Melancolía, de Simon Hanselmann

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Acaba de aparecer un nuevo libro, el cuarto ya, en el que Fulgencio Pimentel continua con la recopilación y edición del material de la serie Megg, Mogg & Owl del australiano Simon Hanselmann, una de las últimas sensaciones del cómic de autor. Se me ocurren pocos ejemplos recientes de personajes que en tan poco tiempo se convierten en iconos populares —dentro, claro, del ámbito en el que nos movemos— y conocidos para los lectores. Es normal, creo, porque el trabajo de Hanselmann tiene dos cualidades clave: la sinceridad y la frescura. Tras cientos de páginas contando las andanzas de sus criaturas, en las que proyecta experiencias propias y de sus amigos, no ha perdido ninguno de esos dos rasgos. Por el contrario, ha ganado en dominio del ritmo, en chispa en los diálogos, y en precisión con un dibujo que brilla en este tomo como pocas veces. A partir de una composición de página siempre sencilla y regular, ha ido sintetizando el trazo y aprendiendo cada vez más de las posibilidades del color. En este tomo, por ejemplo, hay algún momento de colocón o de alucinación muy bien llevado. Las lágrimas y mucosidades de colores extraños se han convertido casi en una marca de estilo, que da bastante mal rollo y subraya, por si hiciera falta, el patetismo de todos los protagonistas.

Es curioso, e interesante, pero las historias contenidas en Melancolía son al mismo tiempo las que contienen más mal rollo y más humor de todas las de la saga. Y no resulta fácil combinar ambos elementos sin que chirríe, o sin que acabemos sintiendo que nos estamos riendo de las desgracias de un grupo de marginales. Pero, muy al contrario, lo que siempre ha conseguido Hanselmann es que desarrollemos una gran empatía hacia los personajes principales, incluso cuando no podemos evitar reírnos: el poso jodido siempre está ahí.

La gran mayoría de las historias incluidas en el volumen son breves, incluso de una sola página. Eso, y el hecho de que se han publicado previamente tres libros más, puede hacer pensar en cierta repetición de fórmula, y efectivamente es así: hay un mecanismo básico, que consiste en que Búho llega a casa cansado o cabreado, Megg y Mogg están pasotas, drogados o ambas cosas, y el pobre Búho acaba humillado o rendido. Pero, por un lado, hay muchas otras historias que se apartan de esa dinámica, y, por otro, incluso las que recurren a ella ofrecen muchas variantes.

Hay, por tanto, novedades interesantes. Precisamente porque parece que la serie se encamina a la rutina, Hanselmann introduce nuevos personajes, como los brutales y salvajes hijos de Werewolf Jones, el personaje más cabrón de todos. Megg y Mogg continuan siendo el eje alrededor del cual giran el resto, y su relación pasa por varios altibajos. Se aburren mutuamente, pero la niebla en la que viven siempre envueltos les permite olvidarse de ello, siempre y cuando no estén demasiado lúcidos: esto se dice incluso explícitamente, y visto desde fuera es bastante angustioso. Búho, por su parte, ya no me da tanta pena: al fin y al cabo, si se deja explotar y maltratar por el resto, es porque en el fondo querría encajar en su mundo. Sería muy fácil alejarse de todo eso, pero Búho tiene sus propios fantasmas y su propio lado oscuro, incluso aunque sea el personaje más humorístico: por eso persiste en esa fina línea entre caer definitivamente al mundo de Megg y Mogg y agarrarse al mundo real.

El problema aquí es que «el mundo real», que en Melancolía se visita varias veces, es una mierda. Y no sólo porque esté lleno de responsabilidades y renuncias, no se trata tanto de que sirva de metáfora del mundo adulto; también es un lugar lleno de falsedades y movidas deprimentes, de las que hacen pensar que no hay esperanza: se ve especialmente en la visita que Megg y Moqui hacen a la hermana de ésta y sus amigas, que están celebrando una «tarde de actividades», de la que Hanselmann se burla sin piedad de las buenas intenciones y la vida saludable; también se puede ver en «Drama», episodio en el que Megg y Mogg visitan a una terapeuta para solucionar sus problemas de pareja. Cualquier intento de ser normales o de, al menos, dejar de tomar tantas drogas —legales e ilegales— termina con los personajes hundiéndose con más convicción en su mundo, donde, al menos, pueden sumirse en el olvido y no sufrir (demasiado): «Hace frío. No quiero estar aquí» es una frase que pronuncia Megg sobre Amsterdam, pero que podemos proyectar a todo ese mundo real. Ni ella ni Mogg son capaces de hacer algo a la fuerza; simplemente, no tienen capacidad de esfuerzo o de resistencia hacia lo que no les gusta.

Por eso, por grotescas y divertidas que sean algunas situaciones, siempre tienen un fondo oscuro, que sale a la luz, sobre todo, en la figura de Megg, que no por casualidad protagoniza la excelente portada. Sin ese poso, que, en el fondo, es lo que dota de alma a la serie y permite que los veamos como seres reales, Megg, Mogg & Owl podriía fácilmente caer en la mera parodia de fumaos, a lo Freak Brothers, para entendernos. También es gracias a eso, y quizá a la proyección exagerada de vivencias reales, que Hanselmann está siendo capaz de crear un edificio enorme, una obra que acabará siendo gigantesca, pero cuya cronología siempre será difícil de delimitar: conscientemente o no, está desarrollando una continuidad totalmente laxa, alejada del modelo coherente y obsesivo que domina muchas sagas y series de cómic. Hanselmann nunca pone eso por delante de la historia que está contando. Por supuesto, hay acontecimientos que importan, y cuya influencia se deja sentir, pero otras cosas parecen suceder sin consecuencias, como siueran historias imaginarias, o alucinaciones. Por ejemplo, es así con la historia de WW Jones y sus hijos en la que aquél acaba en la cárcel, de un modo loquísimo. ¿Ha pasado de verdad o no? No lo sabemos, como tampoco sabemos si el orden en el que estamos leyendo las historias —y los diferentes libros— es cronológico o no, pero no importa en absoluto. Son historias. A veces parece que Hanselmann nos está diciendo que sus creaciones, por reales que las sintamos, son personajes de cómic: al fin y al cabo son un búho antropomórfico, un gato parlante y una bruja verde. Y como personajes de cómic, pueden hacer lo que les dé la gana, y por eso conservan la frescura y la locura incluso cuatro libros más tarde.


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