Kramers Ergot 9, de VVAA

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Kramers Ergot es una antología de cómic contemporáneo coordinada por Sammy Harkham, que aparece cada varios años para, de algún modo, pasar revista al momento de su publicación. Harkham, interesante autor, realiza una labor de búsqueda con la que parece querer cubrir diferentes espacios de lo que podríamos denominar cómic de vanguardia. O lo que es lo mismo: el cómic actual que escapa de los postulados de la novela gráfica más canónica y busca explorar otros terrenos. Puedo hacerlo a través del humor, de la experimentación gráfica o de la asunción de un nuevo paradigma en el que el cómic no tiene por qué ser un medio narrativo cuyo fin último sea contar una historia con eficacia.

El volumen que acaba de aparecer es el número 9. El anterior apareció en 2012, nada menos, de modo que desde entonces han pasado muchas cosas. Que Kramers Ergot haya pasado a ser publicado por Fantagraphics no es la menor de ellas; tras su paso por Buenaventura y PictureBox, dos pequeñas editoriales hoy desaparecidas, la antología llega a la editorial fundacional del cómic de autor contemporáneo. Fantagraphics puede ser la más grande de las pequeñas, pero sigue estando muy lejos de los verdaderos gigantes de la edición, de forma que todavía podemos considerar que esta antología es independiente y hasta cierto punto minoritaria, si bien creo que también puede considerarse ya una institución, y, como tal, marca tendencia.

Para mí, éste número 9 es mi primer contacto con la antología. Mi única referencia hasta ahora es el comentario de Santiago García sobre el número 8, publicado en 2012. En él, García explica que por las páginas de la antología han pasado ya algunos de los nombres clave de la novela gráfica americana —no hace falta enumerarlos; todos los que estáis pensando y alguno más—, aunque en el número 8 se opta, más bien, por autores emergentes, con excepciones. Como decía, no he podido leer ese número 8, pero parece que el noveno continua ese tendencia, si bien prescinde de recuperaciones posmodernas como la de Oh, Wicked Wanda! que aparecía en el anterior volumen. También brilla por su ausencia cualquier texto introductorio: tras la cubierta en rústica de John Pham, el lector se encuentra un puñado de páginas de colores chillones, tras las cuales están situados los créditos y el índice. Al final del libro —de casi trescientas páginas—, encontramos una guía bibliográfica de los autores incluidos, sin más información. Un simple vistazo a estas dos páginas nos hacen darnos cuenta de que, aparentemente, Harkham ha hecho un esfuerzo por incluir a varios nombres extranjeros en el libro, lo cual es algo de cajón, a estas alturas. El movimiento de la novela gráfica a internacionalizado las corrientes del cómic contemporáneo —lo explica bien García, precisamente, en La novela gráfica (Astiberri, 2010)—, y hoy por hoy las barreras geográficas importan bastante menos que hace dos décadas. Otra cuestión de la que nos percatamos al observar con detenimiento la bibliografía es que, indirectamente, dibuja el mapa editorial estadounidense del cómic de autor: Fantagraphics ha publicado gran parte de los títulos de los autores incluidos en este Kramers Ergot, seguido de Drawn & Quarterly, PictureBox, Koyama Press, Buenaventura Press, Space Face Books y algunos publicados por editoriales más grandes como Pantheon y Top Shelf. Por último, salvo omisión por mi parte, se aprecia que todos los cómics indicados han sido publicados en el siglo XXI, y un porcentaje bastante elevado de los mismos, más concretamente, en los últimos cinco años.

La conclusión más importante que extraigo de la lectura de Kramers Ergot 9 va en la línea de lo que Santiago García ya advirtió sobre KE 8 hace cuatro años; la medida exacta de la escena actual nos la dan las ausencias de esta antología. Es simplemente imposible abarcar a toda la gente interesante que está trabajando ahora mismo, pero es que incluso creo que es imposible ser mínimamente representativo. La small press cada vez más activa, todo lo que tiene que ver con minicómics y fanzines de todo pelaje, los webcómics y las editoriales anteriormente mencionadas publicando a cada vez más nombres… Como escribió García sobre el volumen anterior, «eso es algo que no se puede meter en un libro». Es un escenario plural e inmenso, así que no es de extrañar que se eche en falta a mucha gente. No está representada la corriente más formalista de los CF, Jesse Moynihan o William Cardini, por ejemplo. Y si entramos en el plano internacional, evidentemente, la lista de ausentes es interminable.

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Discipline de Dash Shaw

Todo esto no significa que no haya en las páginas de Kramers Ergot 9 y entre sus cuarenta autores muchas cosas interesantes, desde luego. Sorprende, en primer lugar, encontrar a algunos dibujantes que practican una novela gráfica de corte autobiográfico o costumbrista que podríamos considerar ya institucionalizada, y que chirría entre tanto autor brut o artie. Es el caso de Gabrielle Bell, con un extracto de Windows, que aunque no sorprenda es tan buena como acostumbra. En esta línea también encontramos a Manuele Fior, que, bajo la poderosa influencia de Blutch, entrega una fantástica historia breve sobre una visita escolar a París. Resulta sorprendente que, de todos los autores europeos a los que recurrir, Harkham incluya a uno que podemos considerar ya, sin género de dudas, como consagrado, y que practica, además, un tipo de novela gráfica clásica. Dash Shaw sí mantiene siempre un pie en la experimentación, aunque sea también uno de los más conocidos de la antología. El extracto de Discipline que incluye, una historia de violencia ocurrida durante la guerra de secesión americana, dibujada sin viñetas, en blanco y negro, con un estilo suelto muy interesante, me ha gustado mucho. Este tipo de inclusiones, creo, afectan al conjunto, no porque le reste homogeneidad, claro —al fin y al cabo, una antología debería ser lo opuesto a lo homogéneo—, sino porque son indicio de falta de dirección clara, de idea tras la recopilación.

Sin embargo, sí predomina cierta querencia por el lado más macarra de la vanguardia, estilos toscos y espontáneos, sucios, que podríamos denominar incluso brut, y que emanan de la raíz común del underground fundacional. En esta línea están Tony Burkholder, Abraham García, Trevor Alixopulos, Antony Huchette o Baptiste Virot. Las temáticas son muy diferentes, y hay cosas muy buenas: la historia de Huchette —a quien no conocía— es encantadora, y la de Virot —la historia de un suicida a quien diferentes animales van salvando la vida que se quiere quitar— es el tipo de locura con la que tiendo a empatizar. El problema llega porque, personalmente, empiezo a estar un poco cansado de las historias de personajes que salen una noche por ahí, desfasan mucho, beben, se drogan, follan, pero son muy asociales. Al menos, si no ofrecen algo más. No me malinterpretéis: me encantan Simon Hanselmann y mucha otra gente que hace esto, pero porque tienen, además, una personalidad artística interesante, un trasfondo más sólido. En las historias de Hanselmann, por ejemplo, hay siempre un poso emocional, y hasta poético, fantástico. No veo nada de eso en la historia de Alixopulos, por ejemplo, o en el delirio de gatos antropomórficos de Burkholder, aunque sea divertido. Hay mucha gente haciendo cosas parecidas, y en un sector en expansión, donde hay tanto talento, es muy difícil destacar si no se hace algo con personalidad o novedoso.

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«The Kanibul Ball» de Lale Westvind

Más estimulantes me han resultado los cómics que podríamos encuadrar dentro de temáticas fantásticas o aventureras, a veces reformulando posmodernamente los postulados del cómic comercial clásico, a veces partiendo de cero y generando un nuevo código con el que interpretar lo desconocido. Es una rama del cómic contemporáneo riquísima y muy variada, que además se ajusta muy bien al formato breve. Está Steve Weissman con «Silver Medicine Horse», un cuento fantástico ambientado en el oeste americano, o Michael DeForge, con un discurso sobre los correos electrónicos. Parece un tema normal, pero aquí los e-mails son pequeños animalitos que susurran los mensajes. La wikipedia, siguiendo esta lógica, es un puñado de mamíferos que hay que matar y abrir en canal para que revelen su contenido. La idea es lo suficientemente loca como para mantener el interés en sus escasas tres páginas, aunque no es el mejor DeForge que podemos leer. «The Kanibul Ball» de Lale Westvind —una autora que no conocía, pero que me parece muy buena— es una típica historia cósmica de dioses, transformaciones espirituales y arquitecturas imposibles, tan del gusto de los primitivos cósmicos, en este caso, sección «reapropiación de cómic de género de los cincuenta». Y con unas gotas de Kirby, aunque revisionado de un modo menos literal que el de Tom Scioli en esa maravilla que es American Barbarian, a quien recuerda lejanamente Westwind. Sin embargo, la inclusión de elementos bizarros, como los animales parlantes y esos personajes que no sabemos si son alienígenas, dotan de interés a la historia. El talento de Westvind hace el resto. Un poco de refilón, podríamos incluir en este grupo dos de las mejores historias de KE 9, aunque los géneros que reformulen sean diferentes. Estoy hablando, por un lado, de «All Our Fuckin’ Dead», de Gabriel Corbera —único español de la antología—, una alocada buddy movie de los ochenta llena de tiros y violencia testosterónica, y, por otro lado, de «Chase», de Antoine Cosse, que podría entenderse como un drama teen a lo Rebelde sin causa, con motos incluidas, donde lo gráfico acapara el protagonismo y el plato fuerte es la espectacular descomposición del salto a toda velocidad de una motocicleta.

Sin embargo, si hay que destacar una historia fantástica del volumen, ésta ha de ser «Shrine of the Monkey God!» del maestro Kim Deitch, el veterano de la antología, superviviente del underground y que conserva una energía y una chispa inquebrantables. Su historia tiene tal densidad que casi equivale a una novela gráfica completa; se trata de una epopeya que comienza en el museo de ciencias naturales, frente a un diorama de animales disecados, y que implica una cacería con fines científicos, un pueblo de inteligentes monos de espalda plateada y un culto ancestral a una deidad que se encarna en un niño humano. La locura es una cosa muy seria, y Deitch añade las gotas justas de misticismo, que siempre estuvo presente en muchos autores underground. Es, quizás, lo mejor del libro, y no deja de ser llamativo que el mejor autor de una antología de vanguardia sea un septuagenario.

Johnny Ryan o Al Columbia, presentes en volúmenes anteriores, repiten con ilustraciones testimoniales, como testimonial, aunque de mayor envergadura, parece la colección de excelentes pinturas de Jerry Moriarty. También hay un puñado de autores que participan con páginas humorísticas, que van del slapstick al absurdo. En general, aportan pequeñas pausas entre lecturas más largas, pero pocas me han sorprendido o hecho gracia, sinceramente. Me han gustado los conceptos locos incluidos como píldoras publicitarias de Andrew Jeffrey Wright y la doble página del mismo autor, «Woodlyn Elementary Graffiti Incident», una delirante historia sobre un pobre encargado de mantenimiento de un colegio que tiene que arreglar las pintadas obscenas de un alumno. Pero poco más me ha resultado destacable.

Hay por último, un representante de la corriente gráfica más radical, lindante con lo abstracto: Patrick Kyle, que en «Portal» se luce con unas composiciones de objetos y formas en equilibrio. El problema es que está muy solo; sorprende que no se hayan incluido más autores de esta tendencia, cada vez más abundante.

Pese a los peros que le pueda poner, no quiero dejar la impresión de que Kramers Ergot 9 no es imprescindible, porque lo es; al menos, para aquellas personas que quieran estar al día de lo que se está haciendo ahora en el mercado americano más minoritario, más una selección de autores extranjeros. En cierta forma, se complementa con The Best American Comics, la antología anual que ahora edita Bill Kartalopoulos —aunque la selección del material, a diferencia de lo que sucede en Kramers Ergot, corresponde a un editor invitado cada año—. Ésta tiene una vocación más mainstream, y aglutina obras publicadas, en general, por editorales potentes, aunque, por supuesto, tiene sus tangencias con Kramers Ergot. Lo que también queda claro tras leer esta última, es que ya no basta con estar, sino que para destacar hay que ser muy bueno y hacer algo realmente significativo.


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