Tokyo Zombie, de Yusaku Hanakuma

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Hay toda corriente del cómic internacional contemporáneo que se cisca deliberadamente en todas las normas académicas y celebra el mal dibujo como una forma de expresión genuina, que revela emociones, conceptos y sensaciones diferentes a las del dibujo elaborado. Suele servir para establecer una dirección más directa entre artista y receptor, que es quizá una de las claves del arte marginal y el art brut, pero también tiene otros efectos interesantes. Por supuesto, no es lo mismo el mal dibujo de Benjamin Marra que el de Juanjo Sáez o el de Johnny Ryan. Cada uno de ellos tiene intenciones diferentes, y llega a un estilo propio por caminos diferentes.

A este grupo heterodoxo podríamos sumar el nombre de Yusaku Hanakuma, cuyo Tokyo Zombie se acaba de publicar en España, de la mano de Autsaider Cómics, que ha acertado de pleno con su edición barata y sencilla —salvo el detallito marca de la casa, el pelo de fieltro del protagonista en la cubierta— de un material que tiene clara vocación trash. Se trata de una historia loquísima, protagonizada por Fujio y Mitsuo, dos trabajadores de una fábrica. Mitsuo enseña en ratos muertos a Fujio los secretos del jiu-jitsu —que el propio auor practica y conoce bien—. Sin venir a cuento, Fujio le calza un golpe en el cogote al capataz de la fábrica y lo deja en el sitio, así que ambos tienen que llevar el cadáver a donde se llevan los cadáveres en este mundo pirado: al Fuji negro, una montaña gigantesca de basura y cadáveres. Pero cuando ambos se están marchando, algo sucede: los muertos se levantan de la mierda convertidos en zombies, y avanzan implacables. Hasta aquí , salvando el humor y la locura, todo podría pasar por una historia de zombies canónica. Pero esto es sólo el principio; el tono jocoso y despendolado no hace sino crecer, sino que Hanakuma tenga en ningún momento intención de que lo que pase tenga cierto sentido.

El tono vacilón, reforzado por unas acertadas notas al pie y una traducción a juego de Alberto Sakai en la edición española, se ajusta perfectamente al estilo de dibujo tosco y apresurado del dibujante, que no está para sutilezas ni para perderse en detalles: hay que hacer avanzar la historia y seguir dibujando macarradas. Un dibujo más elaborado o canónico —pongamos por caso, el tipo de dibujo minucioso con fondos detalladísimos que emplean en un manga como I am a hero, de temática engañosamente parecida— nos enviaría un mensaje equivocado: que esto hay que tomárselo en serio. Pero nada más lejos. Tokyo Zombie es lo que se ve, ni más ni menos, una gamberrada divertidísima, de un autor que, aparentemente, dibuja sin plan previo, y tan rápidamente como le es posible, para que las ideas lleguen sin procesar de su cabeza a las nuestras.

Como sucede en Pudridero (Fulgencio Pimentel / Entrecomic Comics, 2012-2013) de Ryan, la violencia nunca termina de tomarse en serio o resultarnos intolerable, porque el dibujo nos sitúa en un plano en el que la empatía con los personajes es complicada: no son ni siquiera caricaturas, sino monigotes un poco más elaborados que figuras de palotes. Eso sí, resulta muy sorprendente el cuidado con el que Hanakuma dibuja las llaves de jiu-jitsu, en secuencias pulcramente coreografiadas —dentro del contexto del estilo general que tiene el libro—. Sobre todo, contrasta con otras peleas mucho más irreales llenas de desmembramientos y y espachurramientos.

Si alguien quiere, desde luego puede ver un poso de denuncia social y política en Tokyo Zombie. Cuando saltamos en el tiempo al futuro, comprobamos que los supervivientes del apocalipsis zombie han creado una sociedad donde unos pocos privilegiados con dinero han esclavizado al resto de la sociedad. Como necesitan algo en lo que pasar el tiempo, han ideado una arena en la que luchadores esclavos se enfrentan entre sí y contra los zombies, que, por si fuera poco, nacen de la contaminación y la basura que genera la humanidad. El contexto de denuncia está claro, pero, no obstante, yo no creo que haya que darle más importancia de la que podemos darle a muchas otras historias con apocalipsis ecológicos de por medio, como excusa o trasfondo para desarrollar la acción y la violencia, que es lo verdaderamente divertido. Buscarle una coartada moral a lo que es maravillosamente bruto y cazurro me parece innecesario.

A mí lo que me gusta de Tokyo Zombie es que no tiene dobleces, que el meollo del asunto son las burradas: los zombies con máscaras de animalitos monos, el porquero y su piara de cerdas —esa subtrama en concreto es mi favorita de todo el cómic—, y ese protagonista, Fujio, a quien parece que todo se la suda, y que parece que simplemente seguirá dando leches hasta que muera, sin que le cambie la expresión del rostro.

Este cómic tiene ya unos cuantos años, pues se publicó en 1998. Desde entonces ha publicado muchos más, que espero que vayamos viendo publicados en España.


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