Diagnósticos, de Diego Agrimbau y Lucas Varela

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Diagnósticos (La Cúpula), de Diego Agrimbau y Lucas Varela, puede definirse como un compendio de ejercicios de estilo. También es un cómic solvente, bien escrito y dibujado, muy sólido, pese a algunas objeciones. Las historias originales aparecieron en la revista argentina Fierro antes de 2011, de modo que ya tienen, las más recientes, unos cinco años, y tal vez por eso afloran en su análisis algunas cuestiones interesantes.

Empecemos explicando en qué consiste Diagnósticos: se trata de una colección de seis historias cortas que tienen en común tratar sobre algún trastorno que afecta a los sentidos, que es reflejado mediante recursos puramente historietísticos. En general, se recurre a convertir elementos extrediegéticos en diegéticos, en la línea de lo que hace Shintaro Kago en muchas de sus historias más experimentales. Por ejemplo, en «Clautrofobia», la protagonista se percata de que está encerrada incluso cuando sale al exterior. Primero es consciente del marco de la viñeta, y después de la página. En «Sinestesia», un homenaje a la serie negra dibujado a la manera de los noir de Darwyn Cooke o Víctor Santos, una mujer es capaz de ver el sonido, lo cual se representa mediante las onomatopeyas que flotan en el aire literalmente.

En términos generales, la mayoría de los relatos del libro no sorprenden. Y eso creo que nos dice muchas cosas de cómo está evolucionando el lenguaje del cómic, y a qué ritmo; tal vez hace cinco años sí nos hubiera parecido innovador este despliegue de recursos, pero entonces no habímos leído al citado Kago, ni a muchos otros. Esto no es culpa de los autores, desde luego, ni resta valor al libro. Sólo sorpresa. Pero un ejercicio de estilo que no ofrezca algo nuevo está perdiendo algo esencial. Se ve más claramente en aquellos relatos en los que todo se fía al despliegue del recurso gráfico, como en el citado «Claustrofobia». En un caso así, más allá de admirar el trabajo de Lucas Varela —gran dibujante, metódico y versátil, capaz de mudar de estilo sin perder personalidad—, no queda mucho que disfrutar.

Sin embargo, no es así siempre. En los mejores casos, el recurso predominante no sólo es más original, sino que además es un vehículo para narrar una historia interesante y que ofrece diferentes niveles de lectura, al dialogar con algún género clásico. Está «Afasia», por ejemplo, donde el personaje protagonista no entiende la palabra hablada y tiene que comunicarse únicamente por escrito. En el relato, el monólogo interior de la protagonista se transforma en textos diegéticos, distribuidos por las viñetas en forma de rótulos, carteles e inscripciones, de un modo muy ingenioso porque juega con mucho tino con tipografías y diseño comercial.

Pero mi historia favorita es la última, «Prosopagnosia», donde la trama transcurre bajo los códigos de la ciencia ficción de serie B, y la enfermedad no es natural, sino que la incapacidad de reconocer las caras es generalizada entre toda la humanidad y se debe al efecto de un arma extraterrestre. A partir de ese momento todos los rostros se representan como emoticonos expresivos pero indistinguibles entre sí, con todas las implicaciones personales y sociales que eso conlleva. El desenlace, con el típico giro de la ciencia ficción de la EC, es muy interesante.

No obstante, como decía al principio, pese a los problemas que he comentado, Diagnósticos es una lectura interesante, y además me ofrece otro aliciente: asomarme a lo que se está haciendo ahora mismo en el cómic argentino.


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