After Nothing Comes, de Aidan Koch

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Aidan Koch es una dibujante y artista plástica de vanguardia nacida en 1988, cuyo trabajo abarca la escultura, la pintura, las instalaciones y los fanzines. No conocía su obra gráfica hasta ahora, que he adquirido una recopilación de sus fanzines publicada en 2016 por la editorial canadiense Koyama Press: After Nothing Comes. Incluye trabajos realizados entre 2008 y 2014, que me han resultado muy estimulantes, cada uno a su manera. Sí comparten un desinterés por lo narrativo convencional, aunque, desde luego, hay contenido en estas piezas que nos hablan de la propia identidad y la relación entre el individuo y su entorno, tanto social como natural. También se mantiene casi constante el uso del lápiz como principal herramienta, y la naturaleza artesanal del trabajo, con sus efectos analógicos —me refiero, por ejemplo, a difuminar el lápiz frotando— y sus pequeñas imperfecciones, en muchos casos deliberadas, como gestos artísticos quizá demasiado estudiados: por ejemplo, apreciamos a veces que un diálogo un un título estaba situado originalmente en una parte de la hoja de la que ha sido borrada, aunque con suficiente dejadez como para que todavía podamos leerla.

Esto evidencia un deseo de subrayar el aspecto material de la obra: esto es lápiz sobre papel, sin ningún tratamiento posterior más allá del escaneo directo de los mismos. El aspecto sucio de las páginas es todavía más evidente en la primera historia, Warmer, dibujada originalmente sobre páginas amarillas cuyos márgenes podemos ver enmarcados en los de la página real del libro que tenemos en las manos. En todas las historias predomina un tono lírico, que se centra en la evocación de ideas y emociones, logradas a través de los textos —medidos, escuetos, y nunca colocados casualmente en la página—, pero también de las imágenes. En las primeras piezas, Koch parece prestar una especial atención a los detalles cotidianos, a la captura de un momento concreto, de una postura de una parte de la anatomía… En la citada Warmer se reflexiona sobre cómo cambia la identidad con el paso del tiempo, pero el modo de hacerlo es todavía demasiado obvio: las relaciones entre dibujo y texto es directa, sin dobles intenciones. Con el paso de los años, Koch sofistica el contenido de sus fanzines, que se vuelven menos concretos. Las brevísimas secuencias incluidas en Vastness No. 1 se entran en la relación de la persona con el entorno natural, pero también entra en juego la búsqueda de una identidad propia, por ejemplo en las dos niñas que juegan a ser dos poetas hombres.

Dark supone, en mi opinión, un salto cualitativo importante. A partir de ahora, Koch manejará sin miedo recursos simbólicos, pero no simplemente como metáforas o metonimias: lo gráfico impone un ritmo, no sólo visual sino también mental. La lógica de la imagen, en manos de Koch, no tiene por qué replicar la lógica de las palabras. Dicho de otro modo, no todo tiene por qué entenderse o poder explicarse con palabras. Simplemente es una cuestión estética y, digamos, espiritual. Un objeto dibujado de manera realista es algo concreto que puede transmitir una información concreta, aunque pueda implicar una información subjetiva y emocional, por supuesto. Pero Koch sabe que también una línea en zigzag furioso o una masa amorfa y abstracta tienen esa cualidad evocativa. De la combinación de ambas, sofisticada pero matizada por lo rudimentario de la técnica con la que se ejecuta, surgen páginas hermosas y extrañas, donde lo figurativo se superpone a las formas abstractas, mientras que el texto, siempre en viñetas independientes, juega con nosotros. Las páginas de Koch están llenas de preguntas. En Dark, por ejemplo, todo empieza con una: «Who are you waiting for?». La respuesta es un bocadillo con unos dibujos a medio acabar, donde adivinamos una cara, o, mejor dicho, que por pura pareidolia interpretamos como una. La respuesta, por tanto, no nos está dando una información racional; obviamente tiene que estar esperando a alguien. A continuación, la protagonista se ve sometida a una especie de conjuro, o, en cualquier caso, un proceso por el cual su cuerpo desaparece y su propia identidad se diluye, mediante la progresiva transformación del personaje en un dibujo abstracto.

En ese fanzine también comenzamos a observar un recurso que explotará definitivamente a partir de The Dancer at Midnight, uno de mis favoritos: la representación realista y académica propia del dibujo al natural más ortodoxo, pero solamente de algunas partes de las figuras, incluso dejando líneas a medias. Es una estrategia interesante, que logra añadir subjetividad a un estilo de dibujo que, en principio, la subordina a la representación de las figuras y los objetos tal cual son. Dibujando sólo unas cosas pero no otras, Koch consigue centrar nuestra atención o destacar lo que desea. La propia autora lo explica, en la breve entrevista que cierra el libro, de un modo muy lúcido:

[…] ¿Por qué dibujar algo de forma naturalista en lugar de tomar fotografías? Y el sentido de esto es que estás escogiendo qué información das a la gente, mientras que en una fotografía no puedes evitar asimilar cada fragmento de información de la imagen. Manipular esto obviamente otorga peso a cosas que podrías no notar de otra forma, o sobre las que podrías no reflexionar. Es como controlar lo que percibe el lector de un modo más extremo. Así tienes que detenerte con atención en la información que está ahí, lo que también enfatiza aquello que quizás no esté.

De esta reflexión surge un modo muy inteligente de dotar de nuevo de sentido artístico y semiótico al dibujo realista del natural, más allá del mero alarde técnico; es un camino abierto a la experimentación muy interesante, que ya están recorriendo varios autores de vanguardia.

En The Dancer at Midnight se emplean más recursos. Todo gira en torno al concepto de orden, y a la superposición de diferentes órdenes: el de una constelación —que puede parecer un orden natural, pero en realidad no deja de ser producto de la observación e imaginación humana—, el de una coreografía, y el cronológico, el mero pasar del tiempo. Se trata de un ejercicio interesante, porque los paralelismos no son lineales en absoluto: si algo caracteriza la obra de Koch, es la complejidad de las relaciones entre significantes.

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After Nothing Comes da nombre al recopilatorio, y al margen de su potencia como título, es fácil intuir que para Koch es una pieza importante en su producción. En muchos sentidos, supone ya un fruto muy maduro de todos los recursos y el estilo gráfico que había ido perfeccionando, además de añadir técnicas mixtas. La alternancia de paisajes abstractos con paisajes realistas —pero incompletos, como he explicado antes— y un manejo ya totalmente maduro de la composición de espacios, convierten After Nothing Comes en una historia redonda; es mi favorita de todo el libro. La reflexión que vertebra el despliegue gráfico es sencilla, pero al mismo tiempo muy evocadora en el contexto del cómic: «—¿Qué viene tras la nada? —Nada, supongo.»

Reflections también es un fanzine notable, que abunda en el camino abierto por After Nothing Comes y alterna lo que parecen unas nubes en movimiento con una mujer, retratada con el estilo habitual. De nuevo, es esencial atender al ritmo que las diferentes vías para la yuxtaposición que emplea Koch van imponiendo: primero en páginas diferentes, luego en la misma, después con elementos de la mujer desubicados, fuera de sitio. La historia parece hablarnos del miedo a los demás y el aislamiento, y concluye con una representación de un«todo» amenazante que, por supuesto, sólo puede ser representado de un modo abstracto.

No sé qué posibilidades hay de ver la obra de Aidan Koch publicada en nuestro país, pero, por si acaso, aviso de que incluso si no se sabe mucho inglés, After Nothing Comes es totalmente disfrutable. Para mí su lectura ha supuesto un auténtico descubrimiento, y procuraré seguir a Koch en el futuro.


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