Fantásticas aventuras de Tito y Tif, de Joaquín Xaudaró

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Los orígenes del cómic español permanecen aún, en buena parte, envueltos en una niebla que algunos historiadores han intentado despejar. No es fácil, dado que no hay recursos, ni esfuerzos emanados de departamentos universitarios, ni colecciones conservadas sistemáticamente. Pero, poco a poco, se va haciendo una labor imprescindible. El caso español no es una excepción: los orígenes del medio se hallan en la prensa, tanto periódicos diarios como revistas de información y variedades que, siguiendo modelos extranjeros y tan pronto como los medios técnicos lo permitieron, comenzaron a incluir ilustraciones e historietas que atrajeran la mirada del posible comprador. En los años de bisagra entre el siglo XIX y el XX destacaron las dos primeras generaciones de dibujantes, casi siempre hombres inquietos, que practicaron varios oficios en sus vidas. Nombres hoy míticos como Apeles Mestres —un auténtico monstruo del dibujo—, Atiza, Ramón Cilla… Y, entre todos ellos, Joaquín Xaudaró, que es el autor de la obra que motiva este texto: Fantásticas aventuras de Tito y Tif. A Xaudaró lo conozco, como al resto, gracias al libro Los inventores del cómic español: 1873-1900 (Planeta de Agostini, 2000) de Antonio Martín, que además de textos de investigación incluía abundante material gráfico rescatado de hemerotecas. Lo recuerdo bien porque empleé varias páginas en el primer trabajo académico que hice utilizando el cómic como fuente, cuando aún estaba en el segundo curso de la carrera. Entre ellas estaba, precisamente, «Medallas yanquis», del propio Xaudaró, uno de los ejemplos más interesantes de propaganda antiamericana en la época de la guerra de Cuba. Sin embargo, en realidad Xaudaró practicó la mayor partede su carrera un humor blanco, sin intención política evidente, dirigido a veces al lector adulto y a veces al infantil.

Un pequeño sello aragonés, Taula Ediciones, se lanza a la aventura de recuperar una historia larga, publicada por entregas en 1915 en el semanario La hormiga de oro. Y lo hace en un libro de tapa dura, que va acompañado, como exige el material, de un aparato crítico a cargo de Antonio Martín, que escribe un extenso y minucioso texto sobre Xaudaró y sobre la propia obra. Su lectura aporta luz sobre un autor del que desconocemos muchos datos, y pone en contexto no sólo la obra que presenta el libro, sino la manera en la que se hacían cómics en aquellos años.

Pero, más allá de la labor arqueológica y de estudio, está, por supuesto, la historia en sí. Porque, al final, es lo que tenemos: una historia de 1915 que se presenta al público de 2016. ¿Resiste el paso del tiempo? En cierta forma sí lo hace, pero, evidentemente, siempre debemos tener en cuenta lo que estamos leyendo. En el año 15 los principales recursos del cómic ya estaban, grosso modo, bien asentados; sin embargo la narrativa aún nos parece arcaica, algo estática. En Fantásticas aventuras de Tito y Tif Xaudaró decidió no emplear globos de texto —a pesar de ser uno de sus introductores en España—, lo que refuerza su carácter ilustrativo. A veces parece que estamos ante estampas, pero, pesea ello, Xaudaró también consigue una fluidez dramática. El argumento es bien sencillo, y se inserta en la tradición de los viajes alucinantes —Gulliver o el barón de Münchhausen, por ejemplo—, aunque sin intención satírica directa: el farmaceútico Tito va un día a cazar con su perro Tif, presencia el aterrizaje de una avioneta, cuyo piloto le pide que la custodie mientras va a buscar un mecánico. Tito y Tif montan en la avioneta, y por accidente la ponen en marcha. Es una mera excusa, poco realista, para que dé comienzo un viaje loquísimo por todo el planeta, sin ningún tipo de intención veraz. Los dos protagonistas simplemente van recalando en diferentes localizaciones, en las que normalmente tienen que enfrentarse al ataque de un animal o de los indígenas locales, ataques que Tito no tiene ningún problema en zanjar con su escopeta. Finalmente logra volver a casa, claro, sin daño aparente, y envejece, en una elipsis sorprendente, para contar a sus nietos sus aventuras.

En un plano artístico, no cabe duda de que destaca el trazo de Xaudaró: es un gran dibujante, de línea sintética, anticipando de alguna forma el trabajo de autores como Hergé, en cuyos primero álbumes también encontramos este sentido de la aventura física y sin pausa, por no hablar de la casualidad de que ambos autores utilicen como protagonista a un humano y su perro. La acción es algo estática, porque Xaudaró no utiliza apenas ningún elemento extradiegético para expresar el abundante movimiento de las idas y venidas de Tif y Tito. Parece capturar momentos de la acción, más bien. En la viñeta 44 (p. 52), los perdigones disparados por Tito parecen flotar alrededor de los dos indígenas a quienes iban dirigidos. Hay viñetas sorprendentes, como por ejemplo la 14 (p. 37), un plano cenital sobre la avioneta que me parece una solución brillante si tenemos en cuenta que la aviación no tenía más de trece años y la cinematografía aún no estaba demasiado desarrollada. El dominio de la anatomía animal es muy destacable, y también su habilidad para el gag visual, el slapstick. Hay algo inquietante en el protagonista, siempre con los ojos redondos bien abiertos, como si fuera un muñeco, y demasiado acostumbrado a emplear la violencia para ser un farmaceútico.

Esto se explica, claro, si tenemos en cuenta el contexto histórico. El mundo en 1915, con la Gran Guerra en marcha, era un lugar mucho más violento que el nuestro, aunque nos cueste creerlo al ver las noticias que nos llegan todos los días. En 1915 nadie sabía lo que era el pacifismo, y en la ficción la violencia estaba a la orden del día, incluso en la infantil. Tito se muestra implacable con las bestias salvajes, porque tampoco había en su mundo una conciencia ecológica o conservacionista. De hecho, sistemáticamente, los animales que se va encontrando Tito lo atacan con agresividad, incluso los herbíboros. El despliegue de plomo es constante, y como las escenas de acción se suceden a toda velocidad —no hay momento para el descanso o la introspección en la aventura; Xaudaró sabe que no es eso lo que quieren sus lectores—, incluso marea un poco. El protagonista llega a niveles casi paródicos, como, por ejemplo, cuando mata a un avestruz disparándole en la cabeza mientras lo usa de montura, simplemente porque le había entrado hambre (p. 99). Pero incluso más interesante es el análisis de las etnias y nacionalidades que aparecen en la historia, fruto igualmente de su tiempo. El contexto en el que Xaudaró creó estas páginas es racista y colonianista, y plantea el mundo como algo a conquistar por el hombre blanco. Incluso un sencillo farmaceútico de Montiñana tiene suficiente recursos para imponerse por la fuerza o por el ingenio —o, cuando todo falla, por la suerte— a otros europeos o a negros y árabes. La sucesión de encuentros que tienen Tito y Tif no es en absoluto inocente, por lo demás; sería un error ignorar su análisis con el argumento de que se trata de un producto de consumo infantil. Su viaje, que transcurre de un modo lineal —no hay lógica alguna en sus movimientos, sino que más bien parece moverse hacia delante, como si fuera avanzando por las páginas más que alrededor del mundo—, se va alejando de la civilización, o lo que Xaudaró consideraba civilización en su época, para pasar por todos los pueblos considerados primitivos, y, finalmente, escalar de nuevo hasta volver a su hogar, esto es: al estado de civilización al que pertenece, el más elevado. Así, primero se encuentra con un submarino alemán, que resulta hundido por un ataque francés. Eso lleva a Tito a lugares no civilizados, donde se encuentra primero con unos negros antropófagos  —tan parecidos a los que dibujaría Coll—, luego con un árabe que en lugar de atacarle lo engatusa con halagos para capturarlo y venderlo como esclavo —no es de extrañar que el concepto de árabe que tuviera un español de 1915 no fuera muy positivo—. Sin embargo, su siguiente encuentro es con un cazador negro bondadoso y bien situado —tiene esclavos— que ayuda al héroe: «El indígena, que por una excepción era un buen hombre (también lo son los negros), hizo los honores de su casa» (viñeta 152, p. 106). Tras ese encuentro positivo, vuelve a tomar contacto con blancos occidentales, primero con la tripulación de un barco de bandera no identificada, y después con otro barco francés, gracias al cual puede volver a casa. Por supuesto, la persistente aversión que desde 1802 solían tener los españoles con respecto a los franceses está presente en esta última parte de Fantásticas aventuras de Tito y Tif: a Tito lo apalean primero con brutalidad, y después lo encarcelan, creyéndolo un espía. El contexto bélico, de nuevo, juega en contra de Tito, un hombre que jamás toma partido y que se limita a avanzar y matar para volver a casa, cosa que consigue finalmente, al lograr un salvoconducto con el que llega a Irún, y tras unos pocos trámites, de nuevo a Montiñana.

Más allá de su análisis, la obra debe valorarse por el esfuerzo de crear una historia tan larga, pensada desde un primer momento para recopilarse, y, por tanto, leerse de una vez, como la novela que dice ser. El humor de Xaudaró nos puede parecer hoy demasiado blanco, pero la violencia que adereza estas páginas no era vista entonces con los mismo ojos que ahora: Tito provoca nuestra compasión, como sucedería entonces, pero el rechazo que sus actitudes brutales generan en 2016 no estaba presente, creo, en 1915, cuando esta historia podía constituir una inofensiva lectura infantil. El lector actual puede disfrutar también de un gran dibujante, que domina bien la secuencia de la acción y tiene un trazo expresivo, al margen de algunas soluciones puntuales —el plano cenital de la avioneta o la elipsis final, ambas cosas comentadas anteriormente— brillantes. En el texto introductorio los editores Dionisio Platel y Joaquín Campo se lamentan de que el aficionado español parezca más interesado en los clásicos norteamericanos que en los españoles. Al margen de las razones históricas que explican esa preferencia —EE. UU. es el gran mercado productor de cómic, y con mucha frecuencia la historia del medio se ha escrito teniéndolo como eje—, y de la evidente dominación cultural que la cultura americana ha ejercido durante todo el siglo XX, también puede aducirse otro factor que no podemos ignorar, aunque duela: el trabajo de Winsor McCay, Cliff Sterret o Georges Herriman es superior. Lo es por cuestiones técnicas y económicas: por lo que se podía imprimir entonces en uno y otro país, por el dinero que percibían por su trabajo unos y otros autores, por la consideración social que el medio y sus autores tenían en ambos países; pero también por las influencias e intenciones de los dibujantes. No obstante, evidentemente no se trata de compararlos. El camino de la reivindicación y la recuperación no debe ser, en mi opinión, el de la equiparación artística con aquellos pioneros americanos, sino los motivos históricos: son parte de la historia del medio, una parte crucial, y demasiado olvidada. Sacarlos a la luz no es una tarea popular o que arroje grandes beneficios, pero hay que aplaudir a cualquiera que se lance a hacerlo. Mientras esperamos un esfuerzo institucional y/o académico que recupere la memoria y la obra de todos aquellos nombres de una vez por todas, bienvenidas sean estas iniciativas.

Fantásticas aventuras de Tito y Tif se vende principalmente por correo; en esta web está la información para hacer los pedidos.


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