La guerra civil española, de José Pablo García y Paul Preston

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Existe una opinión más o menos extendida acerca de que ya se ha hablado suficiente sobre la guerra civil española, y que se han producido ya demasiadas películas y libros sobre ella. Al margen de que esa supuesta sobreexposición no sea cierta, tal opinión podría tener cierto fundamento si en España se hubieran esclarecido ya todo lo que no sabemos de aquel conflicto y los años posteriores, si todos los muertos de las fosas comunes hubieran sido ya identificados y, sobre todo, si todas las personas que repiten ese mantra conocieran en profundidad lo que sucedió, y los nombres de Líster, Mola, Yagüe o Largo Caballero les fueran familiares. Como creo que no es el caso, me temo que tengo que opinar que no, no se ha hablado aún lo suficiente del suceso más importante y traumático de nuestra historia contemporánea, y la creencia en lo contrario no puedo verla sino como una de las victorias más sutiles y perniciosas de quienes sí tienen un interés claro en que el olvido engulla la historia española reciente.

Creo por tanto que aún —siempre— es necesaria la investigación y divulgación de la guerra civil. Y creo también que el lenguaje del cómic no ha sido aún lo suficientemente explorado como herramienta de difusión teórica. Hablo de los últimos años, en los que la revalorización del medio permitiría realizar esta labor sin caer en los estereotipos del pasado, en los que este tipo de obras se producían y percibían, más bien, como una simplificación dirigida al público infantil, un sustituto temporal del verdadero conocimiento hasta que el sujeto receptor creciera y pudiera acceder a él y comprenderlo. Las obras narrativas, una vez superada la brecha de la consideración social entre el medio original y el cómic, se están adaptando de una forma que no rebaja el cómic, a través de obras que tienen su propia identidad e independencia artística. Pero ¿es posible la adaptación de una obra teórica al cómic sin que, de alguna forma, se perciba como un producto devaluado o simplificado? Algunas adaptaciones de textos filosóficos recientes, como Dios ha muerto (Bang, 2016) de Irkus (M) Zeberio, nos han demostrado que sí, pero, desde luego, eso no ha hecho más sencilla la labor de José Pablo Gacía cuando aceptó el encargo de adaptar La guerra civil española de Paul Preston en un cómic de 239 páginas.

No es mi intención analizar aquí el libro de Preston, pero sí diré que constituye una muy buena puerta de entrada a los estudios sobre la guerra civil. El hispanista es riguroso y ecuánime, que no objetivo —desconfiad de aquellos que hablan de objetividad en las humanidades—. A través de su trabajo, entendemos la guerra civil no como la «guerra entre hermanos» que el afán de reconciliación ha descrito, en la que «ambos bandos cometieron atrocidades», sino como un conflicto ideológico y social complejo, inserto en una escena internacional conflictiva y a punto de estallar en la segunda guerra mundial. Preston analiza todos los motivos del conflicto, y no se queda en la superficie propagandística.

José Pablo García asume el encargo de la editorial Debate como un reto, un trabajo titánico que ha completado en tan sólo seis meses y que responde con fidelidad al texto de Preston, aunque La guerra civil española también sea una obra de autor. Hay un cambio muy significativo con respecto al texto original, una cuestión terminológica solicitada por el propio Preston: en la novela gráfica, se habla de «bando rebelde» o «bando sublevado», pero nunca de «bando nacional». No son cuestiones inocentes, porque las palabras nunca lo son.

El resultado de tanto trabajo es una obra dominada por la síntesis, como no podía ser de otra forma. En primer lugar, una síntesis de los contenidos del libro original, supervisada por el propio Preston, pero también, y aún más importante, una síntesis gráfica, que procesa la ingente cantidad de documentación que ha manejado García a través de un estilo que modula adecuadamente el grado de realismo necesario en cada momento. Para mantener el equilibro entre la considerable cantidad de texto de cada página y el aspecto visual, e impedir que el primero devore al segundo, García sabe dos cosas: una, que tiene que descargar de detalles innecesarios su dibujos, y dibujar solamente aquello que es imprescindible, al tiempo que renuncia al color realista para manejar una paleta limitada a tonos de rojo; y dos, que no puede limitarse a ilustrar sin más el texto. Es preciso que haya una integración de ambos elementos, y ése, creo, ha sido el reto más difícil que ha debido de afrontar, más allá de convertir en dibujos fotografías de la época, algunas especialmente icónicas. Eso es pura técnica, y él ya demostró con su anterior trabajo, Las aventuras de Joselito (Reino de Cordelia, 2015), que la tiene de sobra, y que además puede usarla en estilos muy diversos. Pero conseguir la fluidez necesaria en la lectura, lograr que este libro se lea como un cómic y no como una versión resumida y simpática del original, es otra cuestión muy diferente. García no sólo consigue que la lectura nunca sea monótona —podrían haberse pulido algunas repeticiones de ideas y datos, tan sólo, pero que están también en la obra original—, sino que suma a la claridad expositiva de Preston —los textos, aunque resumidos, son en muchos casos literales, tomados directamente de la obra original— el poder explicativo del dibujo. Mapas, diagramas y cuadros se emplean con inteligencia, para mostrar de un modo mucho más efectivo y directo lo que en el texto requiere de un ejercicio de abstracción a veces complicado. Además, las metáforas visuales y las imágenes figuradas, insertas en la tradición de la cartelería propagandística y la sátira política, añaden matices interesantes. En este aspecto, aunque no llegue a sus extremos, el libro recuerda a Los mejores enemigos (Norma Editorial, 2012-2014), la serie de Filiu y David B. que analiza las intrincadas relaciones entre el mundo árabe y Estados Unidos, a través de elaborados recursos simbólicos. García se mueve en una esfera más medida, aunque este tipo de recursos le permitan introducir sutiles connotaciones al texto de Preston. Muy inteligentemente, jamás emplea el recurso más directo para introducir la mirada subjetiva: la caricaturización de los protagonistas del conflicto. Sus retratos nunca abandonan ese registro realista pero sintético. No exagera los rasgos ni muestra con cara de malo a los rebeldes. Ni siquiera a personajes tan caricaturizados y caricaturizables como Hitler o Franco. En el contexto de la obra, teniendo en cuenta su tono, este recuso habría resultado no sólo obvio y fácil, sino incluso infantil.

Pero esta recreación de La guerra civil española no pretende ser accesible para la infancia, por si alguien se lo estaba preguntando. Creo que la edad adecuada para leer la novela gráfica es la misma, ni más ni menos, que la adecuada para leer el libro de Preston: de la adolescencia en adelante. Pero sí estoy seguro de que el lenguaje gráfico atraerá a un tipo de lector, que tal vez, no se acercaría a un volumen de prosa para informarse sobre este tema. Más allá de eso, este trabajo titánico se justifica en sí mismo: José Pablo García ha logrado convertir un trabajo de encargo en una obra personal, en muchos sentidos, en la que ha depositado todo su esfuerzo y talento.


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