemplo, tenemos una historia lírica y oscura como «Leteo», de Manuel Depetris (Rosario, 1985), un sueño dibujado que celebra la fisicidad del carboncillo y el papel, sin ahorrarnos trazos y manchas, en un ejercicio de aparente espontaneidad, de la mesa de dibujo directamente a imprenta, incluyendo la tipografía manual. Los apuntes al natural rápidamente esbozados son extraordinarios, y me hacen pensar en un Sam Alden, con quien también comparte cierto tono. Estefanía Cloti (Rosario, 1985) comparte la inmediatez de su dibujo con Depetris en «Qué bien que crecimos», aunque en este caso el material escogido es la tinta, con la que traza una reflexión en torno a las transformaciones del cuerpo que suceden durante la adolescencia. El resultado es liviano y profundo al mismo tiempo, porque aunque los textos sólo apunten, el dibujo sugiere matices interesantes. Pablo Boffelli (Santa Fe, 1982), por su parte, recurre a un estilo caricaturesco y minimal y renuncia a las palabras y las viñetas para contar, con ingeniosas metáforas visuales, una mudanza y cómo una casa se convierte en hogar —«Una casa no es un hogar» es el título de su pieza—. También prescinde del texto María Victoria Rodríguez (Rosario, 1989) en «Montañas de humo», la más gótica de las historias de Informe. La autora tiene personalidad artística oscura y enigmática, y, de hecho, no es fácil saber qué sucede en unas páginas en las que todo está apuntado y la realidad y el sueño se entremezclan, pero el resultado es muy interesante y absorbente.

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«Leteo», de Manuel Depetris

Quedan algunos otros autores, que quizá no me han estimulado tanto como los citados hasta ahora, pero que tienen sobrada calidad para estar en Informe: Lucas Mercado (Paraná, 1980) con «La casa vacía», Nacha Vollenweider (Río Cuarto, 1983) con «Tonga» o Andrés Alberto (Bahía Blanca, 1986) con «La carnicería de la muerte». Sin embargo, he dejado para el final a un artista que me ha parecido sobresaliente, Pablo Vigo (Buenos Aires, 1985), autor de «Good Boy!», una maravilla que bebe directamente del universo y el grafismo de Chris Ware —no podía faltar su influencia en la escena argentina— para presentar a un personaje patético y hablar de la incomunicación y la hostilidad entre semejantes que caracterizan las sociedades modernas.

En conjunto, Informe. Historieta argentina del siglo XXI es, como toda antología generacional, heterogénea y variada. No es difícil encontrar cosas de interés para cualquier lector interesado en el cómic más reciente y experimental. Hay, como decía al principio, varios puntos comunes, líneas que vertebran el trabajo de estos artistas: la libertad creativa, el desapego a la tradición y a los géneros clásicos, la necesidad de expresar cuestiones personales, y de hacerlo con grafismos nuevos, porque nuevas temáticas requieren de nuevos lenguajes. Todo eso se aprecia en cada página de un libro que sirve de carta de presentación de una escena emergente, aún llena de incertidumbres. No sabemos cuántos de estos autores y autoras se consolidarán en el cómic —no tanto por la aún precaria situación editorial argentina, sino también por las múltiples inquietudes artísticas de casi todos ellos—, pero, en cualquier caso, vemos talento, fuerza y ganas de hacer cómics. Ya que no es fácil comprar este Informe desde España, os invito a buscar en la red el trabajo de estas firmas que, espero, cada vez nos vayan siendo más familiares. Lo digo siempre que puedo: hay en Latinoamérica una impresionante cantidad de autores jóvenes con mucho talento. Aprovechemos —y lo digo por autores pero sobre todo por editores— la ausencia de la barrera idiomática para conectar con ellos.

Más sobre Informe en este texto de Pablo Turnes en Entrecomics.


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