Las amapolas de Irak, de Brigitte Findakly y Lewis Trondheim

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Las amapolas de Irak es una obra especial, porque supone un tipo de colaboración hasta el momento inédita entre Lewis Trondheim y Brigitte Findakly. El primero no necesita presentación, y la segunda tampoco debería, ya que se trata de una de las coloristas más destacadas, junto con Walter, de la Nouvelle BD. Se ha hablado mucho de la revolución y ruptura que los estilos gráficos de Sfar, Blutch, Manu Larcenet o el propio Trondheim ha supuesto en la tradición francobelga, pero no debería obviarse que esa revolución también debe mucho al color de una serie de profesionales que también rompieron con los cánones tanto del coloreado local de la BD de aventuras como del habitual en las obras de humor tipo Spirou.

Del talento de Brigitte para el color nadie puede dudar; pero, ahora, sorprende asumiendo también el guión de este libro autobiográfico dibujado por Trondheim, que Astiberri ha traducido muy rápidamente —la versión original, publicada por entregas en Le Monde, ha concluido este mismo 2016—. También sorprende lo poco reconocible del estilo de Trondheim, que se debe, sobre todo, a que por primera vez como profesional —que yo sepa— no utiliza animales antropomórficos, sino unos muñecos muy simples, aunque de expresividad muy rica, en la tradición de dibujo amable —engañosamente amable— de Charles Schulz, aunque la plasmación concreta no tenga mucho que ver. Con esas figuras representa a toda la familia de Findakly, y unos pocos elementos bastan para situarnos en Irak. No se trata de reconstruir fielmente sus paisajes y localizaciones, para lo cual tampoco tendría sentido contar con Trondheim, sino más bien reconstruir un paisaje emocional, recuperar sensaciones de una infancia que impone siempre la visión subjetiva, aunque no ingenua. Prescindir de viñetas y abundar en el espacio en blanco —conviene saber que en la versión digital de la historia las imágenes se disponen para ser leídas mediante scroll vertical— también le da un carácter abstracto a la ambientación, las cosas suceden en el espacio en blanco, que es el espacio subjetivo de la memoria. La presencia de fotografías reales sujetan ese espacio, no obstante, a la historia real que vivió su familia.

 Su naturaleza seriada original impone un ritmo muy concreto: Findakly y Trondheim elaboran capítulos cortos sobre un tema o un personaje concreto, algún familiar de la pequeña Brigitte o amigo de la familia. Sin embargo, esas piezas funcionan muy bien como un todo fragmentado, hay tramas, y aunque se salte adelante y atrás en el tiempo a veces, también hay una progresión.

Supongo que al comenzar la lectura es inevitable pensar en la obra de Marjane Satrapi o Zeina Abirached, pero el enfoque no es similar, ya que Findakly no sólo no narra desde su yo infantil, sino que, además, su condición de hija de padre iraquí y madre francesa le da una perspectiva diferente, que le acerca más a Riad Satouff. Su punto de vista fue cambiando conforme crecía, dado que desde pequeña visitaba Francia en vacaciones, y acabó mudándose con su familia definitivamente cuando era adolescente, debido a las circunstancias de su país.

A través de las vivencias de la familia de Findakly, teñidas de un sutil sentido del humor basado en el desconcierto que nos producen ciertas situaciones antes que en el gag clásico, no sólo conocemos aspectos cotidianos de un país como Irak, sino también su desarrollo político, golpes de estado incluidos. Por supuesto, los avatares militares tienen una influencia directa en la vida de la gente, y no hablo sólo de represión, censura, carestía y problemas económicos, sino también de cuestiones culturales e ideológicas. La mirada de Findakly señala todo y también los cambios sociales, pero hay un cambio drástico cuando se da cuenta, al volver como joven adulta a Irak, de que su mirada ya no puede ser desde dentro, porque se ha convertido en una extranjera, no tanto por haberse establecido en Francia, sino también, y sobre todo, porque encuentra una sociedad muy cambiada.

Y esto es, al final, lo que más me ha interesado de Las amapolas de Irak. Vivimos un momento delicado en las relaciones entre occidente y el mundo árabe, y muchas personas manifiestan una preocupación por respetar las tradiciones de aquellos países que se vuelve complicada cuando hablamos de cuestiones espinosas como la situación de las mujeres o la aplicación de normas religiosas estrictas e intolerantes. La lectura de este cómic revela que lo que a nuestros ojos pueden ser tradiciones son, en muchos casos, normas y usos recientísimos que, impuestos mediante golpes militares de corte fanático, han desplazado a las verdaderas tradiciones y costumbres del país. Hay, lamentablemente, muchos ejemplos de esto, y la equidistancia moral, cuando es fruto de la falta de infromación, no ayuda en nada a revertir situaciones muy duras y opresivas.

Esto, por supuesto, es mi lectura. En realidad, Trondheim y Findakly realizan un trabajo abierto, expositivo, que no juzga ni demoniza a nadie. Se están dirigiendo a personas adultas y confían en su capacidad de juicio. Es algo esencial en un trabajo que, sin la debida sensibilidad, podría fácilmente caer en el maniqueísmo.


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