Black paradox, de Junji Ito

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Con bastante retraso con respecto a su irrupción en el mercado español, acabo de leer mi primer manga de Junji Ito, Black Paradox (ECC, 2014). A Ito no lo voy a presentar a estas alturas: se ha convertido en un aclamado maestro del terror, cuyos trabajos aparecen publicados por ECC a un ritmo que evidencia su popularidad en España. Pero, más allá de alguna reseña y de unos rasgos generales, no sabía exactamente qué me iba a encontrar en su obra.

Casi siempre que leo cómic de terror —no son muchas veces, en realidad— aclaro que me resulta muy complicado asustarme con uno. No sé si tiene que ver con la propia naturaleza del medio, aunque en realidad también me resulta complicado con películas. Suele atemorizarme más algo abstracto, un concepto, una situación, algo que se proyecta… Mucho más que un susto. Por ejemplo, el final de Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) me resulta terrible. En cómic, me viene a la cabeza el invunche que Alan Moore y Rick Veitch imaginaron en Swamp Thing. Pero no por las pintas del monstruo, claro, sino por pensar en la idea de un niño operado al nacer y criado para ser semejante engendro de adulto.

Explico todo esto porque tengo que decir que en Black Paradox sí he encontrado algo de este tipo de terror basado en lo que no se ve. En su crítica de este título, Álvaro Arbonés vinculó parte de la obra de Ito con la de H.P. Lovecraft, y eso me hace pensar en cómo lo que funciona bien en la prosa nunca me ha funcionado bien en un cómic, y no porque los artistas que se han atrevido a trasladar los mitos de Cthulhu no hayan sido buenos, sino porque lo que descrito con el poder metafórico de la palabra se convierte en un horror inefable e inaprehensible, se transforma con la concreción del dibujo en un muñeco verde con tentáculos: lo siento, pero no puedo asustarme. En ese sentido, Ito consigue algo interesante: logra ese mismo nivel de abstracción del terror mediante el dibujo. Mediante lo que no dibuja, en realidad: ese otro mundo —el paraíso— en el que suceden cosas que nunca vemos, más allá de sus consecuencias cuando los viajeros que se aventuran al otro lado regresan.

Más allá de eso, Ito utiliza recursos muy interesantes para mostrar el horror primigenio y abstracto en el que sumerge a sus personajes. Primero, el miedo al doble, un horror clásico, plasmado aquí de tres maneras diferentes: el reflejo en el espejo, el doppelgänger y el androide. Armonizar las tres en un solo universo es una tarea complicada, y, de hecho, de entrada creo que choca mucho. Sólo a medida que avanza la historia y vemos que los personajes no se cuestionan nada de eso dejamos de cuestionárnoslo nosotros. Después, el miedo a lo desconocido, a ese otro mundo que descubren los cuatro protagonistas por accidente, cuando intentan suicidarse, y del que se pueden extraer unas misteriosas esferas minerales que portan una energía aparentemente inagotable. A veces el terror se plasma mediante el asco en primerísimo plano, un asco físico, en el que la carne se deforma y se retuerce en formas viscosas e indefinidas.

El contraste entre esas formas orgánicas, llenas de curvas, y la geometría de los espacios urbanos y los interiores, dibujados con aséptico realismo —clásico efecto máscara japonés—, aunque mayor síntesis de la que emplea, por ejemplo, Inio Asano, genera un desequilibrio extraño, que provoca mucha angustia, potenciada por el horror vacui de Ito. Y no sólo por eso: el formato de bolsillo, típico tomo manga, y el por lo general pequeño tamaño de las viñetas, provocan una claustrofobia al lector muy intencionada, incluso cuando simplemente se hojea el cómic.

Black Paradox tiene momentos magistrales, giros de guión un poco forzados —que funcionan mejor cuando un personaje no los verbaliza, cosa que sucede un par de veces—, y una atmósfera sofisticadamente amoral, en la línea de otros maestros del terror japonés como Maruo o Hino. Me ha resultado muy interesante cómo pasamos de un problema de moral personal —el suicidio— a uno de moral colectiva, al descubrirse qué son realmente las esferas, y que su utilización, a la larga supondrá el fin de la civilización. Todo está aderezado, además, con los juegos psicológicos y masoquistas que podemos encontrar en otros mangas de terror adulto, y que no sólo dotan de una dimensión más a ese horror, sino que además mandan un mensaje claro: no existe la inocencia, y, si existe, es fácilmente corrompible. La amoralidad y el egoísmo absoluto se adueñan de la interacción humana, en un retrato desalentador porque sabemos que, aunque deformado, nos está mostrando nuestro reflejo.

No quiero dejar sin mención los dos relatos breves que abren y cierran el tomo, «El pabellón de lo paranormal» y «La lamedora». Me han gustado, especialmente el segundo, que tiene un toque Kago interesante, aunque sin tanto sentido del humor. Pero el resultado es asqueroso, en el mejor sentido del término.


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