Infierno embotellado, de Suehiro Maruo

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Hay algo que hace a Suehiro Maruo el más perverso y retorcido de los mangakas que practican el ero-guro, y es, por supuesto, lo bonito que dibuja. Maruo es un esteta, un perfeccionista de trazo elegantísimo y una amalgama de influencias orientales y occidentales que destila en historias de cuidada ambientación y elaborada simbología, pero, sobre todo, relatos donde lo sórdido es hermoso y la violencia es arte. Ese contraste genera sentimientos contradictorios y, en general, una turbación en el lector difícil de digerir y procesar. Dibujar un acto repugnante como tal es relativamente sencillo: convertirlo en algo sublime sólo está al alcance de unos pocos.

Dicho esto, y dicho también que hacía tiempo que no disfrutábamos de una obra de Maruo y, por tanto, la publicación por parte de ECC de Infierno embotellado es una noticia doblemente buena, la verdad es que no vamos a encontrar aquí las muestras más oscuras de ese talento del autor para lo abyecto, pero sí una colección de excelentes historias cortas, que podemos dividir en dos grupos.

El primero lo forman las adaptaciones de «Infierno embotellado» y «La tentación de San Antonio», ambas con importante presencia de conceptos religiosos cristianos, una temática que le es especialmente querida a Maruo, quizás porque cuestiones como la culpa, el tormento y el masoquismo le van mucho. En «Infierno embotellado», una adaptación de la novela de Yumeno Kyûsaku, presenta una clásica historia de dos niños que sobreviven a un naufragio y quedan huérfanos en una isla paradisíaca, a lo El lago azul (Randal Kleiser, 1980), sólo que aquí el niño y la niña son hermanos y se crían leyendo la Biblia, una de las pocas cosas que se salvan del naufragio. Así que los hermanos, especialmente él, que es el mayor, se ven devorados por la culpa que les impone la moral cristiana ante el tabú del incesto. El entorno natural en el que sucede todo sirve para que Maruo desarrolle uno de sus puntos fuertes: la representación naturalista del mismo, llena de vida animal y vegetal que ofrece placeres, pero también peligros. En este caso, en ese entorno disemina una rica panoplia de símbolos que aluden al cristianismo y que acosan, metafóricamente, el alma y la mente atormentada de Tarô: las serpientes y los búhos, algún pequeño demonio escondido, y la fruta que sostiene su hermana Ayako en la fotografía de ambos en su infancia (p. 59), que preludia el pecado que van a cometer. También hay una resonancia deliberada del arte sacro renacentista y barroco en las estampas de los cuerpos retorcidos de ambos protagonistas, como si fueran un cristo martirizado, que de hecho Maruo llega a dibujar para subrayar ese paralelismo.

«La tentación de San Antonio» es una farsa de temática religiosa más obvia. Se situa explícitamente en la tradición de los grandes pintores que han representado el tema, pero le da una vuelta de tuerca al presentar a un sacerdote que, como incluso siendo domingo ve vacía su iglesia, sale a dar un paseo y confraternizar con sus supuestos parroquianos, que lo someterán a toda clase de sádicos castigos, incluso los niños. Quizá sea la historia más intrascendente de la recopilación, aunque es divertida en su crueldad.

El segundo bloque está formado por «Kogane-mochi» y «Pobre hermanita», dos historias de época, excelentes ambas. «Kogane-mochi» es una historia del siglo XVIII que ha sido adaptada varias veces, cuyos temas se insertan plenamente en la obra e intereses de Maruo: un rico y avaro acaudalado que se hace pasar por ciego y explota a sus trabajadoras, y que cuando sabe que va a morir idea una forma de llevarse su dinero con él. Se trata de un típico cuento moral, con doble moraleja sangrienta explícita y muy literal, que dibujada minuciosamente por Maruo se convierte en poesía visual, y eso que, como no puede ser de otro modo, lo que estamos viendo es asqueroso.

«Pobre hermanita» es, junto a «Infierno embotellado», mi historia favorita del libro. Se trata de un relato de miseria e infancia robada muy propio de Maruo y de la literatura de posguerra japonesa, y que tiene obvios ecos del folletín europeo: es imposible leer la historia sin acordarse de Dickens. En ella, la joven Hanako se ve obligada a prostituirse para sustentarse a ella misma y a su hermano pequeño, retrasado, tras huir de un padre monstruoso que a punto estuvo de venderlos. Maruo se recrea en las escenas de sexo, sórdidas y al mismo tiempo bellísimas, como sólo él sabe representarlas, pero lo que resulta más interesante es la cuestión moral, porque Hanako, con su trabajo, alcanza un estatus aceptable y está relativamente a gusto, ya que puede cuidar de su hermano. El final de sus sacrificios es totalmente amoral, al contrario que en el relato anterior, y bastante siniestro, sobre todo porque es un final abierto.

Infierno embotellado es, además de una gran selección de trabajos breves de Maruo, una buena puerta a su obra, creo. No alcanza los niveles de sofisticada perversión de Midori, la niña de las camelias (Glénat, 2003) o su obra maestra, La sonrisa del vampiro (EDT, 2012), por lo que puede ser más asumible como primera lectura del autor, si no se está acostumbrado a lo abyecto del ero-guro. Por supuesto, eso no significa que la cuestión moral, tan importante como la violencia o el sexo —están, en realidad, estrechamente unidas— no nos haga plantearnos preguntas muy incómodas. Ese hormigueo molesto en nuestro cerebro cuando observamos las páginas de Maruo es nuestro subconsciente, rebelándose contra los tabúes.


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